"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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domingo, 13 de enero de 2019

¿Y si te dijera que los y las adolescentes son como los salmones, espíritu de la contradicción?


Esta semana he hecho un máster en adolescencia. Y no es que haya asistido a una de esas formaciones de expertos en el tema que a partir de estudios e investigaciones elaboran modelos explicativos de esta etapa de la vida. He recibido los aprendizajes de la mano de sendos/as protagonistas, autores y productores: adolescentes con los que intervengo desde el servicio en el que trabajo desde hace más de dieciocho años. 

No es que me hayan enseñado nada nuevo (o si, no sé), lo cierto es que más bien parece un insight (un insight es un término utilizado en psicología proveniente del inglés que se puede traducir al español como "visión interna" o más genéricamente "percepción" o "entendimiento". Mediante un insight la persona "capta", "internaliza" o comprende, una "verdad" revelada).

Quien me conoce sabe bien -porque lo digo siempre- que mi debilidad son los y las adolescentes. Cuanto más “chungos/as” más me gustan. Mi experiencia profesional está llena de bonitas relaciones basadas en el respeto, comprensión y empatía mutuas, entre ellos/as y yo. Jamás he vivenciado una situación de falta de respeto hacia mi persona, ni una salida de tono, pese al extenso curriculum de problemas conductuales de muchos de ellos/as a nivel escolar y familiar. Pero esta semana, no sé si porque yo he estado más receptiva o por otro desconocido motivo, HE COMPRENDIDO un poco más a los y las adolescentes.

Podríamos resumir este “master exprés experiencial” en mis sesiones esta semana con tres de los/as adolescentes con los que tengo la suerte que trabajar. 

Comenzaré compartiendo una metáfora de la adolescencia de la que me he apropiado y tomado prestada: LOS Y LAS ADOLESCENTES SON COMO LOS SALMONES.

No lo digo yo, me lo dijo un/una (guardemos su anonimato) adolescente esta semana. “Tengo que hacer un trabajo y está basado en una canción del grupo Seguridad Social que se titula “Soy un salmón. Me encanta este grupo y esta canción. Yo soy un salmón, el espíritu de la contradicción”, me dijo.


Ya de entrada, la metáfora prometía, ya que me explicaba que los salmones nadan contracorriente, como los adolescentes, y que ambos, se identificaban como el espíritu de la contradicción.  Sacó su móvil, compartió conmigo la letra y la melodía de la susodicha canción y sembró en mí no solo la admiración por tan bonita metáfora sino las ganas de seguir investigando sobre este curioso pez. 


Sobre la letra de la canción, no tiene desperdicio. Os dejo el enlace del vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=VMTRtOwqjps) pero para los y las perezosos/as o faltos/as  de tiempo os pongo un extracto de la letra. Podréis comprobar la similitud del salmón con los y las adolescentes en esa lucha contra los riesgos a los que se encuentran expuestos/as en esta etapa de la vida, lo fácil que es dejarse llevar por la desmotivación y la desgana tirando la toalla en temas como los estudios, la incertidumbre del futuro próximo, la salida de la zona de confort de la niñez, lo atrayente de pensar y sentir diferente a los adultos…..



Ir río arriba no es fácil ni es vulgar
Muchos obstáculos que tengo que saltar
Con la certeza de hacerlo cada vez mejor

Hay pescadores a mi alrededor
Miles de anzuelos cada cual más tentador
Soy vulnerable aunque no soy fácil de pescar

Pero es tan cómodo
Dejarse llevar

Soy un salmón
Soy un salmón
Soy el espíritu de la contradicción

Soy un salmón
Soy un salmón

No es necesario echar la vista atrás
Ya sé de sobra que ahí he dejado el mar
Hacia adelante mirar no es nada alentador

A veces creo que no tengo mas opción
Al fin y al cabo solo soy un salmón
Estoy volcado
Es tan cansado
Voy a ser fuerte
Y no me dejare pescar jamás


Dicho esto, (espero que os guste la metáfora de la canción) paso a contar mis otros aprendizajes, mi insight acerca de la adolescencia, para lo cual os relataré tres situaciones vividas que me han hecho reflexionar, protagonizadas por tres “salmones dolientes” con cursos de vida escarpados, es decir, adolescentes cuyas historias de vida, por uno u otro motivo, han añadido, sumado a la dificultad de atravesar este período de vida en el que concurren cambios físicos, hormonales, emocionales y cognitivos, otro tipo de problemas relacionados con pérdidas de referentes, situaciones de maltrato físico y emocional, o negligencia por parte de los progenitores.
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  • SALMÓN nº 1: 15 años.

Situación: Después de una interesante reflexión para desmontar la aberrante legitimación de los adultos de pegar a los hijos varones con cosas como “me pega porque es mi padre”, o “porque también lo hicieron con él cuando era pequeño”, y después de apelar a la emoción del hijo que sufre el maltrato, de la catalogación como delito la utilización del castigo físico, y de no sé cuantos argumentos más….se para un momento y me dice: “¿puedo hacerte una pregunta?”, parando en seco nuestra seria e importante conversación. Paro, asiento, escucho, y me dice quitándose la zapatilla de deporte que le acaban de comprar por Reyes: “Esta mancha es suciedad o descolorido?”. Por dos segundos mi cara es un poema. No sabía si reír, reñirle porque me estaba tomando el pelo, o hacer extinción como si no hubiera escuchado nada. Superado el desconcierto hice lo que tenía que hacer. Cogí la zapatilla porque me la ofrecía tendiéndomela con su mano, observé la mancha y le dije que para saber qué era esperase a que yo fuera al baño y con papel higiénico y un poco de jabón comprobásemos la permanencia o desaparición de la mancha. Por cierto, se fue, la mancha tenía solución. A partir de ahí continuamos la conversación con la escucha e interés aumentados.

Aprendizaje: “Lo que es importante para él o ella no tiene porque ser LO MÁS IMPORTANTE para mí en ese momento, pero no por ello ha de dejar de darle respuesta”. Axioma número 1. Por tanto, atendamos a las demandas sin cuestionar desde nuestra propia referencia, no tenemos porqué compartir la escala de cosas importantes.
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  •    SALMÓN Nº 2: 15 AÑOS

Situación: Llamada por mi parte para cambiar la cita de un día para el siguiente. Tras el saludo inicial y la explicación del motivo del cambio e interesarme por cómo iba todo de una manera casi retórica (a los dos días iba a saber con detalle cómo iba todo porque tendría una sesión), mi “salmón nº 2” me pregunta: “¿Y tú como estás?”. No entendía bien. Le respondo: “No te he oído, qué me decías?”, “¿Qué tú como estás?”, repitió con voz dulce y apuesto que con una sonrisa en su cara. Desconcierto por mi parte. No estoy acostumbrada a que me pregunten como estoy los y las adolescentes en general (aunque alguno lo hace cuando me ve antes de entrar en la sesión). Me costó unos instantes reaccionar y responderle que estaba bien y que me había alegrado la mañana interesándose por mí.

Aprendizaje: “Los y las adolescentes se interesan por los adultos igual o más que a la inversa, no pasan de todo y todos como suele decirse”. Axioma nº 2. El que siembra recoge, trata al adolescente como te gustaría que te trataran a tí, sea cual sea su conducta o actitud. La persona no es la conducta.


  • SALMÓN Nº 3: 16 AÑOS

Situación: Recogiendo emociones, malestar, sentimiento de desesperanza y compartiendo tareas que debía hacer en el IES, de repente saca el libro El niño del pijama de rayas, lo pone sobre la mesa y me dice: “Toma, léelo, es muy interesante, yo ya he hecho el trabajo de clase de este libro”. Paralización de nuevo. ¿qué hago?¿ le digo que ya me he leído el libro aunque hace tanto que solo recuerdo el triste final o acepto su propuesta?¿puedo aceptar yo una tarea cuando soy yo quien les prescribe a ellos y ellas las cosas que han de hacer hasta la próxima cita para avanzar en los objetivos de la intervención?. Una vez más, descoloque. Otro precioso salmón me descoloca en positivo en esta ocasión, y por las pistas que me da, para que haga algo que me ayudará a una mejor comprensión de cómo se siente. “Yo me identifico con Shamuel”, me dice. Obviamente he empezado nuevamente a leer el libro para explorar concienzudamente cómo piensa, actúa y siente ese Shamuel y mi salmón.

Aprendizaje: “A veces los salmones también tiran anzuelos para pescar a los adultos”. Axioma nº 3. Aprende a leer entre líneas, algoritmos, filigranas, ecuaciones mentales, álgebra emocional y todo aquello que necesites para comprender a los y las adolescentes aunque de inicio te parezca descabellado.


En resumen, esta semana he aprendido un montón de cosas que ya sabía pero de las que quizás ni era demasiado consciente.

Por cierto, investigando en internet sobre los salmones he aprendido cosas muy interesantes, sobre todo de lo que llaman “la carrera del salmón”. Resulta que estos peces pasan su juventud en los ríos, para posteriormente nadar hacia el mar donde se desarrollan y pasan la mayor parte de su vida adulta. Cuando han madurado regresan al río donde nacieron para reproducirse e iniciar el proceso de desove y fertilización de los huevos. Al acercarse a la época en que están listos para migrar hacia el mar los salmones jóvenes pierden sus barras de camuflaje y se someten a un proceso de cambios fisiológicos que les permite sobrevivir el paso del agua dulce al agua salada (¿no os recuerda mucho a los cambios de la adolescencia?).

Quizás lo más interesante son las teorías (no se si científicas o no) para explicar cómo realiza esa subida en la que nada contracorriente. Una de ellas dice que el salmón “ahorra energía valiéndose de los vórtices, o remolinos en miniatura, que forma el agua al chocar contra las rocas, ramas u otros objetos. Como los vórtices se generan a ambos lados de los objetos, los peces se deslizan entre las bolsas de turbulencia con movimientos ondulantes. Algunos bancos de salmones utilizan los vórtices creados por otros que nadan delante de ellos y, de hecho, navegan en su estela”. Y a mí esto me suena a tutores de resiliencia y modelado.

Otra teoría dice que el salmón ”conserva en la memoria el olor del lecho que nutrió sus primeros días y lo protegió de depredadores y corrientes agresivas y así, se orienta para regresar al lugar donde fue desovado, buscando garantizar la continuidad de su especie” ¿Esto no es el apego que se desarrolla en la primera infancia y la permanencia del adulto en la mente del niño-adolescente como base de seguridad?.

¡Feliz semana!.

martes, 1 de diciembre de 2015

Los hijos bambú

Después de un tiempo en el que no me ha sido posible dedicarme a mi blog, retomo con ilusión y ganas la tarea de escribir, y esta vez para hablar de los hijos bambú.

Te preguntarás ¿Qué es eso de los hijos bambú?. Piensa un poco antes de seguir. ¿Qué sabes de esa planta? ¿Será que por su dureza me refiero a niños y niñas poco empáticos? ¿Quizás que son inaccesibles por su dificultad para llegar a lo alto de su caña?

Voy a hablaros de un niño bambú: José es un adolescente de 14 años con pinta de chico malo por su apariencia exterior. No va al instituto muchos días, no recoge su cuarto y a regañadientes ayuda algo en casa no sin antes hacer enfadar a sus padres. No parece tener ilusión por nada que no sea salir con sus amigos y fumar de vez en cuando algún porro. Contesta, se rebela a las normas de casa, a veces golpea la puerta e insulta a su padre.  ¿Hijo tirano, te preguntarás?

No, no es un hijo tirano, sino un hijo de la violencia. O mejor dicho, un chico que lleva años soportando la tiranía (esa sí) de su padre. Años viendo y recibiendo golpes físicos y emocionales. Al principio, de más pequeño, no podía hacer nada, se sentía impotente. Cuando creció descubrió que podía medirse con su padre, pero no sólo para defenderse él sino también para proteger a su madre. Daría su vida para que ella fuera feliz, para que sonriera a toda hora, para que pudiera comer cada día tranquila sin pensar de forma agitada cual será la discusión siguiente. Adora a su madre pero al mismo tiempo se encuentra enfadado con ella porque no hace nada para parar al monstruo.

El bambú japonés, dice un cuento zen, durante los primeros siete años parece no desarrollarse, como si la semilla plantada no diera sus frutos. Sin embargo, el séptimo año, en solo seis semanas crece ¡hasta 30 metros!. ¿Qué hizo crecer la semilla de nuestro chico bambú? ¿El odio a su padre o el amor a su madre? ¿Fue un crecimiento hacia fuera anteriormente contenido y ahora guiado por el rencor o creció internamente hasta ser lo suficientemente fuerte por dentro para sostener su historia?

Quizás lo más fácil es decir que la rabia le hace ser ahora violento y agresivo, que por modelado imita a su padre. Otros, los más ingenuos pueden pensar que es un adolescente poco considerado con su progenitor que se desvive por traer el dinero para comer cada día. Que su actitud pasiva ante la vida, su falta de responsabilidad, su desorden le hagan ganar la etiqueta de adolescente conflictivo.

Si le conocieras bien no podrías decir lo mismo. José es un chico sensible al que la vida, su vida, le endureció hasta crear una capa exterior que le hace menos vulnerable. Siete años sufriendo y padeciendo la violencia pueden hacer que se acumule mucha rabia, pero verle rodar lágrimas por sus mejillas mientras reconoce que pierde el control cuando su padre le pega o le amenaza, que se defiende como puede porque no va a permitir que toque una sola vez más a su madre, a la que cuando se levanta cada día le da un beso de buenos días, que la mira con admiración y afecto cada vez que habla…¿responde a la descripción de un hijo tirano tal como su padre y otras muchas personas le ven?

El bambú japonés durante los siete años que tarda en dejarse ver desarrolla un complejo sistema de raíces, fruto del goteo continuado del agua que su cuidador/a le proporciona. Esta madre, afectiva y atenta, con una capacidad parental mínima y una incapacidad de defensa máxima, ha ido regando día a día la personalidad de José, dotándole de un afecto y un reconocimiento que en no pocas le resultó caro ante la violencia y falta de empatía del monstruo. Su confianza en José, su apoyo incondicional, su aceptación como persona aunque no acepte muchas de sus conductas, han creado esa red de raíces internas que ayudan al chico a erguirse fuerte para defender y defenderse, para proteger y protegerse.

A veces al pensar en él alguna vez he pensado en la historia de Tim Guénard quien creció durante años obsesionado con la idea de matar a su padre por los malos tratos recibidos. Pero en el caso de José no fue igual, hubo un adulto, su madre, con quien logró vincularse y generar un apego seguro. Ella le defendía siempre (incluso cuando en ocasiones no tenía la razón), se ponía entremedias, les separaba en los conflictos. La mirada de aprecio no se nublaba ni en los peores momentos en los que el chico se descontrolaba. Su sensibilidad, su permanencia, su disponibilidad son los lazos entretejidos de las raíces de José. 

Le faltó siempre valentía para dejar atrás al violento y sus agresiones, ahora ya más maquilladas por la intervención del chico en escena. Ni siquiera en la última crisis familiar en la que se destaparon mucho más de cara al exterior los problemas conyugales, la disfuncionalidad en la pareja (¿se puede ser violento y funcional?) e incluso la intervención policial, hicieron que la mujer se armara de valentía. Confía en que su hijo bambú logrará un camino distinto, saldrá de esta violencia porque tiene dones muy preciados como la afectividad, el sentido del humor, su fortaleza. Ella no tuvo la fortuna de ser una hija bambú, la educaron para servir, para no protestar, en un ambiente de conflicto y negligencia. Pero en algún momento de su vida logró plantar la semilla de bambú y cambiar su historia por otra más esperanzadora. La esperanza me hace a mí pensar que podrá convertirse algún día en alguna de esas plantas que el viento arranca del desierto y pueda rodar a otro lugar mejor.

Algunos niños y niñas víctimas y testigos de la violencia son niños bambú, no todos. Los golpes fragmentan su capacidad resiliente, en ocasiones partiendo su tallo justo cuando comienzan a crecer deteniendo así su desarrollo, y en el peor de los casos, impidiendo que crezcan fuertes raíces sobre las que sostenerse mientras se apoyan en tutores de resiliencia. No todos tienen la fortaleza necesaria para pedir ayuda ni adultos que les protejan. Necesitamos jardineros sociales encargados de brindar afecto, apoyo y seguridad. Es cosa de tod@s.

martes, 21 de abril de 2015

Relación (de) con-fianza

Hoy he recibido una visita muy agradable en el trabajo. Un adolescente y su madre, después de mucho tiempo sin saber de ellos -más allá de tener conocimiento por parte de un conocido común de que habían vuelto a venir a vivir al municipio del que se marcharon-han venido a verme. 

Pudiera parecer que las relaciones profesionales han de ser asépticas por definición, distantes o al menos, poco afectivas. ¡Cuanto me hubiera gustado que vierais los abrazos intercambiados y las miradas sonrientes por ambas partes que nos hemos regalado!

Trabajar en un servicio que actúa dentro del sistema de protección de menores te da por definición una etiqueta de servicio de riesgo, es decir, trabajamos sobre el riesgo de los menores pero somos a su vez un riesgo, una amenaza para ellos. Nos convertimos en profesionales a los que es fácil temer y en los que es difícil confiar a veces.

Esta familia que me ha visitado ha tenido una vida muy dura, de las duras de verdad, esas que decimos que la realidad supera la ficción. En su momento se propuso una medida de protección para este adolescente porque se valoró como lo más adecuado..eso pensábamos todos, menos él. La relación entre este hijo y su madre desprende un enorme rastro de afecto, comprensión y buen trato mutuo. Las circunstancias les unieron más allá del cordón umbilical, en la infancia, en la adolescencia temprana, y por supuesto ahora que él está a punto de cumplir la mayoría de edad. Simplemente "se tienen" el uno al otro. 

Cuando se propuso que este joven saliera de su núcleo familiar y fuera a un centro la familia optó por una dura decisión que el tiempo parece haber demostrado que quizás fuera necesaria, para poner a prueba ese "tenerse" mutuo. Se marcharon a su país de origen pensando que el apoyo de la familia de la que aquí carecían podría ser un refugio afectivo y económico. Pero no fue así y volvieron hace ya algunos meses. Me decían un poco avergonzados que querían haber venido antes, que se sentían ingratos hacia el trato recibido por mi parte y en general por el servicio. Y ahora se sentían mejor porque ya estaban ante mí. Precioso ¿verdad?

Su objetivo solo era verme. Así, sin más. Y nada menos, eso, verme para contarme que estaban bien. La madre me preguntó varias veces si me daba cuenta lo que su hijo había cambiado ¿Cómo hacerlo si solo sabía de ellos lo que me estaban contando? ¡Si además aún necesitan de un gran soplo de suerte y un montón de esfuerzo para conseguir una mínima estabilidad económica y laboral! Ciertamente estaba cambiado pero seguía siendo el mismo. La misma actitud de alegría, el sentimiento de cohesión familiar (varios gestos de afecto y palabras bonitas cruzó con su madre), metas como querer conseguir el Graduado en Secundaria en la Escuela de Adultos, la aceptación incondicional de su amigo de siempre, la confianza que desprendían sus palabras y miradas. 

Con-fianza, es decir, con aval, con garantía, es la relación que pudimos generar mientras trabajamos juntos. Decían esta mañana que yo siempre les había mirado bien, que encontraban en mí ayuda. El aval, la fianza que se paga en una relación profesional es como en otros contextos, un anticipo en este caso de estima, de creer en el otro. No paro de decir allá donde voy que no existen los niños malos, que todos son buenas personas aunque su conducta sea inadecuada. Y no es que yo me considere Teresa de Calcuta e intente moralizar o ponerme medallitas.

Este joven apreció que en nuestra relación, con-fianza desde el primer momento. Podrían darse todo tipo de circunstancias, incluido cuando yo misma le explicaba hace tiempo que lo mejor era que se fuera a un centro de menores, sin que con ello mermara su confianza en mí. Fue un bonito trabajo, respetuoso desde ambas partes, difícil en ocasiones, con emociones y emocionante.

Si dijeran de los casos que he trabajado que nombrara alguno en el que yo pienso que he podido ser tutora de resiliencia, sin duda -y a pesar de que los tutores no se autodesignan, sino que son elegidos por el otro-,  diría que en este es uno de ellos.

Los prejuicios nos nublan, las fianzas de estima previa son un riesgo necesario. La confianza no surge de la nada, se va gestando con puntadas de afecto, límites, sinceridad y esperanza. Merece la pena (aunque no siempre pueda darse).

lunes, 19 de mayo de 2014

Tormenta cerebral. Nuevo libro de Siegel sobre adolescencia para ser, saber y hacer mejor

¡Estamos de enhorabuena! 

Ya está a la venta en español el nuevo libro de Daniel J. Siegel, autor de otras obras muy interesantes entre las que destaca El cerebro del niño (que mi estimado y admirado compañero y amigo el psicoterapeuta José Luis Gonzalo Marrodán resume estupendamente en esta entrada de su blog Buenostratos: http://www.buenostratos.com/2012/11/el-cerebro-del-nino-del-autor-siegel-un.html) 

En esta ocasión Siegel ha querido centrar su atención en los/las adolescentes, dedicándoles el libro a ellos/as así como a padres y madres y profesionales interesados por esta inquietante y maravillosa etapa de la vida que es la adolescencia a la que el autor describe como etapa trascendental  a la hora de trazar el trayectoria del adulto que acabaremos siendo. Algo nada desdeñable sin duda si nos acogemos a la definición que el diccionario de la Real Academia Española hace de la palabra "trascendental" como "que es de mucha importancia o gravedad por sus probables consecuencias"...

El título del libro es Tormenta cerebral. El poder y el propósito del cerebro adolescente, de la Editorial Alba. 

Aunque tan sólo he comenzado a leerlo y llevo pocas páginas saboreadas (promete ser un interesantísimo libro) quería compartir algunas primeras cosas. Dice Siegel:

"Durante los años de la adolescencia, nuestra mente cambia en la forma de recordar, pensar, razonar, centrar la atención, tomar decisiones y relacionarse con los otros... Se dan cambios en los circuitos fundamentales del cerebro que hacen que el período de la adolescencia sea diferente al de la infancia. Estos cambios afectan a la forma en que los jóvenes buscan la gratificación en probar cosas nuevas, conectar con sus iguales de manera diferente, sentir emociones más intensas y rechazar los modos establecidos de hacer las cosas para crear nuevas formas de estar en el mundo..". Quien tiene o haya tenido un o una adolescente cerca sabe que esto es así, es una realidad constatada. Pero lo que es sumamente importante es que los adultos comprendan que no es simplemente que el chico o la chica se han vuelto maleducados, o que la culpa es de los amigos con los que se junta, o que al crecer se siente con capacidad de mandar a todos lo que tienen que hacer...no, mucho más sencillo y al mismo tiempo más complicado: modificaciones neuronales que implican una forma diferente de ser y estar en el mundo. Y que además estas han de ir acompañadas de afectos, límites, comunicación y aceptación por parte de los adultos ya que si son necesarias para cualquier persona mucho más aún lo son para una mente en desarrollo que no ha aprendido aún a manejar bien el timón de sí mismo.

"Los cambios cerebrales que se dan durante los primeros años de la juventud establecen durante la adolescencia cuatro cualidades en nuestra mente: la búsqueda de novedades, implicación social, aumento de intensidad emocional y experimentación creativa." Todas ellas llevan asociadas ventajas y desventajas,o lo que es lo mismo, beneficios y riesgos, con la consiguiente "tormenta cerebral" que ello supone. Y en esa tormenta o mar de dudas, tener una buena hoja de ruta resulta esencial, que es lo que parece que Siegel nos propone, un viaje al interior de uno mismo. 

El libro está estructurado en cuatro partes en las que se examina a fondo la esencia de la adolescencia, la forma en que crece el cerebro durante la misma, el cómo las relaciones dan forma a nuestro sentido de la identidad (o lo que Siegel llama "tus apegos") y los cambios y retos de la adolescencia mediante estar presentes, receptivos, para ser conscientes de los aspectos internos e interpersonales de estas experiencias. Y entre medias de cada una de las cuatro partes introduce "Herramientas de Mindsight" a modo de ejercicios prácticos para fortalecer la mente, hacer el cerebro más flexible y resistente y mejorar lar relaciones (que va describiendo de manera muy sencilla para todo aquel no que sepa de este término acuñado por él que tiene que ver con la habilidad de conocer la mente de verdad y que viene a significar tres cosas: 1) ver la mente propia a través de la visión interior; 2) ver la mente de los otros por empatía; 3) integrar nuestra mente y la de los demás). 

Toda una obra maestra. 

Seguiré leyendo el libro y compartiré algunas cosas pues me parece muy interesante para ayudarnos a comprender y a acompañar a chicos y chicas adolescentes. La tan traída y llevada frase "no le entiendo, está en la adolescencia" o incluso la autoimpuesta frase por algún adolescente que conozco cuando dice "es que soy así porque soy adolescente" no pueden ser los únicos estandartes que libren esta especie de batalla intergeneracional como se vive en ocasiones esta etapa . Acompañar, crecer, navegar por la vida es mucho más que sufrir la adolescencia. 

Seguiremos aprendiendo con Siegel.


lunes, 21 de abril de 2014

Capacidad, habilidad, plasticidad. ¿Puedo, se y soy eficiente como padre o madre?

¿A ser padres se aprende?

¿Basta con unas nociones básicas para aprender a ser padres?

¿Todos los padres/madres necesitan apoyos profesionales/educativos para poder ejercer eficazmente como tal?

¿Por qué continúa habiendo padres que llegan a exponer a sus hijos a situaciones de riesgo e incluso de maltrato?                                       


Estas y otras preguntas nos planteábamos hace ya un tiempo mi estimada amiga y compañera Esther Ciscar Cuñat (con la cual tengo la gran fortuna de compartir no sólo trabajo sino una fuerte vinculación afectiva) cuando nos planteamos escribir uno de los capítulos del libro Orientación familiar: de la capacidad a la funcionalidad (Editorial Tirant lo Blanch, 2009) dedicado al rol parental. 

Voy a intentar resumiros algunas de las ideas que se recogen en dicho capítulo y que en la práctica siguen siendo ejes principales en la intervención con familias y menores en nuestro día a día. Habría una pregunta que englobaría a todas las anteriores. 

¿Qué se necesitaría para desempeñar de forma adecuada las funciones parentales?. Tres cuestiones primordiales:

1.      Poder hacerlas, es decir, tener CAPACIDAD,
2.      Saber cómo hacerlas,  o lo que es igual, tener HABILIDAD
3.    Hacerlas de manera eficiente, esto es, adecuando las tareas a las necesidades mediante la PLASTICIDAD.

Capacidad, habilidad y plasticidad son, pues, variables que intervienen sobre el rol parental, de manera que el modo en que todas ellas se den por separado, junto con la interacción de las tres sobre las prácticas parentales, harán que se dificulte o facilite el desempeño del rol.

1. Capacidad

Partimos de la idea de que la capacidad de ser padres, no sólo a nivel biológico, sino también competencial, es aplicable para (casi) todas las personas (existirían algunas excepciones como por ejemplos personas con problemas de salud mental). Otra cosa bien distinta es cómo se desarrolla esa capacidad y se llevan a cabo las funciones que son propias. Las competencias parentales vienen a ser las capacidades prácticas que tienen los padres y madres para proporcionar a sus hijos la protección, el cuidado y educación necesarios para un adecuado desarrollo integral. 

Barudy (2005) señala que “la adquisición de competencias parentales es el resultado de procesos complejos donde se mezclan las posibilidades personales innatas, marcadas por factores hereditarios, con los procesos de aprendizaje influidos por la cultura y las experiencias de buen o maltrato que la futura madre o padre hayan conocido en sus historias familiares, sobre todo en su infancia y adolescencia”. 

Además Barudy distingue dos componentes dentro de la parentalidad: las capacidades parentales fundamentales y las habilidades. En relación a las primeras refiere que se encuentran determinadas por factores biológicos y hereditarios (si bien son moduladas por el contexto y la cultura) y son las siguientes: la capacidad de apegarse a los hijos, la empatía, los modelos de enseñanza y la capacidad de participar en redes sociales y de utilizar los recursos comunitarios. Podríamos decir que en el caso de la capacidad para desempeñar el rol parental, la ausencia de factores como los anteriores pueden influir en el desarrollo de dicha capacidad de forma que potencialmente pueden ser padres capaces, pero de manera efectiva serán padres incompetentes, es decir, con las competencias mermadas o bloqueadas.

Por otra parte, un aspecto importante relacionado con la capacidad parental es el de la autoeficacia parental percibida, o lo que es igual, el grado de seguridad con que los progenitores se sienten capaces de poder superar las dificultades que surgen en relación con sus hijos. En palabras de Bandura (1999), ser padre o madre requiere tener seguridad en las propias capacidades para abordar con confianza los desafíos educativos, es decir, tener la creencia de eficacia personal.
Podríamos decir por tanto que la autoeficacia percibida puede tener diferentes efectos en:
 1) la motivación para el desempeño del rol,
2) los pensamientos de uno mismo en función a la valoración que se hace sobre los resultados,
3) la manifestación del afecto  hacia los hijos y
4) las prácticas o tareas  que se llevan a cabo para lograr las funciones parentales.

Es fácil deducir que, a mayor autoeficacia percibida mejor será la ejecución de sus funciones y por tanto, existirá un desempeño del rol parental más funcional que aumentará a su vez el sentimiento de capacidad y competencia parental.


2. Habilidad

Para enseñar es necesario aprender previamente. Para ser educadores de sus hijos los padres y madres han de desarrollar y/o aprender una serie de habilidades que les sirvan de guía para conseguir su meta educativa y socializadora. De igual modo que existen diferencias interpersonales en altura, capacidad de afrontamiento al estrés, sentido del humor, etc. en el caso de las capacidades y de las habilidades parentales existen diferencias entre unas personas y otras que van a modular a su vez la plasticidad a la hora de afrontar de manera competente los diferentes retos que supone el ejercicio de la parentalidad.

Se puede hablar de habilidades en tanto que conocimientos adquiridos, formas de hacer eficaces que hacen que las tareas relacionadas con las funciones parentales se conviertan en prácticas competentes. 

Vicente Garrido (2009) señala que "los padres han de aprender a manejar en el transcurso de la crianza de sus hijos, siempre de acuerdo con la edad y desarrollo que éstos presentan cuatro habilidades esenciales: 
  • saber escuchar; 
  • saber comunicar ideas de modo franco y claro; 
  • saber transmitir seguridad emocional y apoyo, y 
  • saber transmitir necesidad de superación."

3. Plasticidad

Aceptar la personalidad y temperamento de cada hijo, las características evolutivas de cada momento, así como las propias limitaciones y posibilidades constituyen indicadores de éxito en el desempeño del rol parental. 

Señala Barudy (2005) que “el mérito de las madres y de los padres reside en el hecho de que deben responder a múltiples necesidades de sus hijos, necesidades que, además, cambian con el tiempo”. Deben por consiguiente, disponer no solamente de recursos y capacidades, sino también de una plasticidad estructural para adaptar sus respuestas a la evolución de estas necesidades del desarrollo infantil.

Nos atrevimos entonces a dar una definición propia de la plasticidad parental como la adaptabilidad de los padres o cuidadores en las sucesivas etapas del ciclo vital familiar y/o ante la aparición de diferentes sucesos estresores, que les permite desarrollar competencias que aseguren la protección, el cuidado y la atención de necesidades de sus hijos, y que viene a su vez determinada por la capacidad y las habilidades latentes o evidentes de los adultos para ejercer el rol parental de manera funcional. Es decir, son precisamente los modos de desarrollar la capacidad parental a partir de una serie de habilidades, destrezas y estrategias las que van a modular la plasticidad o adaptabilidad. A mayor capacidad y competencias ejecutivas, se dará una mayor flexibilidad cognitiva y de acción que facilitará la adaptación de las necesidades de los hijos a las expectativas y metas concretas de los padres y habrá por lo tanto un mayor funcionamiento.


Un poco teórica quizás me ha salido esta entrada, pero quería compartir, sin desvirtuar demasiado el contenido original, todos estos conceptos que se encuentran asociados al buentrato y a la parentalidad/marentalidad competente.

Potencialmente podemos (casi) todos/s ser padres competentes. Aprendemos y mejoramos nuestras prácticas parentales a través de la experiencia directa y otros modos. Nos adaptamos cognitiva y educativamente según la edad y circunstancias de nuestros hijos/as...y sin embargo, hoy más que nunca, nos autopercibimos en ocasiones como incapaces o impotentes en el manejo de situaciones cotidianas.

Si antes he comenzado con algunas cuestiones, quisiera acabar con otras que me surgen y que quizás podáis/queráis responder:

¿Hasta dónde una infancia infeliz...determina la parentalidad/marentalidad?

¿Cómo se puede separar la historia previa como hijo o hija  de las prácticas parentales cuando luego se es madre o padre? 

¿Cuáles son las principales fuentes para adquirir las habilidades parentales/marentales?

¿Qué es lo que me impide/bloquea como padre o madre mostrar una plasticidad parental?

¿Qué es lo que me hace tener un sentido de autoeficacia percibida en relación a mi parentalidad/marentalidad? 



sábado, 25 de enero de 2014

Los espejos de feria no siempre son graciosos

Seguro que alguna vez has ido a una de esas ferias en las que hay unos espejos que deforman la figura, colocados unos al lado del otro y por los que se va pasando poniéndose  delante y mirando la imagen que cada uno refleja, lo cual generalmente produce una carcajada…o dos..o tres.. o más.
 
Las ondulaciones o curvaturas que tienen es diferente y producen una distorsión de la imagen que reflejan. Puedes verte muy alargado en todas las partes de tu cuerpo, o con deformidades como con unas piernas muy cortas y unos brazos enormes, unos hombros estrechos y unas caderas exageradas, un ensanchamiento general que parece reflejar un balón más que una figura humana. Gracioso, muy gracioso. Claro muy gracioso si te quedas solo unos instantes mirándote. Porque si permaneces un poco más la dimensión graciosa pasa a convertirse poco a poco en ridícula, grotesca, incluso desagradable.
 
¿Te imaginas permanecer un día entero ahí delante de los espejos sin salir al exterior y con la única posibilidad de cambiar de espejo en el que te pones delante? ¿Soportarías 24 horas reflejos de TU PROPIA IMAGEN diferentes entre sí y con las que no te identificas? ¿ Y si en vez de 24 horas permaneces 17 años?
 
El otro día trabajando con un adolescente “visualicé” la sala de los espejos. Creo que fue una de las metáforas más vívidas que he podido experimentar. Pongamos que se llama Jose y que tiene 17 años. Hace muchos años que le conozco y tiene un “expediente” digno de película en el que no faltan hurtos, consumo, amenazas a su familia, violencia, fama de chico malo, absentista, un tipo guay, un colega legal con el que reírse un montón y…..absolutamente respetuoso, atento, amable, puntual a sus citas conmigo, confiado. ¿Es el mismo José que me cuentan los padres, educadores, amigos de hazañas que también conozco, profesores, etc.?
 
Parece que hubiera una sala de espejos en su vida que le devuelven una imagen de sí mismo totalmente diferente. Unos magnificándole haciéndole ver grande y poderoso, como sus amigos, con los que se ha tenido que ganar un lugar para hacerse valer y respetar aunque ello suponga ser un poco "matón "y un experto consumidor de marihuana. Otros como sus padres reflejándole una figura grotesca e irregular parecida a un ogro agresivo, amenazante, peligroso. Algunos más como los profesores devolviéndole una imagen de sí de gigante que lucha contra molinos de viento con el que no se puede ni hablar ni razonar. Y no falta quien le refleja una imagen chiquitita, menguada, insignificante, poco merecedora de ser tenida en cuenta.
 
Cada uno de los espejos tiene sus razones para verle así, ¡tampoco vamos a santificar a nadie sin pasar por el Vaticano! Pero…¿Es una imagen parcial o total la que le reportan? ¿Por qué tantas imágenes distintas?¿No parecen diferentes fragmentos de un mismo espejo?¿Y él cómo acaba viéndose?
 
Su historia de maltrato recibido en sus propias carnes y que narra con una rabia que no deja impasible a quien le escucha, la incompetencia parental para contener y poner límites, la falta de red sociofamiliar protectora, su baja estatura que provocaba burlas y mofas de niño, la falta de referentes….¿Sigo? No hace falta. Pero EL PROBLEMA es que él mismo no sabe quien de todos es. ¿O son todos a la vez? ¿Se puede ser respetuoso y delincuente?¿Se puede ser amable y violento? Y si es así ¿Cómo crear una identidad propia que garantice una mínima estabilidad emocional y personal. ¿Es víctima o verdugo? ¿Los verdugos pueden ser víctimas?¿Y si son víctimas cómo se les ha de juzgar?
 
Nos vamos forjando como personas con la mirada que los otros nos devuelven pero cuando las miradas son no sólo diferentes sino incompatibles....¿Como puede saber Jose cuando está ante un espejo "normal" que, reconociendo sus imperfecciones, no impida que puedan darle una imagen completa, valorando también la belleza que posee?
 
Intentando averiguar cómo funcionan los espejos, he leído que los espejos planos reflejan los rayos de luz directamente a los ojos, mientras que los irregulares (cóncavos, curvados) lo hacen en diversas direcciones. Decía una frase literalmente "cuando una persona se mira al espejo, su cerebro actúa como si alguien idéntico a ella estuviese parado detrás de aquel. En un espejo plano, la imagen parece estar a la misma distancia hacia atrás que la persona parada al frente. En cambio, un espejo convexo hace que los rayos se desvíen y la imagen parezca más lejana, en tanto que uno cóncavo hace que los rayos converjan y el reflejo se vea más cerca".
 
Igual ocurre en las relaciones con los niños y niñas. Hay que tener (y ellos tienen que percibir) la suficiente distancia afectiva y física que permita promover un estilo de apego seguro, pero sin que sea tanta la proximidad que el niño tenga que desarrolla estrategias para defenderse del medio como pueda. Cuando eso ocurre 17 años, y se da simultáneamente con otros factores que contribuyen a crear una cortina de humo en el espejo interno, es difícil aprender a mirarse con la nitidez y claridad necesarias para crecer sintiéndose mínimamente querido y querible. No podrá aprender a mirarse a sí mismo así mientras no cambien las miradas y reflejos de su persona que le llegan.
 
Mirando a los ojos como los espejos planos, para ver el interior, para generar una comunicación abierta y directa, para generar confianza, para detectar lágrimas cuando hay sufrimiento, para compartir la luz de la ilusión de la infancia que transmiten los ojos que reciben amor.
 
¡Quizás estamos creando una nueva competencia parental (y social) no definida que podría llamarse "Focalización afectivo/educativa"! Pero no deja de ser más de lo mismo que hablamos en este y otros blogs hermanos sobre el buen trato...
 
Feliz semana.

lunes, 6 de enero de 2014

El sembrador de estrellas... o lo que tú quieras

Hoy, día de Reyes, me han hecho -entre otros- un regalo que quiero compartir en esta primera entrada del año: Un email que, como si de una niña pequeña con sus regalos se tratara, me ha hecho ilusión (ayer mismo una de mis hijas decía que la ilusión no tiene edad, por lo que puedo permitírmelo).
 
El mensaje no tenía texto personalizado, solo unas frases y dos fotos.
En la primera imagen se veía una estatua en un parque que fue levantada en homenaje al pintor impresionista esloveno Iván Grohar, inspirada a su vez en la pintura al óleo llamada "Sejalec" (El sembrador) y que al mismo tiempo representaba a una fotografía tomada en 1906. 
   "Sejalec", óleo pintado en 1907
 
La escultura "El sembrador de Estrellas ”es una estatua de bronce que está en Kaunas, Lituania.  En el lugar donde se encuentra ubicada, por el día puede observarse la figura de un hombre, obviamente como si estuviera sembrando...

La estatua no tendría nada demasiado original si no fuera porque otras manos diferentes a las del autor modificaron su entorno haciendo que cobrara otro sentido, que transformara el resultado final visible a los ojos de quien por allí se acerca (dependiendo del momento del día, ahora veréis). De día, la obra se ve como en la foto anterior.
De noche, cobra un nuevo sentido, la estatua justifica su nombre..
El autor de las estrellas - que no de la estatua- es Morfai, un  artista urbano quien, pintándolas posteriormente en la pared, ha dado a la estatua un segundo significado al permitir un inteligente juego de sombras. La luz que le llega por la noche transforma la obra, la magnifica. ¿Cómo? Colocando las estrellas en el lugar adecuado, en la forma adecuada, en el tamaño adecuado...de manera que se  forme una escena más integral, más exacta, más expresiva... y con otro significado.
Sobre las dos fotografías...¿Ilusión óptica?¿Esperanza resiliente?
 Ilusión, dice la RAE que puede tener como acepción:
1) Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos
2)  Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo
La primera definición vendría a decir que se trata tan sólo de unas imágenes de una estatua en la que el juego de luces y sombras produciría un efecto óptico interesante.
La segunda acepción deja abierta la posibilidad la metáfora de la resiliencia. Me quedo con esta.
Y al mirar las dos fotos, la ilusión me da permiso para imaginar y pensar lo que yo quiera..
-que es posible modificar el significado de las cosas (y las historias) modificando el entorno
-que hay que mirar desde diferente perspectiva a veces para ver las luces y fortalezas de las personas
-que aunque el sembrador no lo vea, la luz que deja a su paso en un futuro iluminarán el camino
-que a veces tenemos estrellas junto a nosotros aunque no las veamos
-que ante la oscuridad/adversidad siempre sale una luz interior de la que no éramos conscientes en otros momentos de nuestra vida.
 
¿Y tú que piensas?
 
Feliz año y feliz siembra de estrellas
 
  


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