"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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martes, 20 de agosto de 2013

Adolescencia, identidad y resiliencia: encontrar un sentido a sí mismo (contado por Grotberg)

¿Recuerdas cómo eras siendo adolescente? ¿Qué cosas te preocupaban? ¿Había aspectos de tí mism@ que no te gustaban? ¿Te veías diferente a l@s otr@s? ¿Son iguales todas las adolescencias? ¿Qué es para tí la identidad?
Con esta entrada cerramos la aportación de Edith Grotberg que he querido compartir con vosotros que habla de los ladrillos de la resiliencia, refiriéndose a cómo se puede promover la misma a medida que la persona se va "construyendo" y que se recoge en su obra "La resiliencia en el mundo de hoy".  
 
Si continuáis leyendo además veréis cómo hay un aspecto que recoge Edith relacionándolo con la identidad: el temperamento y su influencia en la respuesta a las adversidades. De este modo, una vez más, herencia (entendida como rasgos heredados) y ambiente (como el apoyo, orientación y acompañamiento del adulto) confluyen en ese mágico cruce fuerzas que dan lugar a la resiliencia.

Ahí va la entrega final de esta serie:

"5. Quinto ladrillo: la identidad
Desarrollamos nuestra identidad durante la adolescencia. Las preguntas más importantes que uno se formula durante estos años son:

-  ¿Quién soy yo?

-  ¿Cómo me veo con respecto a los otros de mi edad?

-  ¿Cómo son mis nuevas relaciones con mis padres (y otras figuras de autoridad)?

-  ¿Qué he logrado?

-  A partir de aquí, ¿hacia dónde continúo mi camino?

Cuando obtenemos respuestas satisfactorias a estas preguntas estamos mostrando nuestras habilidades para controlar nuestro propio comportamiento, para comparar nuestras conductas con los estándares aceptados, para ser útiles y poder brindar apoyo a los demás, para utilizar nuestra fantasía e iniciativa con el objetivo de hacer realidad nuestros sueños y para reconocer la importancia que tiene el idealismo en el momento de pensar y planear el futuro. En otras palabras, los factores resilientes no solo deben estar desarrollados sino que debemos estar disfrutando de ellos.
Muchos adolescentes que no pueden obtener respuestas satisfactorias a estas preguntas, comienzan a dudar de sí mismos y a sentirse inseguros en cuanto a quiénes son verdaderamente. Sienten que nadie los comprende, incluso ellos mismos. Pueden encontrarse totalmente confundidos en cuanto a las actitudes que deben tomar y cuál es su papel en la vida. Estos sentimientos de inseguridad pueden generar frustraciones, enojo, sensación de desesperanza. Observamos, cada vez más a menudo, que muchos de estos jóvenes se vuelven agresivos y, de hecho, depresivos. Un número importante de adultos continúa con estos mismos conflictos, pasan incontables horas y pagan abultadas sumas de dinero tratando de descubrir su identidad. Tal vez necesiten comprender que todos cambiamos permanentemente como resultado de nuestras experiencias, de nuevos análisis interiores y de las nuevas adversidades.
El pilar de construcción de la identidad completa los cinco pilares fundamentales de la resiliencia. Toma los factores resilientes importantes de cada etapa evolutiva y los integra para utilizarlos en las situaciones donde debemos enfrentar las adversidades de la vida.
Una puerta de entrada para comenzar a promover la identidad puede ser ayudar en el desarrollo de las capacidades interpersonales y en aquellas que ayudan a la resolución de conflictos. Lo podrían hacer discutiendo acerca de las capacidades interpersonales que tienen los individuos y aquellas que necesitan. Las capacidades sociales incluyen el hacer amigos que nos desafíen de manera constructiva, aprender a escuchar y a saber cómo expresar nuestro enojo, decepción, desacuerdo y empatía. Tal vez tendremos que comenzar a trabajar con un vocabulario sobre las emociones. Muy pocos adolescentes (y adultos) pueden describir con precisión sus sentimientos y contarle a alguien cómo se sienten exactamente. Algunos desconocen cómo ser un buen amigo y necesitan ayuda para lograrlo: mostrar lealtad, compartir, ayudar, confiar.
Gran cantidad de adolescentes necesita ayuda para llegar a un acuerdo sobre su tendencia a involucrarse en actividades que los sobreestimulan. Casi todos ellos disfrutan de la excitación, de las nuevas experiencias y de las conductas que involucran correr riesgos. Sin embargo, esto puede volverse autodestructivo, y uno debe ayudarlos a ver los potenciales peligros. Podemos sugerirles que busquen hacer amigos para disfrutar de actividades excitantes y divertidas pero no autodestructivas. Este  tipo de amistades pueden ayudarlos a evitar el aburrimiento mientras mejoran sus capacidades sociales. Los adultos que no están seguros de su identidad o disfrutan de seguir siendo “adolescentes”, generalmente continúan desarrollando conductas riesgosas.
Podemos también brindar ayuda para que estos adolescentes mantengan sus lazos familiares, pero con algunos cambios en sus relaciones. Podemos hablar con ellos sobre su necesidad de mayor privacidad, sobre la necesidad de que sus ideas sean tenidas más en cuenta y sobre su deseo de poder negociar algunas de las reglas de comportamiento. Ayudémoslos a encontrar los caminos para poder dialogar con sus familias sobre estas nuevas necesidades que ellos experimentan.
Las siguientes pautas pueden ser tenidas en cuenta para promover la resiliencia en jóvenes adolescentes:
1.      Equilibrar la autonomía con la ayuda, que debe estar siempre disponible pero no impuesta.
2.      Moderar las consecuencias de los errores con amor y empatía, de manera que el joven se permita el fracaso sin sentir demasiado estrés o temor a la pérdida de la aprobación o del amor.
3.      Dialogar y negociar sobre algunos límites para aumentar la independencia; conservar sobre las nuevas expectativas y los nuevos desafíos.
4.      Incentivar al adolescente a aceptar la responsabilidad de las consecuencias de su comportamiento, mientras se le demuestra confianza y optimismo sobre el resultado esperado o deseado.
5.      Alentar y moderar la flexibilidad para elegir distintos factores resilientes cuando una situación adversa cambia. Por ejemplo, ante una situación muy difícil, buscar ayuda y no permanecer solo. Demostrar empatía en lugar de continuar ofuscado y miedoso. Compartir los sentimientos con un amigo en lugar de continuar sufriendo solo.

Un resumen de indicaciones para promover la resiliencia en los jóvenes incluye que usted:
a)  Construya confianza

b)  Se concentre en la persona, no en el conflicto

c)  Mantenga una actitud positiva

d)  Establezca grandes expectativas y provea la ayuda necesaria para que el joven pueda alcanzarlas.

Examine la resiliencia haciendo lo siguiente:
-  Proporcione oportunidades para un trabajo serio y un compromiso comunitario

- Comprometa a los padres

- Genere un sentido comunitario.

Podemos también ayudar tanto a los jóvenes como a los adultos a trabajar en un plan de amplio alcance. Necesitan planear no solo para mañana sino a largo plazo. Podemos sugerirles que consideren sus opciones e identifiquen a aquellos que podrían ayudarlos con sus planes a largo alcance. Debemos incentivarlos para que consideren las adversidades a las que posiblemente se enfrenten –falta de dinero, falta de cumplimiento con los requisitos solicitados, tener que asistir a cursos distintos de las materias que desearían tomar- y ajustar sus planes para enfrentar dichas adversidades. Los adultos que se encuentren en situaciones similares en sus vidas podrán sacar beneficios de este tipo de ayuda.
El temperamento de cada persona determina, de alguna manera, cuáles son los factores resilientes que les resultan más naturales para utilizar, cuáles resultan difíciles de promover y cuáles fueron las acciones que se realizaron. Básicamente el temperamento es la velocidad con la que una persona reacciona al estímulo.
En otras palabras, ¿reaccionamos casi sin pensar cuando algo sucede? ¿O respondemos muy lentamente, casi sin movernos a la hora de actuar?. La diferencia resulta muy importante, ya que si reaccionamos de una manera rápida, necesitaremos promover la determinación de límites y el manejo de la conducta con un control más estricto que en una persona que reacciona de forma lenta y que, de hecho, necesita aprender a reaccionar más rápidamente, en especial frente a situaciones críticas. El temperamento es parte de nosotros y no cambiará. Sin embargo, podemos aprender a reconocer nuestra tendencia a reaccionar muy rápidamente y aprender cómo debemos manejar nuestras respuestas para no actuar de forma precipitada. Si somos lentos para reaccionar, tal vez queramos practicar formas de respuesta a situaciones amenazantes, de manera que no nos veamos conmocionados por la velocidad en que suceden las cosas."
En definitiva, lo que Grotberg nos invita es a mirar a los niños y niñas como seres en construcción que necesitan de la ayuda de personas que les orienten, les guién, vayan acompañándoles a su propio ritmo en su "edificación"personal, respetando las diferencias y particularidades marcadas por esa individualización que nos caracteriza, pero dentro de unos parámetros que favorezcan su integración con los demás.

Espero que haya sido de vuestro interés. Para mí así ha sido.
 

viernes, 9 de agosto de 2013

Promover la resiliencia infantil es cuestión de ¿ladrillos?. Aplicándonos en la construcción...

Continúo esta  semana compartiendo con vosotros la aportación poco conocida de Edith Grotberg en relación a la promoción de la resiliencia. Si habéis leído las entradas anteriores, recordaréis que en el libro de la editorial Gedisa, La resiliencia en el mundo de hoy, la autora decía que se puede incentivar la resiliencia en cualquier etapa de la vida y que para ello podemos pensar en términos de “ladrillos” para la construcción y el crecimiento. Además, estos ladrillos corresponden  a las edades y etapas del desarrollo de las personas y son la confianza, la autonomía, la iniciativa, la aplicación y la identidad. Hemos visto ya los tres primeros y hoy toca hablar de LA APLICACIÓN, un término poco usual (al menos para mí).



Transcribo primero el texto y luego comentamos:

4. Cuarto ladrillo: la aplicación
Definimos la aplicación como el llevar adelante una tarea de manera diligente; esta se desarrolla generalmente durante los años de colegio, mientras se perfeccionan tanto las habilidades académicas como las sociales. El ser exitoso es muy importante para los logros académicos, para las relaciones interpersonales y para la imagen que uno tiene de sí mismo. Uno desea ser visto por sus maestros como alguien competente, desea ser aceptado en su entorno social como una persona amistosa y quiere también sentirse orgulloso de sí…

La aplicación es un pilar muy poderoso y se ve potenciado por su conexión con otros factores resilientes. De la categoría YO TENGO resultan importantes los buenos modelos a imitar y el estímulo de ser independientes. De la categoría YO SOY, lograr objetivos y planear para el futuro resulta muy útil, como también ser responsable de nuestras acciones. De la categoría YO PUEDO, mantener una tarea hasta finalizarla, resolver los problemas y pedir ayuda cuando se necesita, refuerzan y contribuyen a promover los factores resilientes. Sin embargo, aquello que resulta distinto es aprender a diferenciar no solo cuáles son los factores resilientes o protectores que se deben utilizar en una determinada circunstancia sino también cómo deben utilizarse.

Por ejemplo, utilizaremos en el colegio factores resilientes diferentes de aquellos que utilizamos en nuestros hogares. Tal vez sea más apropiado decir que utilizamos los mismos factores pero de diferentes maneras. Podremos, tal vez, ponernos en el lugar del otro en nuestros hogares abrazando a un hermano, a una hermana o a nuestra madre, pero no podemos hacer lo mismo cuando mostramos empatía por un maestro. Uno puede discutir con sus familiares en momentos en los que se deben tomar decisiones pero debe ser cauteloso cuando discute con el director del colegio. También podremos demostrar nuestros temores y ansiedades en el entorno familiar pero no nos gustará hacerlo en público. Podremos mostrarnos enojados dentro de nuestro hogar, y nos tolerarán, pero estar ofuscados en nuestro ámbito de trabajo seguramente significará tener que buscar otro empleo.

Muchos niños y jóvenes no desarrollan la capacidad de la aplicación. No logran perfeccionar las habilidades académicas y sociales que necesitan, y en consecuencia desarrollan sentimientos de inferioridad. También es posible que se hayan sentido engañados, ridiculizados o excluidos de un grupo a causa de sus fracasos. Sus sentimientos de frustración y fracaso pueden llevarlos a querer dejar de asistir al colegio o convertirse en personas que causan problemas. Los adultos que no han logrado desarrollar esta etapa de la aplicación son, en general, aquellos que han abandonado el colegio debido a sus fracasos, incluso el fracaso social.

Seguramente estas personas a menudo experimentan el rechazo y la burla, por lo que perdieron el deseo de mejorar sus habilidades, no quieren enfrentarse más a ningún otro fracaso y entonces deciden abandonar. Un gran número de adultos que pasaron por tal experiencia tiene dificultad para enfrentarse a otros modos similares o más sofisticados de ser rechazados.

Un punto de partida para comenzar a promover la aplicación como factor resiliente es concentrarse en el manejo de habilidad para resolver situaciones problemáticas y dominar el ámbito interpersonal regresando a los pilares de crecimiento que correspondan.
Podemos incentivar a las personas a volver sobre sus pilares de crecimiento de autonomía e independencia ayudándolos a realizar sus trabajos, a completar sus tareas, formulándoles preguntas cuando un tema no está claro, podemos también brindarles ayuda para asumir las responsabilidades de sus trabajos y hacer que se sientan orgullosos de sus logros.

Podemos hablar con ellos para que busquen desarrollar la cooperación mirando a su alrededor y decidir con quién podrían trabajar en conjunto y sentirse cómodos. Al implementar la cooperación, podrán también resolver conflictos que se generan al pensar y tomar decisiones.
 
Podremos señalar que la capacidad para resolver problemas implica tener voluntad para tomar iniciativa y ser capaces de enfrentar las consecuencias.
 
Podremos ayudarlos a mejorar sus capacidades comunicativas mediante la práctica para sentirse seguros y aprender a escuchar…”.

Hasta aquí Edith Grotberg por hoy...Comentario personal:

Cuando en alguna ocasión he escuchado de alguien que dicen de él/ella que es aplicado/a lo he entendido siempre como cuidadoso, esmerado, trabajador…Más bien relacionándolo con la realización de un trabajo o de un estudio. O lo que es lo mismo, con lo que Edith llama “habilidades académicas”, pero yo me pregunto ¿se valoran igual las habilidades académicas que las habilidades sociales?.

Conozco muchos chicos y chicas con una gran habilidad social,  con actitudes y conductas camaleónicas que le permiten relacionarse con profesores/as, psicólogos/as, vendedores/as, compañeros/as, …pero con deficientes habilidades académicas. Para estas existen las calificaciones escolares que precisan de una evaluación continua al menos todo el tiempo de su escolarización. Pero ¿alguien evalúa las habilidades sociales, el ser “aplicado” socialmente? ¿Y no son precisamente las habilidades sociales más necesarias a lo largo de la vida que las académicas? Es más, los fracasos académicos conducen en no pocas ocasiones a fracasos sociales por las indeseables etiquetas. “Es un vago”... “No sirve para nada”… “ Es un burro”…

Y de todo eso nada. No se puede medir a los niños y niñas por sus logros académicos desdeñando sus grandes esfuerzos para adaptarse a los contextos en los que se desenvuelve de manera adaptativa, aplicada, diligente. Quizás no sea tan fácil aprobar un examen cuando la madre de uno/a está enferma mental y hace cosas que no se pueden entender; o cuando los gritos y conflictos conyugales resuenen cada día a golpe de despertador de la vida alterando la paz de los pequeños; o cuando las tareas de cuidar de los hermanos, comprar, tender la ropa y preparar el bocadillo para ir al colegio sustituyen cada día a las matemáticas, la lengua y el inglés.

Es cierto que deben existir criterios educativos/académicos básicos que se han de tener en cuenta. Pero también aquellos otros que contemplen lo aplicados que son los niños y niñas que sobreviven como pueden en hogares caóticos o negligentes, intentando reforzar sus logros, el tener iniciativas, el  que puedan confiar en ellos mismos y en su entorno.  

Mirarles con gafas progresivas, que se les pueda ver “de cerca” y “de lejos” en una misma lente que facilite una visión total, que permita verles como personas válidas y competentes aunque en la zona de cerca a veces sea borrosa la visión, comprendiendo que necesitan adaptarse y las circunstancias óptimas que faciliten la nitidez (comprensión, apoyo, conocimiento, normas y límites, responsabilidad, etc).

En la siguiente entrada acabamos con el último ladrillo...la identidad.

 

miércoles, 31 de julio de 2013

Seguimos construyendo resiliencia con Edith Grotberg

En la entrada anterior Re-descubriendo a Edith Grotberg: los ladrillos de construcción de la resiliencia   (pincha encima si quieres leerla) la semana pasada comencé a compartir con vosotros una aportación poco conocida de Edith Grotberg acerca de lo que ella llama “ladrillos de construcción de la resiliencia” y comenzamos por la CONFIANZA, el  primero de los cinco ladrillos que la autora propone (le siguen la autonomía, la independencia, la aplicación y la identidad).
 
Antes de empezar, un apunte, bueno, mejor dicho una afirmación: Confianza(como ladrillo de resiliencia) y apego están firmemente relacionados. ¿Qué es si no la confianza más que una esperanza firme que se tiene de alguien o algo (una relación)? ¿Y no es el apego lo que otorga esa seguridad que los niños y niñas tienen de sí mismos a partir de la seguridad de base que le proporcionan sus figuras de apego?.RESILIENCIA Y APEGO: INEVITABLE Y PODEROSO TANDEM!!!
Esta semana seguimos construyendo resiliencia de la mano de Edith Grotberg con dos nuevos ladrillos que paso a transcribir extraidos del libro “La resiliencia en el mundo de hoy” (Editorial Gedisa, 2006) :

2. Segundo ladrillo: la autonomía
La autonomía se define como independencia y libertad, la capacidad de tomar nuestras propias decisiones. Comienza a desarrollarse a los dos años de edad, momento en el que el niño se da cuenta de que es alguien separado de aquellos que tiene a su alrededor y que la gente responde a lo que él hace y dice. A través de este sentimiento de separación, el niño comienza a entender que existen consecuencias para cada comportamiento, aprende acerca de lo que está bien y lo que está mal, experimenta la sensación de culpa cuando daña o decepciona a alguien.
 
La autonomía es fundamental para promover los factores resilientes y reforzar aquellos que ya se han activado. A medida que los niños y jóvenes se vuelven autónomos, la voluntad y el deseo de aceptar límites en sus conductas se ven fortalecidos (YO TENGO), se promueve el respeto por ellos mismos y por los demás, se activa la empatía, la solidaridad, así como también el hecho de saberse responsables de sus propios actos (YO SOY). También desarrolla el manejo de sus sentimientos y emociones (YO PUEDO). La confianza y la autonomía, como  factores resilientes, pueden promoverse en conjunto, para que de esta manera hagan del proceso de promoción de la resiliencia un todo integrado.

Un gran número de niños y jóvenes no logran ser autónomos. Algunos de ellos viven en hogares donde las expresiones de autonomía significan temor a ser castigados o sufrir daños físicos. En ocasiones cometen errores que generan respuestas de tal burla y ridículo que estos niños y jóvenes no volverán a intentarlo. Muchos adultos tuvieron estas mismas experiencias durante sus infancias y, en consecuencia, nunca intentaron ser autónomos; siempre recurren a alguien más confiado, más seguro. La confianza en sí mismos resulta destrozada. Generalmente, estas personas son presas fáciles para los líderes que desean lograr cosas dañinas y peligrosas.

Un punto para comenzar a promover la resiliencia en este tipo de niños, jóvenes y adultos es hacerles ver que está bien que cometan errores, que pueden aprender de estos. Podemos hacer que lean historias o contárselas nosotros mismos, sobre los fracasos que todos tenemos. Muchas personas pueden contar historias sobre sus fracasos antes de convertirse en personas exitosas. Podemos asegurarles que los errores no son algo de lo cual uno deba avergonzarse y, entonces, alentarlos a correr el riesgo de cometer errores. Nosotros estaremos allí si fracasan o si salen exitosos.

3.Tercer ladrillo: La iniciativa
La iniciativa es la capacidad y la voluntad de hacer las cosas. Comienza a desarrollarse entre los cuatro y cinco años de edad, cuando el niño comienza a pensar y hacer cosas. Probablemente hayamos comenzado todo tipo de proyectos o actividades que no hemos podido o no hemos terminado. Pero el punto a considerar no es si lo logramos o no; la voluntad de probar es lo realmente importante para generar la iniciativa. Las ideas creativas en el arte y en las ciencias, los inventos y la resolución de los problemas en todos los ámbitos de la vida requieren de iniciativa. La creatividad se afirma en los primeros años de nuestra vida.

Necesitamos de la resiliencia para promover aquellos factores que se relacionan con esta. Cuando de hecho incentivamos la iniciativa, se refuerzan nuestras relaciones de confianza con los otros, reconocemos límites para nuestros comportamientos y aceptamos ese aliento para ser personas autónomas (YO TENGO); además, la iniciativa refuerza la sensación de sentirnos tranquilos y bien predispuestos, y demostrar empatía y solidaridad, mostrarnos responsables de nuestras conductas y estar optimistas, seguros de nosotros mismos y esperanzados (YO SOY).También nos estimulan así las nuevas ideas o modos de hacer las cosas, expresando nuestros pensamientos y sentimientos, solucionando problemas, manejando los sentimientos y conductas y pidiendo ayuda a los demás (YO PUEDO)….
Muchos niños y adultos no desarrollan la iniciativa. A menudo, son reprendidos por todo el revoltijo que generan con sus proyectos inconclusos. Se les hace sentir culpables por haber molestado a los demás; se sienten demasiado rechazados por aquellos a quienes pidieron ayuda y, en consecuencia, sienten que no merecen ser ayudados. Nadie se preocupa; nadie estaba interesado en ayudarlos. Con el tiempo, dejan de querer o tratar de tomar la iniciativa para hacer algo…

Para intentar desarrollar la iniciativa podemos incentivar a los niños y jóvenes a decidir qué es aquello que les gustaría hacer. Podemos hablar acerca  de las maneras de organizar planes con sus amigos, ayudarlos a reconocer diferentes posibilidades de poner en práctica estos planes, considerar las consecuencias que pueden aparecer y cambiar lo que sea necesario. Estaremos allí para ayudarlos a sobrepasar los obstáculos y aprender tanto de sus éxitos como de sus errores. Por supuesto, podemos también orientar a los adultos utilizando un lenguaje más apropiado para la edad, pero con el mismo propósito. Ayudémoslos para que puedan ver en el fracaso una gran experiencia de aprendizaje; les permitirá abrirse a nuevas ideas para encontrar el éxito.”

¿Cómo expresar mejor algo tan obvio y contundente de una manera tan clara? Edith Grotberg no deja de sorprenderme…. Creo que el pararse a leer con detenimiento estas reflexiones sencillas pero importantes puede facilitar ese proceso de promoción de la resiliencia dándonos pistas acerca de como acompañar a niños y niñas en este camino serpenteado de sus vidas (en mayor o menor grado) construyéndose como persona.

miércoles, 24 de julio de 2013

Re-descubriendo a Edith Grotberg: los ladrillos de construcción de la resiliencia

A veces conocemos a los autores por determinadas aportaciones, como ocurre con Edith Grotberg con su archiconocido “Yo puedo, yo soy, yo tengo”, pero cuando nos paramos a revisar otras contribuciones suyas nos damos cuenta de lo valioso de su conocimiento para la comprensión de conceptos como el de RESILIENCIA.

No me he equivocado de autor cuando en el título de la entrada hablo de “ladrillos de construcción de la resiliencia”. Vanistendael nos hablaba, a modo de arquitecto social de una estructura en forma de casita en la que podrían distinguirse diferentes pisos y dependencias interconectadas para promover la resiliencia. En esta ocasión quiero compartir con vosotros otro apartado del libro de Edith Henderson Grotberg “La resiliencia en el mundo de hoy” (Editorial Gedisa, 2006) al que ya hice referencia en una entrada anterior.



Un poquito de revisión histórica (si no te apetece o ya te la sabes, pasa al punto siguiente):
 
Antes de transcribir la aportación, contextualizaré a esta autora dentro la  perspectiva histórica de investigadores sobre resiliencia.
Anteriormente a Edith Grothberg, por los años 80, el estudio de la resiliencia se centró principalmente en la cuestión ¿qué características marcan a las personas que prosperarán frente a factores de riesgo o adversidad en oposición a aquellos que sucumben hacia conductas destructivas?. Destaca la investigación de  Emmy Wermer, quien realizó un estudio se buscaba identificar los factores de riesgo y los factores protectores que habían posibilitado la adaptación de un grupo de unos 700 niños que provenían de ambientes desestructurados. Los investigadores de aquel momento partían de la premisa que la resiliencia es aquello que se puede estudiar una vez que la persona ya se ha adaptado, cuando la persona ya tiene una capacidad resiliente, por lo que la investigación se centraba en encontrar el conjunto de factores que habían posibilitado la superación. En otras palabras, sólo se puede etiquetar una persona de resiliente si ya ha habido adaptación.

En una segunda  etapa la investigación se ocupó de descubrir el proceso de obtención de las cualidades de resiliencia identificadas en la anterior etapa. A mediados de los 90 otros investigadores entre los que están Edith Grotberg, añaden el estudio de la dinámica y la interrelación entre los distintos factores de riesgo y de protección. Esta segunda generación entiende la resiliencia  como un proceso que puede ser promovido. Las investigaciones se preocupan más en identificar las dinámicas presentes en el proceso resiliente con el objetivo fundamental de ser replicadas en intervenciones o contextos similares. Esta segunda perspectiva viene a significar que todas las personas podemos ser resilientes. El  desafío es encontrar la manera de promover la resiliencia en cada persona, tanto individualmente como en las familias. La segunda generación, por tanto, rompe los esquemas fijos e inamovibles respecto a los factores que tendrían que ver con la resiliencia.

Actualmente se habla de una tercera generación en el estudio de la resiliencia, que se inicia sobre el año 2000 y que plantea la misma no tanto como capacidad (primera generación), ni solamente como proceso (segunda generación), sino como un verdadero PARADIGMA que trata de identificar cuál es el marco que explica que la respuesta resiliente no es la excepción de la norma, sino la habitual. No basta con decir que la persona es resiliente, ni que está resiliente o que la resiliencia se aprende: los nuevos investigadores afirman que la resiliencia se construye.

 
El re-descubrimiento de Edith

Edith Grothberg vuelve a deleitarnos con sus aportaciones cuando habla de la promoción de la resiliencia en el libro que os he mencionado. A continuación el re-descubrimiento de Grotberg (la negrita y subrayado son míos):
Podemos promover la resiliencia en cualquier etapa de la vida en la que nos encontremos….La tarea de desarrollar la resiliencia dentro de cualquier grupo, cualquiera que sea la edad de sus miembros, se facilita si uno piensa en términos de ladrillos para la construcción del crecimiento y el desarrollo. Esos ladrillos corresponden a las edades y etapas del desarrollo comunes a todas las personas, identifican y delimitan los factores resilientes que pueden promoverse de acuerdo a la edad. Sin embargo, muchos de esos bloques no se encuentran desarrollados debidamente en algunos adultos, quienes necesitarían revisar las etapas evolutivas y descubrir qué es aquello que les está faltando en sus capacidades para enfrentar la adversidad.
 

Edith habla de cinco ladrillos de construcción fundamentales o pilares de la resiliencia: CONFIANZA, AUTONOMÍA, INICIATIVA, APLICACIÓN E IDENTIDAD. Este último es de gran importancia ya que según la autora “todos y cada uno de los factores resilientes pueden desarrollarse en el momento en que la persona llega  a esta etapa, para luego continuar reforzándolo y fortaleciéndolo.”
Señala asimismo que es importante reconocer que algunos de estos factores tienen más relevancia en una etapa de crecimiento y desarrollo que en otra.

 “Un niño pequeño no necesita concentrarse en características como aplicación o identidad, mientras que un niño en edad escolar o un joven sí  lo necesitan…. Sería discutible decir que la edad de un niño,de un joven o de una persona adulta indica aquellos factores resilientes ya desarrollados. A decir verdad, un gran número de jóvenes y adultos no fueron capaces de desarrollar siquiera el primer factor resiliente de la primera etapa de desarrollo: la confianza.

El punto de partida para promover la resiliencia deberá  ser, entonces, ese factor en el cual el niño, el joven o el adulto se encuentren de acuerdo a su etapa de desarrollo. No obstante, será importante determinar, en el caso del joven y del adulto, qué factores resilientes ya se encuentran desarrollados. Por ejemplo, el joven podrá tener la capacidad de resolver problemas académicos pero no podrá hacerlo con problemas interpersonales; la primera requiere de poca confianza en los demás, mientras que la segunda requiere de sentirse muy confiado en los demás. El adulto podrá tratar a los demás con amor, respeto y empatía pero no asume su responsabilidad a la hora de cumplir con plazos de entrega en su trabajo o cuando debería adquirir nuevas capacidades laborales.”

1. Primer ladrillo: La confianza
Los niños y jóvenes presentan algunas dificultades para desarrollar la resiliencia, a menos que cuenten con la ayuda de un adulto. Aunque tampoco aceptan la ayuda de cualquier adulto, sólo la de aquellos en quienes ellos confían, respetan, aman y con los que se sienten unidos de alguna manera. Desde el comienzo, la confianza es la llave para promover la resiliencia y se convierte en la base fundamental para desarrollar otros factores resilientes. Cuando los niños y jóvenes sienten esas relaciones confiables y afectuosas están listos para aceptar límites en sus conductas e imitar modelos (YO TENGO); están listos para ser más agradables,solidarios, optimistas y esperanzados (YO SOY); podrán involucrarse con mayor facilidad en relaciones interpersonales exitosas, resolver conflictos en diferentes ámbitos y pedir ayuda (YO PUEDO). No sólo aprenderán a confiar en los demás sino también en ellos mismos, sabiendo que aquellos en los que tienen depositada su confianza no dejarán que nada malo les ocurra.

Las personas no sólo necesitan aprender a confiar en los demás sino también en sí mismos. Cuando no confían en sí mismos pueden ciertamente volverse dependientes de otros, sintiendo que los demás son mejores que ellos, que saben más y sólo sentirán que están mejor protegidos dependiendo de otros.
Para aquellos que desean promover la resiliencia en niños y jóvenes un punto de partida es el  de construir una relación con ellos basada en la confianza. ¿Es usted una persona en la que se puede confiar? ¿Es usted honesto?¿Es respetuoso de la información que se le confía? ¿Usted los ayudará? Los niños y jóvenes que han sufrido rechazo, que han sido explotados o abusados no confían en los adultos; el hecho de superar esa desconfianza es un desafío para cualquiera que esté dispuesto a ayudarlos.
 
Aquellos que deseen promover la resiliencia en personas adultas, verán rápidamente que estas muestras mayor escepticismo y que su resistencia es más alta y más fuerte a la hora de confiar en los demás. Algo que sí pueden aprender es a elegir unas pocas personas en las que estén dispuestos a experimentar este riesgo que significa confiar en ellos y ver qué sucede. No tienen que compartir detalles muy personales de sus vidas en este punto, pero pueden ir probando a la persona que eligieron y decidir cuándo es el momento para compartir aún más…La alegría y bienestar que producen las relaciones de confianza bien valen la pena el riesgo de vivirlas.”
 
Interesante ¿verdad?.
Continuará en otras entradas en las que se comentarán los otros "ladrillos" de construcción de la resiliencia de Grotberg....

lunes, 6 de mayo de 2013

Los niños del “diente de león” (o de cómo resulta que Winnie the Pooh era un oso resiliente)

No penséis que me ha dado un ataque viral y que ahora me dedico a etiquetar a diestro y siniestro a seres reales e imaginarios como resilientes después de estar dándole muchas vueltas a este tema. Y eso que si se analiza la literatura infantil está repleta de protagonistas resilientes que sobreviven en circunstancias terribles, como la pobre Blancanieves que tenía una madrastra perversa cuya maldad perseguía su muerte; o el pequeño Rey León al que la ambición de un tío paterno le dejó huérfano; o la infeliz Cenicienta que vivía con una madrastra y unas hermanas que la rechazaban y humillaban continuamente…

Lo de que Winnie the Pooh es resiliente ni siquiera lo he inventado yo. Lo dice Stefan Vanistendael autor de la famosa casita de la resiliencia (podéis leer sobre ella en la entrada ¡Manos a la obra…construimos resiliencia!), y uno de los autores de referencia en el tema, en un artículo en la Revista Monitor Educador nº 131 (2009).


Habla Vanistendael en dicho artículo de la metáfora empleada por los noruegos con aquellos niños que pueden desarrollarse bien a pesar de tener dificultades muy grandes en su vida a los que les ponen el nombre de los niños del ‘diente de león’. Esta es una planta muy familiar por encontrarse habitualmente en cualquier jardín y en las praderas de cualquier campo. Aunque su flor central es amarilla, al madurar da lugar al famoso molinillo de viento blanco, que todos hemos soplado alguna vez pidiendo un deseo. Resulta curioso cómo de una planta que puede desarrollarse pese a las circunstancias adversas de su entorno, surge este molinillo tan frágil como hermoso.
 
En este artículo que os comento escrito por Vanistendael no hay párrafo que tenga desperdicio. A continuación transcribo algunos de ellos (lo que no está en cursiva son comentarios míos):
 
"Las bases de la resiliencia se dejan curiosamente explicar muy bien con la ayuda de un héroe de muchos niños, Winnie the Pooh.  Su historia es imaginaria, para niños, pero sin embargo sería válida para los propios adultos.
 
Dejémonos guiar por Winnie por un instante, muy seriamente.  Parece que Winnie es un osezno solitario, sin familia conocida. Así como todo osezno debe tener padres, no sabemos si se ocuparon de él. Podría haber sido educado en una institución. Sabemos también que no es muy brillante. Winnie se plantea regularmente su falta de inteligencia, pero sin considerarse un desgraciado o caer en la depresión. Su gran amigo Christopher Robin lo quiere mucho, pero a veces trata a Winnie con negligencia. No es muy agradable. ¿Qué futuro hay para un pequeño osezno en estas condiciones?
 
Winnie siempre nos sorprende porque parece que le gusta su vida. Acepta los límites de su inteligencia. Le encanta inventar pequeñas canciones. En cada situación se plantea la pregunta: ¿qué puedo hacer? Y si piensa que necesita ayuda va a buscarla entre sus amigos. Es muy atento con otros animales del bosque donde vive y, en caso de equivocarse, a menudo es él quien encontrará una solución. Los expertos pueden preguntarse quién le ayuda a salir de tales situaciones. Está bien rodeado, pese a la ausencia de su familia. Una magnífica descripción del mandala de la resiliencia: iniciativa, introspección, creatividad, capacidad de relacionarse, moralidad, humor, independencia. ¿Qué dirían Wolin & Wolin los creadores de este mandala sobre este Winnie resiliente?

Su amigo Christopher cree en él y le ayuda. Le da tareas, ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles, desafíos ni demasiado duros ni demasiado ligeros. A veces Winnie y él deben descubrirlo juntos. Winnie está rodeado de animales que le quieren, cada uno a su manera. A Winnie le gusta participar en proyectos comunes, tiene sus pequeños placeres en la vida, como la miel y la leche condensada. Todo esto se puede concebir prácticamente como un mini tratado de resiliencia. ¿No os recuerda a Grotberg? “Yo tengo…Una o más personas dentro de mi grupo familiar en las que puedo confiar y que me aman sin condicionamientos, es decir, de forma incondicional; una o más personas fuera de mi entorno familiar en las que puedo confiar plenamente; personas que me alientan a ser independiente”… Vínculos afectivos y buen trato por parte de los que son importantes. ¡Miel que alimenta el corazón!
 
Hay muchos niños en dificultades - y también adultos - que nos dicen en cambio que una vida mejor es posible. La cuestión es: ¿qué podemos construir juntos, con el niño, y con su familia? Un niño, como todos nosotros, se crea en encuentros positivos que están en un marco formal y profesional, también en la red de amigos, de vecinos o de la familia. La importancia de la red social. Lo que mis amigos Sagra e Iñigo del Centro de Preservación Familiar llamarían experiencias cristalizadoras. La resiliencia es un concepto intersubjetivo, sólo puede nacer y desarrollarse en la relación con el prójimo...la importancia de los tutores de resiliencia.
 
Y como Winnie, hay un niño en todos nosotros, necesitamos por lo menos a una persona alrededor nuestro que quiera nuestro bien, que verdaderamente crea en nosotros, que nos acepte siempre, aunque hagamos tonterías y no esté de acuerdo con nuestro comportamiento.
 
Como Winnie, cada niño - y cada equipo – necesitará cosas positivas que le aten a la vida:

- proyectos,

- pequeños placeres creados,

- de la belleza,

- de indicaciones y normas,

- responsabilidades según sus posibilidades,

- el contacto con la naturaleza,

- las historias,

-  su propia historia…

Esto es lo que da una sensación de que tu vida tiene sentido. Este principio de sentido en la vida diaria no se debe descuidar. Está bien que este sentimiento esté rodeado de humor y amor, aunque con demasiada atención estos dos conceptos pueden destruir el fin buscado. La importancia de encontrar el sentido, que junto con los recursos internos y los recursos externos forman parte del modelo sináptico Romeu de la resiliencia (¿no, Javier?). Además, amor y humor en su justa medida, como acompañantes en la senda de la vida para encontrar un sentido o una resignificación.
 
Otros elementos que contribuyen a la resiliencia se incorporan sobre esta aceptación fundamental y sobre este descubrimiento de sentido: el aprendizaje de competencias, la estima de uno mismo, la alegría de vivir y el humor.
 
Todo esto no es verdaderamente revolucionario. Todos lo necesitamos, hasta en la vida ‘normal’. Pero ahora también sabemos que lo necesitamos especialmente en las situaciones difíciles. Esto supone que cambiemos nuestra visión sobre los niños, los adultos, la vida, que busquemos con inteligencia, con pasión, con paciencia, los puntos positivos que permiten construir algo por encima de los problemas. A su vez supone que nos neguemos a reducir a un niño a sus problemas. Un niño nunca es un problema. El niño tiene problemas. Separar la persona de la conducta, reconocer su valor, su dignidad. Alejarnos de visiones culpabilizadoras y focalizar la atención abriendo el objetivo, situando al niño en el centro de su entorno como ser capaz y con fortalezas, en lugar de acentuar sus debilidades o puntos débiles.
 
Este punto positivo puede ser pequeño e insignificante a nuestros ojos, pero para el niño puede significar mucho, como la miel para Winnie. En lugar de ver la vida como un taller donde hay que reparar averías y defectos, deberemos aprender a situarnos en la vida como un niño con elementos de una caja de construcción. Con posibilidades, con metas de crear una construcción resistente. Cada mirada de aprobación, cada gesto de cariño, cada palabra de elogio… constituyen el cemento que va uniendo esas piezas de edificación.

Por lo tanto, poco a poco la resiliencia nos invita a articular la esperanza y el realismo, de acuerdo con la hermosa fórmula del profesor alemán Friedrich Loesel. El realismo y la esperanza son la vida. Si falta el realismo, vivimos en peligrosas ilusiones; si falta la esperanza, podemos caer en la trampa del cinismo que ahoga a la vida.
 
El ‘diente de león’ crece en lugares sorprendentes e inesperados. Es como un símbolo de  realismo que se une con la esperanza.”  
 
Como habéis podido comprobar, todo un mini tratado de resiliencia infantil expuesto magistralmente por Vanistendael.
 
 
Y ahora soplemos todos imaginariamente uno de esos remolinos de diente de león y pidamos un deseo compartido: que el compromiso social de todos consiga mantener la ilusión y la esperanza de un mundo sensibilizado con la infancia.

 

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