"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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jueves, 8 de abril de 2021

Janire, la historia de una adopción , historia de resiliencia

 

Este olvidado blog renace en primavera, después de mucho tiempo empolvado, para honrar y encomiar la valentía de una joven, Janire Goizalde, por contar al mundo entero su esperanzadora historia personal.

Janire, en su libro “Una nueva vida florece. La historia resiliente de mi adopción” (Editorial Sentir) y de la mano del excelente psicólogo y traumaterapeuta José Luis Gonzalo Marrodán, así como de Cristina Herce, también traumaterapeuta como José Luis de la Red Apega y psicóloga que dirige el grupo de familias adoptivas de Gipuzkoa-Ume Laia, y la psiquiatra Carmen Ortíz de Zárate, ha querido regalarnos un testimonio que va mucho más allá de la descripción de hechos vitales. Su relato es un canto a la esperanza, a la confianza en uno mismo y en los otros, pero al mismo tiempo es también un espejo que deja al descubierto la dura y triste realidad de muchos niños y niñas, hijos e e hijas de la adversidad temprana.

                                         


Janire nos muestra, con su relato sincero, claro y directo, cómo las garras de la negligencia y de las incompetencias parentales pueden robar el curso de un desarrollo cerebral sano que se trunca por la vulnerabilidad con que nacemos, que nos hace ser extremadamente frágiles sobre todo los primeros años (justo los que Janire pasó con su familia de origen), pero en ese mismo relato podemos apreciar, sin duda, otro maravilloso fenómeno, el de la resiliencia secundaria, que posibilita ese renacer del que nos habla ya el título de este precioso libro. Renacer significa volver a nacer, devolver a la vida. Una vida repleta de experiencias que suman y restan nuestra balanza de felicidad. Yo espero que la de Janire esté cada vez más orientada hacia la paz, la armonía y la confianza.

Sería injusto hablar de Janire sin honrar a quienes fueron, estoy segura que sin quererlo, los responsables de sus dificultades actuales y pasadas. Sus padres biológicos no supieron hacer la bonita y difícil tarea de cuidar y proteger, pero sin ellos hoy no estaríamos escribiendo estas líneas, ni los amigos y el entorno cercano de Janire podría disfrutar de sus risas y abrazos. Gracias a ellos la vida de Janire, la que ahora florece nuevamente, se escribe en un calendario que le recuerda a ella y al resto, que honramos también su nacimiento.

El relato de Janire nos habla -desde la distancia emocional que surge cuando lo vivido ha superado nuestra capacidad para integrarlo dentro de la experiencia-, de recuerdos, algunos muy duros, tanto que como ella misma refiere “bueno, en algunas cosas sí que me afecta, aunque no lo quiera admitir delante de la gente y más de mi familia y mi psicólogo”. Las defensas de evitación y de idealización juegan su papel para alejarse del sufrimiento, pero esto es, también, una prueba más de que el cerebro de Janire busca la que cree la mejor estrategia para evitar el dolor emocional. Una joven valiente como ella también tiene miedo, a veces a sus propias emociones.

La naturaleza humana nos sorprende con tantas y tantas paradojas… pero una de las más sorprendentes es el emerger de la resiliencia. Janire, no pierdas nunca la capacidad de reconocer, valorar y buscar el apoyo que las personas de tu red sociofamiliar te ofrecen, sé detective de tus emociones y de los mensajes que los demás te mandan. Descifrarlos es, y seguirá siendo mucho tiempo, como un jeroglífico, como un lenguaje que has de descifrar en este repertorio tuyo de habilidades de supervivencia. 

Para entender estas habilidades de supervivencia tan necesarias, Ana M. Gómez (2016) nos habla de una metáfora que tiene que ver con aquello que algunos niños y niñas tuvieron que aprender. Nos cuenta que, si en el pasado tuvieron que ir a vivir al Polo Norte, tendrían que llevar una vestimenta acorde con ese clima, con mucho abrigo para no congelarse (la familia biológica añado yo). Luego, si vamos a vivir a otro lugar donde hay otro clima más caluroso como Arizona en verano (aquí yo diría la familia adoptiva), la ropa que te acompañaba antes y que te venía super bien, ahora ya no te sirve, pero no solo eso, ahora un abrigo pesado o unas botas calentitas te complican la vida.  Eso es lo que ocurre a muchos niños, niñas y jóvenes como Janire, que continúan muchas veces llevando el peso de un “traje” que no tiene sentido usar en la actualidad, que pesa, pero del que no se pueden despojar fácilmente porque en ocasiones se convirtieron en la segunda piel, la que sirvió para protegerse. Yo diría, usando una expresión graciosa y coloquial, que hay un fallo en el “mapa del tiempo emocional”, como el de la televisión cuando anuncian el tiempo que se espera, pero en este caso referido a como están y cómo se sienten los otros y nosotros mismos. Los niños y niñas que tuvieron adversidad temprana y de forma crónica durante mucho tiempo no aprendieron a interpretar los estados emocionales propios y de los demás y por eso tienen dificultades para interpretar bien las leyendas que recoge el tiempo que se espera "soleado, nublado, con lluvia o con tormenta". Y luego pasa lo que pasa, que si llueve y no cojo paraguas me mojo, pero si hace un sol esplendoroso y no he sabido entender el símbolo que me avisaba, me ahogaré de sudor y no disfrutaré de ese clima tan estupendo. Esa desregulación en la atención, la anticipación y la respuesta es lo que hace que cuesten tanto las relaciones interpersonales y acaben siendo borrascosas la mayor parte del tiempo!!

                                                       Foto fuente: Aristasur

El trabajo terapéutico y el acompañamiento de lo que desde la Red Apega llamamos la BASE (la madre adoptiva a quien desde aquí envío todo mi reconocimiento y admiración, y los profesionales que la han acompañado todo este tiempo) seguro que conseguirán que Janire pueda aprender más la climatología emocional para relacionarse mejor con los otros. 

El libro de Janire nos regala vivencias subjetivas, una historia narrada en primera persona con terceros protagonistas. Tras el relato narrado de Janire hay todo un tratado profesional que recoge la intervención que durante 8 años ha venido realizándose. De una manera detallada, sistematizada y descrita de forma magistral se recoge, desde el modelo de Traumaterapia Sistémica Infanto Juvenil de Barudy y Dantagnan (desde el que me siento gratamente identificada al ser el modelo que me permitió tener otra mirada más humana y comprensiva ante el dolor de la infancia y la adolescencia), todo un lujo de objetivos, procedimientos e incluso algunas técnicas de lo que ha venido siendo el trabajo con Janire. José Luis plasma, desde la humildad y honestidad que le caracteriza, toda una gama de contenidos teóricos y conceptos técnicos, al tiempo que un elenco de emociones, sensaciones que se dejan entrever, me atrevería de decir de desnudez profesional, para llegar a transmitir al lector la complejidad del trabajo realizado.

Se destaca, como no podía ser de otra manera, la necesaria coordinación con la psiquiatra de la joven, pero si hay algo que no puedo obviar nombrar es la generosa aportación de Cristina Herce, desde una profesionalidad exquisita, mezclando la historia de Janire y su madre adoptiva con ese acompañamiento en la crianza terapéutica a nivel grupal donde lo individual se diluye y se entremezcla el apoyo mutuo, la comprensión y la incondicionalidad. Subestimar este trabajo en la revisión histórica de este caso de estudio y análisis supone ofrecer una visión parcial y errónea del proceso. No hay individualidades sin más, todo niño, niña o joven pertenece a una familia y en ella (y con ella) se relaciona con otros contextos. Desde el Centro Lauka que Cristina dirige saben bien de ese buen trato dispensado a los que tienen que aprender a tratar bien pese a las circunstancias adversas por duras que sean, a las familias de acogida y adoptivas. Vaya aquí también mi reconocimiento y admiración a Cristina y las profesionales que con ella trabajan.

Quisiera terminar dirigiendo unas palabras a Janire en exclusiva.

Decirte, Janire, que quiero compartir contigo una frase que me gustaba mucho cuando era joven como tú: “Por muy larga que sea la tormenta el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”. Para mí, es una frase muy cierta, siempre hay ilusiones, pequeños proyectos, cosas por hacer, que no pueden empañarse por las dificultades que a veces nos hacen pensar en tirar la toalla. La vida es recorrido, podemos volver al pasado mirando para atrás pero no olvides que el presente te pertenece, no te pares, que tu mirada vaya en la dirección de ese sol que brilla.  Acabo con una frase de Pablo Arribas (2016), que dice: “Quizás no podamos alcanzar la luna por nuestros propios medios, pero si podemos rodearnos de tres tipos de personas: las que no nos digan que es imposible, las que quieran venirse con nosotros y las que, con sus conocimientos, nos ayuden a construir nuestro cohete” Como tú misma dices en el libro: Resiliencia, según la canción de Rafa Espino es preguntarnos “¿Quién soy?, ¿Adonde voy? y ¿Quién viene conmigo?. Ojalá en tu vida sigas acompañada por aquellos/as que te ayudan a seguir creciendo, mujer resiliente. 


Con afecto, Conchi.

 


Referencias

Arribas, P. (2016). El universo de lo sencillo. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona.

Goizalde,J..  Gonzalo, J.L., Herce, C. y Ortíz de Zárate, C. (2020). Un nueva vida florece. La historia resiliente de mi adopción. Marcombo. Madrid.

Gomez, A. (2016). Terapia EMDR y abordajes complementarios. EMDR Biblioteca. Sevilla.

 

 

 

martes, 8 de octubre de 2019

Aprender no es fácil cuando sobre-vivir se convierte en la principal asignatura

Primavera, verano,otoño, invierno. Enero, febrero, marzo, abril...1,2,3,4.... Pareciera que todo sigue un curso, un ritmo, una secuencia que se repite. ¿Todo?¡Quizás no todo! Lo que los y las docentes esperan cada nuevo curso escolar podría seguir algo parecido a lo anterior. Llegan los y las alumnos/as en septiembre, después de unas largas e intensas vacaciones y, a la vuelta de un par de semanas, todos funcionando de nuevo a ritmo de ejercicio de Mates, el ciclo del agua y tres vueltas corriendo por el patio,  que harán que la rutina y la marcha escolar se instale hasta la próxima pausa en Navidades, Semana Santa, y...otra vez el esperado final del curso y vuelta a empezar.

Pero no termina aquí la historia. Un momento. Me he perdido algo. O mejor dicho ¡se ha perdido un niño o niña que, no sabemos por qué, no se ha enganchado al tren de la marcha escolar!.

Pero es que, además, no es que no se haya subido al Ave (tren de alta velocidad/capacidad), ni al de Media distancia (ese en el que el profe sienta al niño o niña cerca de su mesa para "supervisarle" más de cerca). Tampoco se sube al tren de Cercanías (donde los y las profes de Pedagogia Terapéutica o de apoyo se sientan en la butaca pegados a él o ella).

¡Pues no me sé más trenes! Bueno si, me se uno. ¡El Metro!. Ese en el que la ruta no está fijada de antemano, sino que puedes bajarte en cualquier parada. Ese que a menudo requiere hacer trasbordos que llevan su tiempo y su esfuerzo porque hay que caminar más hasta llegar del vagón del primer tren al del otro. Ese que tiene diferentes tramos y que es difícil predecir para el que observa desde fuera, para el docente, cual va a ser su recorrido. 


Y es que con determinados niños y niñas no hablamos de diferentes capacidades, ni aptitudes ni siquiera motivaciones. Hablamos de necesidades. De unas necesidades que responden a condicionantes en su biografía que, por efecto de la exposición temprana a la adversidad, han visto como su neurodesarrollo se ha visto comprometido. Niños y niñas, muchos de ellos adoptados o en acogimiento. También los hay que siguen viviendo con sus padres en contextos unas veces desfavorecidos o otras poco favorecedores. Niños y niñas que han aprendido lo difícil que es aprender cuando las reglas del juego comprometen su capacidad para tolerar frustraciones, exigencias que no se pueden cumplir o....simplemente sentirse aceptado y querido por los otros.

Nuestro cuerpo está programado para preservar nuestra seguridad y supervivencia. Para ello disponemos de un sistema de respuesta que, ante cualquier estímulo que sea interpretado como amenazante, es decir, que ponga en peligro nuestra seguridad y supervivencia, se prepara para actuar de forma automática. Podemos huir, luchar o, cuando la huida física resulta imposible, pasar a un estado de inmovilidad física y de huida o rendición psicológica (congelado como un ciervo ante los faros de un coche apunto de atropellarle).

¿Y qué tiene que ver todo esto con lo que poníamos al principio del post de las secuencias y ritmos y con los trenes? Pues que para muchos y muchas niñas expuestos a adversidad temprana que han desarrollado modos de adaptación para integrar experiencias traumáticas, el recorrido por la red que representa el sistema escolar no es fácil. Sus vías han sido modificadas para recorrer un camino para el que a veces no están preparadas. Nadie está preparado para sentir que no le quieren, ni le valoran y mucho menos que esto venga de quienes te tienen que cuidar y dar seguridad.

El estrés modifica el cerebro y por tanto la mente. Los síntomas o indicadores como consecuencia del maltrato (muy presentes en el contexto escolar) son la manifestación visible del daño producido en las estructuras cerebrales. No hablamos de disfunciones, hablamos de anormalidades morfológicas porque el cerebro ha sido transformado ante la exposición al maltrato, modificando así su funcionamiento para adaptar su respuesta al estrés.

Encontramos pues, siguiendo el símil del tren, alumnos y alumnas que parece que sobre "sus vías" hayan derramado una especie de líquido aceitoso que le hace descarrilar y no tener control sobre sí mismo. Y por ello, cual tren descarrilado, tiene una y otra vez dificultades con sus compañeros y profesores con los que muestra una actitud hostil, beligerante, invasiva. Se mueve excesivamente, molesta.

También podemos encontrar otros y otras que parecen dirigir su tren a trompicones, con paradas continuadas como si sobre sus vías hubiese multitud de piedras que le impiden avanzar, frenando una y otra vez. Son esos alumnos y alumnas que no logran avanzar en sus tareas, que requieren una atención casi continuada, en ocasiones de forma empalagosa con excesivos halagos y búsqueda de atención.

Pero también tenemos alumnos y alumnas que, sin saber porque, hacen un cambio de via, como si se alejaran de la ruta dispersándose, tomando una vía alternativa. Me refiero a esos alumnos y alumnas que se disocian, que como se dice coloquialmente "están siempre en las nubes o en su mundo".


La escuela es en muchas ocasiones un entorno amenazante. Como dice Joan Lovett, " los niños son extremadamente vulnerables a los acontecimientos traumáticos y experimentan como amenazantes muchos sucesos que son normales y corrientes para los adultos". Para desarrollarse de forma sana necesitan estar convencidos y hacer propias creencias del tipo "soy digno de ser querido, soy valioso, merezco que me cuiden, estoy seguro". Un hecho insignificante como una caída en el recreo, una reprimenda del profesor, un gesto amenazador de un compañero, pueden privarle de esas creencias, dado el funcionamiento de su sistema nervioso en estado permanente de alerta, lo cual tambalea la sensación de seguridad, por lo que su conducta será como si no estuviera seguro, no fuera valioso o digno de ser querido. Es decir, descarrilado, parado o desviado mentalmente a otro destino.


Ayer leí una frase de Anna Forés que decía: "El estrés es malo para aprender. Si en clase tenemos alumnos estresados no están para aprender, están para sobrevivir". Y sobrevivir no es una asignatura fácil de aprobar. Solo una visión clara y comprensiva, con apertura de miras y la sensibilidad necesaria para detectar estas necesidades, siendo tutores de resiliencia en la escuela, podrá ayudar a los y las docentes a impartir la mejor asignatura: la aceptación incondicional de sus alumnos y alumnas a través de una autoridad calmada y afectiva.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cuando duele ser padre o madre: Carta de amor a mi enojo

¿Qué escribirías si te pidiera que hicieras una carta de amor a tu enojo?¿Es posible hablar en esos términos? Posiblemente una cara de sorpresa por tu parte delate el interés que tienes por continuar leyendo. Pero sólo has de seguir si dispones del tiempo que merecen las líneas que vienen a continuación, extensas en contenido pero sobre todo en emociones.

Hoy quiero regalaros algo que no es mío, algo que encontré, como otras muchas cosas, pero que va a pasar a formar parte de este espacio compartido. Se trata de una carta escrita desde el sentimiento, pero también desde la reflexión y el análisis de una "niña herida" por el maltrato sufrido en su infancia, un diálogo interior con su ira, su impotencia, la negación de sus sentimientos a la que fue sujeta mientras unos adultos hacían uso de un poder que hizo mella en ella.

¿Puede ayudar el enojo, la rabia, el rechazo?¿Es bueno tener ese tipo de emociones negativas?¿Podemos aprender del dolor?. Seguramente muchos padres y madres que me escriben y leen este blog puedan verse reconocidos y reconfortados al leer lo que viene a continuación, principalmente aquellos que no pueden entender cómo rechazan a sus hijos al tiempo que les quieren. Aquellos/as que sufrieron una infancia terrible en la que tuvieron que aprender de su propia impotencia a manejarse por el laberíntico mundo de la niñez sufriente y que hoy, adultos, hacen grandes esfuerzos para impedir que los fantasmas del pasado se manifiesten en el presente haciendo que ser padre o madre llegue a doler.  Haciendo incluso que el dolor les haga protagonistas no deseados de situaciones de maltrato con sus hijos. Separar personas de emociones se hace imprescindible, al igual que separar el pasado del presente.

El texto, que aun siendo muy largo se encuentra recortado en algunos párrafos, está escrito por Bárbara Rogers, (si queréis leerla en su totalidad podéis acceder a ella en el siguiente enlace http://www.screamsfromchildhood.com/carta_de_amor_a_mi_enojo.html).

Cuando acabes de leerla, tal vez te animes a escribir tu propia carta de amor a tu enojo. 


"UNA CARTA DE AMOR A MI ENOJO"

¡Mi queridísimo enojo!
Hay personas que me dicen que no debo sentirte. Ellos te juzgan como si tú fueses algo malo que haya que eliminar. Sugieren que tengo resentimientos cuando te experimento y que debo liberarte para lograr la “paz interna” y “ser sanada”. Me hacen sentir como si tú fueses un agravio detestable, hasta malvado, que me convierte en un monstruo imperdonable. 

Tampoco quieren saber acerca de ti ni POR QUÉ estoy enojada. No les interesa cómo me siento.  Por el contrario, me dan consejos y sermones. Tienen miedo de escucharte y entender lo que representas, por eso te juzgan solo cuando apareces en su interior o a su alrededor, y creen que eso resuelve el problema que les planteas.

En mi infancia, una guerra feroz fue peleada en tu contra, la cual me obligó a eliminarte de mi alma y de mi repertorio emocional. Luego, continué esta lucha contra ti por mí misma porque quería ser buena y clemente –perfecta- según todos esperaban que fuera. También me desconecté de ti porque experimenté a mi encolerizada madre siendo tan repulsiva y aborrecible que hice lo posible por no parecerme a ella. Esta fue otra razón esencial por la cual te silencié.  Me dio dolores de cabeza y otros síntomas físicos, hasta enfermedades; además de sentirme miserable, confundida, disgustada y sin poder dormir. Cerrándome a ti me convertí en una servil y sumisa esclava, sin verdadera voz propia, que no podía hablar ni tenía poder sobre su  vida.

Cuando era una adolescente, recuerdo que aparecías en lo oculto cuando aún no tenía conciencia de tu existencia; entonces, me refugiaba en el silencio. Era notorio no hablarle a mi familia por días, incluso cuando salía hacia la escuela ni siquiera daba los buenos días.  Más adelante, hice lo mismo en otras relaciones cuando, en vez de expresar mi opinión, me escondía en el silencio que me había sido impuesto desde la niñez.

Nunca podré olvidar mi primer encuentro consciente y terrible contigo. Lo recuerdo con gran tristeza, vergüenza y horror porque me había convertido en algo que siempre había odiado: una persona furiosa y enojada igual que mi madre, que dirigía su ira contra su propia hija. Mi hijo tenía sólo tres años y su hermano dos cuando sucedió. Los observaba en el jardín a través de la ventana de la cocina mientras se mecían en un columpio de madera. Mi hijo mayor  sostuvo el columpio en sus manos,  pero al soltarlo  éste  rozó muy cerca  la cabeza de su hermano menor.  Salí furiosa y exploté haciendo lo que nunca hubiera querido hacer a uno de mis hijos: azotarlo;  así golpeé a mi hijo mayor.  Aunque me arrepentí de inmediato y sinceramente de lo que había hecho, me arrodillé a su lado tratando de consolarlo; mi hijo, un niño que jamás había sido golpeado, lloró por más de una hora en estado de choque mientras respiraba dificultosamente. Me sentí devastada y profundamente abatida. El cuerpo vulnerable e indefenso de mi hijo y su alma apenas en evolución recibieron un trauma.  Su confianza hacia mí, su propia madre, se había roto. Lloro profundamente mientras escribo estas líneas muchos años después, pensando en esa severa y profunda traición llevada a cabo contra la confianza de mi hijo y mis propios valores.

Me había convertido en una abusadora porque había olvidado y perdonado los abusos cometidos por mis padres. Había dirigido mi ignorada, vieja y encerrada furia y odio, originalmente dirigidos hacia los abusadores, contra mi hijo indefenso. Seguí su ejemplo mientras usé la violencia y el enojo para matar los sentimientos de mi hijo, igual que los míos ya reprimidos.

Mi hijo necesitaba mi entendimiento y protección, pero no el violento arrebato de enojo que nunca me había atrevido a enfrentar. Un volcán producto de una furibunda niñez irreconocida y demás problemas explotó y fue la razón real de mi acción cruel. Golpeé a mi propio hijo fuera del dolor y la ira inconsciente que había permanecido dormida dentro de mí y que nunca pude experimentar hacia mis padres y mi niñera. Golpeé a mi propio hijo -en la misma manera en que yo había sido silenciada durante mi niñez- ignorando mis propios sentimientos y sufrimientos, y tratando de ahogar mis viejos celos que el rechazo de mis padres y el vil favoritismo habían enardecido. La acción de mi hijo había despertado en mí sentimientos dolorosos que nunca nadie había escuchado, entendido y reconfortado. Los gritos de dolor ignorados, y mi deseo de eliminar a mis hermanos y hermanas para poder estar cerca de mis padres de nuevo, se manifestaron de manera injusta y destructiva hacia mi hijo. Fue en la terapia donde aprendí por qué no podía ser la madre que deseaba ser: protectora y compasiva, capaz de explicarle a su hijo acerca de una  peligrosa situación cualquiera, mientras  éste le expresaba  sus sentimientos.

Cuanto más me daba cuenta, a pesar de mis fuertes intenciones, de que no podía ser la amorosa madre que quería ser, y mientras luchaba con un matrimonio conflictivo, entré en terapia. Bueno, querido enojo, tú empezaste a aparecer en la terapia para iluminarme en cuán terrible y dolorosa había sido mi infancia y en lo furiosa que me había convertido. Empecé a darme cuenta de que tú tenías el poder de proveerme con la perspicacia, la fortaleza y el coraje para confrontar mi pasado, enfrentar mi realidad, afirmarme a mí misma y encontrar y defender mis propias necesidades y valores.

No se me ocurrió  pensar que tú eras mi amigo y que podía aprender de ti.  Más bien, te veía como un enemigo peligroso que necesitaba extinguir. Sin embargo, hasta ahora, ¡cuánto he aprendido de ti! En la terapia, cobraste vida, gracias a la aceptación de mi terapista.  Fue una experiencia empoderadora, iluminadora y liberadora. Me ayudó a efectuar muchos cambios en mi vida. Aunque también me di cuenta que sólo podía cambiarme a mí misma, no a los otros, no a mis esposos.  Me mostraste que era inaceptable para mí en mi primer matrimonio y que tenía el derecho humano de cuidarme amorosamente y satisfacer mis necesidades.  Tú permitiste que esta percepción creciera gradualmente en mí hasta convertirse en una realidad interior.  Tan pronto experimenté mis propias necesidades, me empoderé a realizar una importante decisión por mí misma sobre todo lo demás: dejar aquel matrimonio.  También me enseñaste que podía ser una madre diferente,  valiente, libre y sana si me rebelaba contra la hipocresía y los tranquilizantes, dejándolos detrás.

... Tú me diste el poder de darme cuenta de las consecuencias de la crueldad de mi niñera y de mis padres.  Cada ataque cruel, cada justicia vil provocó nada más que terribles sentimientos de terror, culpa, dolor, soledad y miedo, forzando a la niña a creer que estaba equivocada, que era malévola y que era tarea de ella, y sólo de ella, aceptar la carga de la culpabilidad y la solución del problema el cual era ser obediente y cumplir con las expectativas, las exigencias y las órdenes.  Mientras me comunico con el dolor en mi cadera, tú me permites ver cómo las personas pueden ser crueles conmigo y cómo su crueldad me obligó a ser sumisa.  Finalmente, puedes manifestar tu protesta e ira contra la niñera idealizada.  De este modo, reconozco y puedo dejar atrás mi rol de sirvienta complaciente, el cual fui obligada a asumir desde niña.  Seguramente que no deseas que sea una servil esclava sin necesidades, sin voz, sin ser tratada con respeto y amor.  ¡Gracias, querido enojo!

...Los arrebatos de furia y violencia que tuve que sufrir cuando niña me retuvieron e impidieron mi libertad y mi vida. Mientras escuchaba mi dolor, tú hablaste, querido enojo, entretanto  una  fuerza intimidante se manifestaba: la compulsión de que debía ser agradable con los demás a cualquier  precio, y lograr que todas las cosas estuviesen “bien”, sin importar que me hubiesen herido y defraudado;  desorientado, traicionado y mentido;  tratado con amor y respeto, pero sin sentimientos de culpa ni remordimientos, sin mostrarme su comprensión. La niña solamente quería sentirse segura de nuevo y poder creer que era amada. En cambio, en vez de percatarse de lo que ocurría y cómo era maltratada, su único propósito era crear armonía para ganar nuevamente a la “buena” niñera y a una madre que NO fuese capaz de asustarla.

Esa vieja niñez deseaba ansiosamente reunirme con un arrogante, mal agradecido esposo que usó mi entrega generosa y servicial para suplir sus necesidades hasta que mi enfermedad, surgida por el estrés, me impidió estar disponible para satisfacer sus deseos. Tuve que reconocer a un hombre egoísta que pretendió controlarme y manipularme.  Enfrentar que había sido atrapada de nuevo en una trampa de niños.  Fuiste tú, mi querido enojo, que hizo esto visible para mí, y cómo los horrores de mi pasado me habían programado para tolerarlo y soportarlo.

Lo que tú has compartido conmigo se convierte en conocimiento consciente; se sumerge en mi conciencia y luego me provee de información valiosa y hechos claros.  Tú no deseas que yo sea una egoísta; que en vez de compartir, se haya aprovechado y se haya tratado a sí misma sin respeto, amor, consideración y cuidado. ¡Gracias por revelarme la verdad, querido enojo!

A menudo me he preguntado por qué atraes tanto rechazo, resistencia y condena. ¿Por qué en el mundo te dieron a mí?  Evidentemente, te dieron a mí por una razón,  igual que todos mis sentimientos.   Ellos existen para protegerme de ser herida y lastimada, para guardar mi integridad,  para salvar mi salud y mi vida.  Mis sentimientos y necesidades verdaderas me hacen única, el ser humano que soy; ellos crean mi verdadero yo. Mis sentimientos trabajan para asegurarse de que mis necesidades son satisfechas. Tú estás claramente designado a surgir  como una importante reacción auténtica de mi cuerpo,  como un valioso, revelador y verdadero sentimiento propio. ¿Por qué las personas te juzgan con tanta dureza?

...La guerra del enojo contra mí empezó antes de que tuviese acceso al lenguaje y al conocimiento consciente. Mi madre ya había usado la violencia contra mí cuando era una pequeña bebé, menos de un año de edad, según ella misma una vez me dijo. Es temible y aterrador para mí imaginarme lo que esa violencia temprana hizo a ese pequeño cuerpecito; cómo me ha horrorizado y me ha abrumado su absoluta impotencia, torturándome con espanto, dolor y la anticipación ansiosa de más dolor y miedo. Ese pequeño cuerpecito no podía huir, ni protegerse a sí mismo de ninguna manera, todavía no estaba capacitado para formar palabras y pensamientos; no tenía consciencia para procesar nada. Ese cuerpo indefenso, tiranizado y consumido por sentimientos mutilados y devastadores, era nada más que sentimientos.  “Siento, luego existo”, expresa el inicio de la vida. Qué desesperante debía sentir esa niña su existencia, qué indefensos sus esfuerzos de saber por qué era golpeada y qué podía hacer al respecto.  La experiencia de la ira estaba fuera de su panorama. Desde sus inicios, tan pronto ella tuvo que confrontar la fuerza parental,  su enojo fue liquidado y suprimido.  No tuvo la oportunidad de entender de ninguna manera, lo que se suponía que debía hacer y qué le estaba ocurriendo. Y así fue como al final de su primer año, ella había cumplido con el propósito de su madre: no mojar los pañales.

La vida para este bebé significaba ser atacada, torturada, perseguida, y en la búsqueda de encontrar una forma de lidiar con el dolor y el terror que le fue provocado.  Aprendió temprano, a través de una forma inconcebible de comunicación física violenta, que su vida, sus sentimientos y necesidades –esa ELLA- no importaban. Fue considerada como una cosa y tratada como una posesión que se suponía no debía molestar ni ser una carga para sus padres.  Tuvo que usar toda su energía, fuerza y vitalidad para enfocarse exclusivamente en las exigencias de ellos. No podía experimentar la paz en su interior, ni conocerse, ni estar con ella misma. Tuvo que ganarse su existencia complaciendo los deseos de sus padres.

Si tú y yo, querido enojo, hubiésemos estado a su lado y sido testigos de mi madre atacando a ese pequeño bebé, nuestra afrenta lo hubiese salvado de esa cruel mujer sin piedad  tomándolo en mis brazos para siempre. También le diría lo que pienso de su barbárica brutalidad. Y de su ineptitud para ser madre. A menudo me pregunto por qué no hubo nadie del lado de ese maltratado y solo bebé,  por qué es todavía legal hacer esto a bebés y niños, y  por qué publican libros donde golpear a un niño es correcto. Estos no son más que horrendos crímenes contra la vida y la humanidad.


El enojo era juzgado negativo sólo si un niño lo mostraba; un niño no tenía derecho a estar enojado, ¡sólo las autoridades! Te silenciaban con dureza como un condenable crimen de “contradicción”, “voluntariedad”, “arrogante desfachatez” o “pretensión inapropiada”.  El enojo de un niño era considerado un delito estrictamente prohibido, castigado y perseguido; sin embargo,  la ira de mis padres y mi niñera se desencadenaba contra mí libremente, sin control, en cualquier momento. Sus ataques viciosos, violentos o confabulados, y humillantes regían mi vida llenándome  de un miedo mortal. Destruyeron mi  auto confianza y arrebataron mi habilidad de analizar la realidad con precisión.

Estaba aterrorizada y en pánico cuando fui atacada con violencia, la cual siempre expresa enojo y odio.  Es una mentira enfermiza el que la violencia se puede administrar “sin ira”, según afirman algunos acerca de la violencia contra los niños, los que tienen el arrojo y el descaro de defender su crueldad escondiendo la verdad.   Durante mi infancia tú no podías ayudarme a desenmascarar esa inhumanidad, menos aún  terminarla.  Cualquier protesta de un niño indefenso, desprotegido e impotente lo hubiese puesto en gran peligro.  Los azotes y los sermones amenazantes que sufrí cuando niña me aterrorizaron.  Cuando ocurrían, sólo quería volver a sentirme segura y cerca del atacante, a quien no pude reconocer nunca como  el perpetrador.  Tal como tú, mi enojo, no te era permitido vivir, yo tampoco lograba sentir y menos ver enteramente que  era la víctima abusada con una violencia inhumana.  Fuera de aquella oscura desesperanza y confusión, el deseo porque todo  estuviese “bien nuevamente”, permitió que la relación fuese “agradable de nuevo”  y se convirtió en una adicción abrumadora.

Los adultos estaban convencidos, de manera inquebrantable,  que tenían derecho a su ira, la cual convenientemente era designada y disculpada como: “es por tu propio bien”.   Ellos creían que Dios les había dado el derecho de criticar, humillar, castigar, gritar y vociferar, hasta golpear a una niña no importando que pusiese en peligro su seguridad e integridad.  Mientras ellos desahogaban su propia ira desinhibidamente, prohibían el enojo de la niña, exigiendo su autocontrol, al tiempo que le daban sermones acerca de cómo debía “recogerse ella misma”.  Alegaban que yo merecía su crueldad y que los delitos cometidos por ellos mediante el abuso violento verbal y físico  contra mí, era bien merecido y basado exclusivamente en MI propia culpa y faltas.  Me  vendieron su crueldad tiránica como un acto justo, mentira destructiva que extinguió toda la compasión por mi misma, contribuyendo a crearme  una devastadora confusión y lavado mental.  Parecían santos que no podían equivocarse, y que eran libres de cualquier responsabilidad acarreada por ellos mismos, sus acciones y sentimientos.  De esta manera, hicieron imposible que yo estuviese de mi propio lado.

No obstante, si me hubiese atrevido a golpear a otro niño, hubiese sido sermoneada y castigada por ese acto malvado, por el mismo acto que marcó mi niñez y que tuve que sobrellevar y sufrir con frecuencia. Cuando niña, no podía ver a través de esa hipocresía repulsiva.  Nunca se me hubiese ocurrido pensar en: “¿quién  sermonea y castiga a los adultos cuando pegan o golpean a un ser humano más débil y vulnerable?  ¿Quién los golpea a ellos cuando cometen errores?  ¿Por qué esas autoridades poderosas tienen la fuerza y el derecho de inventar, mediante un capricho, todo tipo de pecados y arbitrariamente elaborar supuestos errores?”

Los sentimientos y necesidades de la niña, por encima de todo su enojo, fueron los pecados fundamentales.  Todo el tiempo, mis padres y la niñera estuvieron inclinados a encontrar razones que reprobar en la niña, pero ninguno de ellos trató de escucharla, entenderla y cuidarla.  ¿Cómo podía escapar alguna vez  del laberinto de este astuto juego de fuerzas,  de este peligroso e insano abuso de poder?

Se convirtió en mi estilo de vida durante mi niñez: perdonar la injusticia sin reconocerla ni protestar en su contra. No tuve otra alternativa que seguir aceptando la culpa injusta e inclinarme ante las mentiras, manipulaciones y violencia.  Los adultos siempre tenían la razón, la niña era automáticamente presumible y declarada culpable.  Ni la comprensión ni el perdón eran otorgados, por lo tanto, la niña fue obligada a creer, día sí y día no: “Estoy equivocada y siempre lo hago todo mal”.  Se convirtió en su silenciosa, enterrada y profunda agonía interna que emergía durante la terapia como su herida más dolorosa y fundamental. 

Nadie observó el sufrimiento de esta niña; nadie la protegió; nadie estuvo de su lado para hablar contra los horrores que ella tuvo que soportar.  Por el contrario, todos le exigieron a ella que dejase la resistencia y soportara las injusticias cometidas en su contra con bondad eterna: siempre perdonando buenamente al poderoso, sus padres y la niñera, por todas las cosas que ellos le habían hecho.  Ella los amaba y quería nada más que su amor y bondad, por lo cual hizo todo lo posible, incluso cargar con la cruz de los inmensos sentimientos de culpa que nunca debieron formar parte de sus tribulaciones.  Pero su amor, su entrega egoísta y sus sacrificios no tuvieron respuesta.  La violenta crueldad la condenó a una existencia sin esperanza en el oscuro calabozo de la soledad, el miedo, la vergüenza, la culpa y el aislamiento, sin dignidad ni respeto.

En la infancia existe una sola manera de sobrevivir: aceptar, disculparse y continuar con las agresivas actitudes y acciones humanas.  Pero, luego, en la adultez, ¡hay una forma de escapar!  Tú cambiaste mi vida, querido enojo, pues me permitiste ver a través de las mentiras, desenmascarar y rebelarme contra el cáustico juego de poder,  dándome la fortaleza de ser lúcida y firme.  Tú me diste la habilidad de decir que no, cuando no fui tratada con respeto.  Tú me diste el conocimiento y la sabiduría para retirarme de relaciones no saludables, según me ibas mostrando mis realidades pasadas y presentes.

Ni  como niña, ni por los años transcurridos como  adulta, pude darme cuenta de lo que me habías enseñado: que NO ERA MI conducta, pero si la de mis padres y niñera, lo que estuvo lleno de resentimiento, equivocación, imperdonabilidad, fuera de control y maldad. Su comportamiento no hablaba más que del uso equivocado de la fuerza, la arrogancia y la crueldad.  Aquellos que predicaban el perdón no practicaban el perdón.  Se sentían superiores, poderosos, hasta  omnipotentes, y siempre consideraban justificable cuando castigaban, degradaban y liberaban su ira contra débiles e indefensos seres humanos, actividad que hasta disfrutaban. ELLOS fueron los que cargaron con el resentimiento y los que tuvieron un enorme problema con el enojo.  Sus almas y mentes no eran accesibles.  No podían comunicarse ni abiertamente ni con la verdad.

Mientras más surgías en la terapia, más me mostraste cómo el sistema de locura humana había manipulado a la niña, lo que destructivamente imprimió en mí, y cómo todavía me persigue en la adultez llenándome de aversión y odio a mí misma.  Tú me revelaste cómo me había programado para acusarme, a experimentar cada problema y adversidad de la vida como resultado solamente de MI culpabilidad irremediable y grado innato de maldad.  Era la meta de toda pedagogía negra a la que yo tuve que someterme y obedecer sin voluntad propia. Los adultos tenían el derecho de tener una voluntad, no los niños.  Esto se demostró por una enfatizada doctrina  que tuve que escuchar una y otra vez.  Todavía permanece grabada en mi memoria:“Los niños con propia mente y voluntad, deben ser golpeados por detrás”.

...El terrible resultado fue que estuve aterrorizada de la vida y de cualquier conflicto.  No tenía voz.  No podía hablar de lo que veía, pensaba y sentía.  Me impidieron tener necesidades propias y no tuve la oportunidad de satisfacerlas. Durante años, estuve convencida de que era incapaz de resolver problemas, por lo que nunca me atreví a enfrentarlos ni a lidiar con ellos.  Tuve que dejarte a un lado, mi querido enojo y buen apreciado amigo, igual que a mis otros sentimientos y verdaderas necesidades.  Los únicos sentimientos permitidos durante mi infancia fueron: agradecimiento, piedad, admiración y adoración de mis padres y de Dios.  Las únicas necesidades permitidas fueron aquellas que mis padres, niñeras, religión y escuelas me endosaban y fomentaban.  Por años, creí que mis necesidades consistían en seguir el ritmo que los demás  exigían y esperaban de mí.

Durante un largo tiempo, no podía vivir con mi verdadero yo, por lo tanto me perdí de la vida.  Estuve programada para enterrar mi cabeza en la arena, a creer ciegamente en las autoridades, y a servir y  seguirlos como una esclava. Necesitaba tu poderosa vitalidad y entendimiento, y el apoyo de la terapia para reclamar mi verdadero yo y mi vida.   Como siempre, yo había sido  quien tuvo que cargar sobre mis hombros  la culpa y el perdón, había sido obligada a creer que estaba equivocada y resentida si me hubiese atrevido a expresar mi propio y diferente punto de vista cuando hablaba y protestaba, y cuando no quería continuar unas relaciones por encima de la de mis padres.  Cuando tú te manifestaste en la terapia, ¡me mostraste la salida fuera de esa locura!  Tú te convertiste en un aliado y  amigo que me permitió reconocer a las personas por quienes son, en vez de aceptar ciegamente cómo ellos querían que los viera y deseara ser vista según su egocéntrico punto de vista. Tú me diste el valor para saber cómo yo era tratada.  Tú me salvaste de consagrar mi energía en anhelar y tratar de llegar a las personas que me habían herido y dañado, aunque éstas no  sintiesen remordimiento ni estuviesen arrepentidas, ni tampoco mostrasen algún tipo de conocimiento al respecto. 

Me siento tan agradecida de ti, mi querido enojo, que me diste la fortaleza de caminar el sendero de la dignidad y de ser verdadera conmigo misma.  En lo más profundo de mi interior, siempre tuve ese anhelo.  Tú no quieres controlarme o dirigir mi vida, sino protegerme y ayudarme a tomar conciencia de la realidad y de mi verdad.  Todo lo que tú siempre necesitaste, y todavía necesitas de mi, es que te escuche, con respeto y cuidado, para que pueda aprehender tu mensaje, luego, sigues tu camino.  Tienes la habilidad y el poder de mostrarme lo equivocado en mi vida y lo desacertado de mi pasado hasta que yo pueda comprenderlo, y realice los cambios necesarios para mejorar mi vida y afirmar mi libertad.

Aunque sólo acudes a veces para compartir conmigo lo que entiendes, los demás parecen creer que yo tengo un problema con la ira si me permito explorarte.  Ellos me juzgan si trato de comprenderte y de que quiero aprender de ti.  Te colocan en la categoría de las tan mencionadas “malas emociones” que deben ser “liberadas”. Hasta te condenan a pesar de que tienes tanto que decir, ¡sobre todo acerca de la niñez del ser humano!

Muchas personas, religiones, ideologías y sociedades se consideran ellas mismas compasivas, justas y humanas, sin embargo, tienen creencias llenas de resentimientos y prejuicios que alientan a sus seguidores, hasta permitirles odiar a otros y a actuar con venganza. Se presentan como verdaderos intolerantes, creencias odiosas acerca de “otros” que no les han hecho daño, pero que se niegan a seguir sus limitantes y autoritarias doctrinas.  Ellos usan sus creencias para justificar sus crueles y vengativas acciones, y la difamación y condena de los demás, incluso luego de que estos han muerto.

...Tiene sentido el hecho de entender el perdón como un recurso de abandonar la venganza.  Pero el objeto de la ira no es estar resentido o desaparecer, sino ser comprendida.  He tenido la experiencia  de cómo las personas pueden entender su enojo y sus causas: cuando las llamadas “emociones negativas” son escuchadas, y el deseo de venganza y el injustificado y ciego deseo del odio pasa.


....Me tomó largo tiempo darme cuenta de tu importancia y de darte la bienvenida.  Ahora, nuestra relación ha cambiado; tú te has convertido en mi amigo.  Mientras me comunico de manera física y emocional por medio de las cuales mi cuerpo expresa viejos dolores, tú me revelas cada vez mas profundos niveles de cómo los horrores de mi niñez  me han mal dirigido y aprisionado atándome a personas destructivas.

Mis experiencias contigo son fascinantes e iluminadoras.  Cuando te escucho con respeto –o hablo de ti con alguien que me entiende y me escucha, y comparte el por qué estoy enojada- entonces, sé que tú te sientes aliviado porque tú también puedes expresarte y sentirte comprendido.

Cuando te he escuchado, tú me calmas y me das paz interior.  Lo que me revelas se convierte en un hecho.  Me das la facultad de ver la realidad sin tapujos.  Tú me concedes claridad acerca de mi pasado y mi vida presente.  Tú me has dotado de auto confidencia.  Tú me facultas con fortaleza.  Hoy, puedo tratar a los indefensos con respeto y compasión, y hablar la verdad con autoridad.  Hoy sé que todos los sentimientos transmiten informaciones sumamente importantes si las respetamos y estamos abiertos a éstas.

domingo, 12 de octubre de 2014

Parentoxic

Los laboratorios Martínez-Romeu, dentro de la Campaña informativa del Buentrato, presentan el nuevo prospecto de un viejo producto: Parentoxic.

Lea todo el prospecto detenidamente antes de empezar a hacer uso del producto.
Conserve este prospecto. Puede tener que volver a leerlo.

Si tiene alguna duda consulte con su profesional de la psicología o la educación


¿Qué  es Parentoxic?

Parentoxic es un inhibidor de la parentalidad que actúa sobre las actitudes y habilidades necesarias para la formación de un apego seguro.

Pertenece al grupo de los destructores de la autoestima y de las habilidades de interacción interpersonal.

La principal característica de Parentoxic se encuentra en su potente efecto en terceras personas, principalmente hijos e hijas expuestos al mismo.

 

Indicaciones

Parentoxic está indicado para aquellas personas que han tenido un hijo o hija, o que sin tener una parentalidad biológica,tengan a su cargo un niño o una niña y

a)   ni hacen ni dejan hacer, es decir, no les cuidan,les protegen, les estimulan ni les dan afecto pero tampoco dejan que otros lo hagan.

b)   esperan de los hijos que hagan o digan aquello que ellos no pueden, no saben o no quieren  hacer, por ejemplo ser responsables, atentos, estudiosos, etc.

c) eligen como diana a los más indefensos para descargar los conflictos no resueltos, proyectando rabia, frustraciones y un sin fin de proyectiles tierra-aire para aliviar su dolor.


   
Antes de tomar Parentoxic

 No tome Parentoxic:

-Si pretende educar hijos sanos y felices, miembros de una sociedad compleja pero por la que merece la pena luchar.
-Si su objetivo es contribuir al desarrollo de hijos emocionalmente equilibrados, capaces de regularse a sí mismos y desenvolverse adecuadamente en el entorno.
-Si tiene alergia a sus componentes como efecto de haber estado expuesto/a ellos en la infancia, adolescencia o cualquier momento de su ciclo vital y decidió vacunarse con Resiamor.

Tenga especial cuidado con Parentoxic si se da alguna de estas circunstancias:

-Presenta dificultad para controlar sus actos, tiene un pobre concepto de sí mismo/a, se siente aislado socialmente, no sabe manejar las situaciones cotidianas o conductas de sus hijos, pues pueden potenciarse los efectos de Parentoxic y sentirse omnipotente.
-Ha tenido una infancia dura, cargada de pérdidas, abandonos, situaciones estresantes, malos tratos o cualquier otro suceso capaz de haber afectado su capacidad afectiva, emocional y conductual...y no ha encontrado aún a alguien en su camino que le explique que usted es usted y su hijo/a no es responsable de su historia, ya que puede provocar regurgitaciones, reflujo o dolor reflejo.

Embarazo y lactancia

El empleo de Parentoxic durante el embarazo y la lactancia está indicado si lo que se pretende es la eliminación total o parcial del vínculo de apego. El producto alcanza las más altas cuotas de eficacia en el período de 0 a 3 años, siendo un potente inhibidor de oxitocinas y serototinas que son reemplazadas por altas dosis de cortisol que actúan en el cerebro produciendo alteraciones importantes.

 
Interacciones

Parentoxic es incompatible con cualquier manifestación de empatía, afecto y buen trato.

Si cree que ha tomado Parentoxic desde hace tiempo y actualmente está bajo los efectos de la parentalidad positiva, no se preocupe, acaba de elegir el tratamiento idóneo y aconsejable por todos los especialistas.

 
Cómo tomar Parentoxic

Siga estas instrucciones a menos que un especialista le haya dado otras indicaciones distintas (¡confiamos que así sea!). En estos casos es conveniente solicitar al profesional las instrucciones para asegurarse que ha entendido todo bien.

Parentoxic puede administrarse por vía oral (insultando, amenazando, ofendiendo, chantajeando varias veces al día a su hijo o hija) o por vía cutánea, en forma de golpes, manotadas, empujones y pellizcos. A veces se puede administrar en forma de aerosol lanzando al aire comentarios en los que puede tratar a su hijo o hija como si fuera un o una colega o amigo/a, compartiendo sus preocupaciones, sus problemas, etc,  como si él o ella fuera su fuente de seguridad y no al revés.

En cualquiera de sus presentaciones no dude de su potente efecto que adquiere un carácter multiplicador si se usan de forma conjunta.

Puede tomar Parentoxic antes o después de una comida. No es necesario que se acompañe de líquidos, si bien se han comprobado que sus efectos aumentan cuando se ingiere acompañado de alcohol y otras sustancias que alteran el estado de ánimo de la persona.

 
Posibles efectos adversos

Los siguientes efectos adversos son descritos en los hijos e hijas de quienes emplean Parentoxic:

-Desorganización y fallas del funcionamiento del sistema límbico
  • Trastornos de las capacidades sensoriales, o lo que es lo mismo, dificultad para percibir las amenazas o los peligros del entorno o distinguir los que es producto de su imaginación o de sus deseos de la realidad.
  • Deficiencias en el reconocimiento y manejo de las emociones, pudiendo actuar de forma estereotipada con agresividad o con temor.
  • Trastornos de la empatía, de sintonizar emocionalmente con el otro y actuar en consecuencia.
  • Memorias emocionales traumáticas. Los niños y niñas que han recibido malos tratos en su primera infancia por efecto de Parentoxic no tienen un recuerdo o memoria explícita de lo que sucedió, pero todas esas experiencias quedan registradas en la memoria implícita en forma de sensaciones dolorosas, estrés, dolor físico. Son recuerdos que no se pueden traducir en palabras porque el cerebro en esa etapa no puede simbolizar lo que está pasando.
  • Trastornos en la regulación del apetito, agresividad, frustración y la excitación sexual, al no haberse desarrollado por parte el niño la capacidad de modular y educar las pulsiones, que solo un contexto de buen trato es capaz de proveer.
-Alteraciones de la organización y del desarrollo de la corteza prefrontal
  • Dificultad para calmarse y detener su conducta obedeciendo lo que el adulto le pide, porque los lóbulos prefrontales mal organizados no pueden facilitar la modulación emocional a través de la reflexión y el pensamiento. El niño no puede pensar antes de actuar, autocontrolarse.
  • Dificultad para representarse y asumir la responsabilidad de sus actos, por su apercepción de si mismos fragilizada, no pueden asociar causa-efecto.
  • Alteración de las capacidades de pensar, reflexionar, hacer proyectos y verbalizar sus experiencias.
  • Dificultades para participar en relaciones interpersonales recíprocas, no logran superar la fase egocéntrica y autorreferencial a causa del sufrimiento, que le impide desarrollar conductas prosociales y empáticas.
  • Tendencia a pasar al acto con la menor frustración, con comportamientos disruptivos y violentos.
  • Miedos, ansiedad y crisis de pánico “irracionales”, difíciles de manejar, ya que las emociones inundan el cerebro inmaduro del niño maltratado, dejando huellas imborrables.

Los efectos de Parentoxic son de acción muy prolongada según investigaciones recientes pudiendo tener consecuencias permanentes que solo un contexto de buen trato y tutores de resiliencia secundaria pueden minimizar.
  

Conservación

Mantenga Parentoxic fuera del alcance y de la vista de los niños y niñas.

No conservar de ninguna de las formas. En caso de que haya estado empleándolo, deshágase de Parentoxic lo antes posible si comprueba que alguna de las cuestiones descritas anteriormente han llegado a su sistema límbico produciendo malestar o signos de empatía por sus hijos e hijas.

 
Información adicional

Los laboratorios Martínez-Romeu no fabrican Parentoxic,simplemente garantizan que el contenido de lo expuesto en este prospecto es resultado de la experiencia profesional y el estudio detallado de investigaciones sobre resiliencia, apego y buenos tratos, y dados sus efectos devastadores, se considera imprescindible la difusión del prospecto a nivel mundial.

Dicho laboratorio no se hace responsable del uso que se haga de Parentoxic si después de haber leído el prospecto decide emplearlo.

Por el contrario, desde los laboratorios Martínez-Romeu se está trabajando en la creación de productos antagónicos al Parentoxic que permitan aliviar los síntomas parentales presentados pero con efectos positivos sobre los niños y niñas a través de fórmulas formativas y literarias.

 
P.D.: Los autores de los blogs implicados expresan sus más sinceras disculpas si el contenido o la forma ha herido la sensibilidad de algún lector/a, ya que su único interés es contribuir a la promoción de la resiliencia, el buentrato y el apego seguro y en ninguno de los casos frivolizar o no tomar en serio el tema abordado.

 

 

 

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