"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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lunes, 24 de diciembre de 2018

Permanencia y cambio es el mío. Y tú ¿te animas a hacer un acróstico?


Hace cuatro años mi estimado amigo y compañero Apega, el psicólogo José Luis Gonzalo Marrodán me propuso el reto de despedir el año con un acróstico, a lo que no me pude negar, primero porque me apetecía por esa chispa de travesura infantil que suponía (de pequeña era un pasatiempos estupendo), y segundo porque me parecía un buen momento para hacer balance de lo que había sido aquel año. Desde entonces ha llovido mucho como se suele decir, y ha habido un poco de todo. Pero me quedo con lo bueno y con lo que ahora tengo, que es mucho, una vida personal y profesional muy feliz.

Me sorprende al repasar algunas entradas de mi blog y sobre todo esta del acróstico que, aunque mi báscula y el espejo donde me miro por la mañana se empeñan en recordarme que el tiempo pasa y no soy la misma, no cambiaría nada de lo que hace cuatro años escribí en ese post. Permanencia y cambio. Como la vida misma. Nuestros pensamientos y formas de ver de la vida se adaptan a las experiencias que vamos teniendo pero queda algo, no sé cómo definirlo, que nos hace enlazar pasado y presente, como si fuera nuestra propia esencia y aquello que nos caracteriza.

 Y hoy, día de Nochebuena, me apetece compartir el mismo acróstico, con las letras que conforman el nombre de este blog, resiliencia infantil, celebrando que el tiempo me ayuda a acumular experiencias y conocimientos pero no me resta la capacidad de mirar al otro, niño/a, adolescente o adulto, con la suficiente sensibilidad como para llegar a su emoción.



Y tú ¿te apuntas a hacer un acróstico?

Reto. Cada nuevo niño o niña, cada familia, cada persona que entra en mi camino profesional suponen un reto, un desafío, una oportunidad de ayuda en la que se ponen en juego habilidades, capacidades y conocimientos confiando que puedan traducirse en pequeñas dosis de alivio emocional, en grandes cantidades de promoción de sus recursos y en millones de partículas de esperanza, aceptación, ilusión, confianza, empatía, libertad, etc. que hagan posible la revinculación afectiva, la posibilidad de creer en la relación de ayuda y volver a poder crear lazos de afecto que sanan heridas y entretejen nuevas miradas del pasado y preparan nuevos diseños del futuro.

Esperanza. De poder creer en el cambio entendido como la búsqueda de pedacitos de felicidad, de mirar adelante confiando en un futuro capaz de ofrecer a nuestros niños y niñas oportunidades para disfrutar de la vida. La vida es bonita para los que se sienten amados aunque sea solamente por un adulto capaz de hacerle sentir importante, grande por dentro. De este modo podrán afrontar mejor las adversidades. Mejor si les acompaña la preciosa frase “si tienes un porqué para vivir encontrarás casi siempre el cómo”.


Sonrisa. Lo que nunca debe faltar en la cara de un niño o niña. Hay mil razones para sonreir cada día, solo hace falta verlas o pensar en ellas. A veces imaginarlas como posibles. El poder de una sonrisa es inmenso, conecta con nuestras neuronas espejo de manera inmediata. ¿Eres capaz de resistirte a sonreir cuando ves que lo hace un niño o niña?. El lenguaje de la felicidad.


Ilusión. Según la RAE puede tener como acepción “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos” o también “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo”.  Permitidme que ofrezca mi propia definición de ilusión - como recogía en una entrada anterior http://resilienciainfantil.blogspot.com.es/2014/01/el-sembrador-de-estrellas-o-lo-que-tu.html-, como la posibilidad de modificar el significado de las cosas ( y las historias) modificando el entorno. Mirar desde diferente perspectiva a veces para ver las luces y fortalezas de las personas. Que aunque la persona no lo vea, la luz que deja a su paso en un futuro iluminará el camino. Pensar que a veces tenemos estrellas junto a nosotros aunque no las veamos. Que ante la oscuridad/adversidad siempre sale una luz interior de la que no éramos conscientes en otros momentos de nuestra vida. Y lo mejor, que la ilusión no tiene edad ni sabe de diferencias.



Libertad. Sensación de hacer y decir lo que uno quiere. Saber que te puedes alejar pero que hay vuelta posible. Elegir, no sentirse coaccionado ante exigencias de otros. En mi caso, libertad es realizar las cosas que me gustan, compartir, poder expresarme, inventar o tomar de otros lo que me parece bonito, sentarme ante el ordenador y dejarme llevar. Un sueño que quisiera fuera compartido con todas las personas que sufren mientras esperan el momento de escapar de su jaula sea cual sea ésta.


Inocencia. La esencia de los niños y niñas. No hay maldad en ellos, solo estrategias de supervivencia generalmente aprendidas de los adultos para escapar de algo o para dejar de ser invisibles ante ellos. Nunca un niño o niña es culpable de su sufrimiento, no hay nada que justifique un maltrato activo o pasivo.


Empatía. Calzarse los zapatos del otro. Sentir como sienten pero sin perder de vista ese “como si” que decía Carl Rogers. Comprender como sienten y piensan los niños y niñas y sus familias manteniendo la suficiente distancia mínima para que no nos invadan sus sentimientos de forma viral, pero teniendo la suficiente aproximación como para entender sus emociones en función de sus coordenadas personales.


Niñez. Período de la vida que debería ser siempre maravilloso pero que en ocasiones se ve enturbiado por circunstancias familiares, porque existen padres y madres que no pueden, o no saben o no quieren desempeñar su rol. Gracias a la existencia de tutores de resiliencia esos nubarrones pueden desplazarse y ver que el sol sale cada día, ¡¡pese a que vuelvan a aparecer las nubes acompañadas de rayos y truenos!!. La creación de paraguas resistentes con varillas flexibles capaces de resistir los azotes del viento y fuertes tejidos impermeables que permiten avanzar en el camino de la niñez enturbiada y encontrar la luz del sol gracias a personas significativas que les acompañan en su crecimiento. La mejor etapa de la vida.


Confianza. Nada más bello que la capacidad de ofrecer a los otros un espacio seguro donde poder sentirse sentido y reconocido, de escuchar sus palabras diciendo “tú me entiendes” o “siempre voy a confiar en ti”. Esa confianza se traduce en compromiso, en una especie de conexión invisible que hace que fluya un canal de comunicación genuina, de revelar sentimientos, destaparse ante el otro porque se siente que no te hará daño. Nuestros niños y niñas han sufrido muchos desengaños en su vida, muchas veces por parte de quienes debieran ser sus protectores y cuidadores…y sin embargo siguen confiando en quienes saben mirar más allá de lo visible, quienes no se quedan con sus actos inadecuados o sus respuestas desproporcionadas. Como decía Saint- Exuperié: lo esencial es invisible a los ojos.


Ingenuidad. Lo que nunca quiero perder. La capacidad de asombrarse de sorprenderse incluso por lo evidente. Lo que permite dar pasos adelante pisando baldosas de confianza. Compañera de la inocencia y amiga de la ilusión. Capacidad que se pierde con experiencias que hacen daño.


Aceptación. Somos lo que somos por las experiencias vividas y la interpretación que de las mismas hacemos. Solo aceptando a la persona, con su historia y la mochila que lleva podemos ofrecer una relación de ayuda. Pero no siempre es fácil. Se entremezclan juicios de valor, resonancias personales, limitaciones para tolerar a quien es distinto a uno mismo.


Imaginar. Crear, construir en la mente, idear rutas que lleguen a buen puerto. Planificar. Vivir con el pensamiento lo que queremos vivir en la realidad. Inventar mundos posibles. Reinventar el pasado.


Naturalidad. Ser uno mismo, sin impostar. Reconociendo las debilidades y limitaciones y, ¿por qué no? elogiando nuestros puntos fuertes, lo que sabemos hacer bien. Espontaneidad, asertividad, ser capaces de decir lo que sientes o piensas de manera respetuosa. Los años me han hecho ser cada vez más natural, incluso a veces puede que demasiado. Siento la necesidad de pensar en voz alta ante las personas, niños y adultos con los que trabajo. Compartir hipótesis que me ayuden a ayudar, sin que ello signifique que lo sepa todo o que no me equivoque.


Familia. Grupo social capaz de transformar lo posible en real, de ofrecer afecto, consuelo, seguridad, valores, y  dar sentido a nuestro proyecto de vida. Espacio de laboratorio social donde se germinan las relaciones futuras, se practica para hacer frente a las dificultades y se aprende a disfrutar de las cosas bonitas. Relaciones vinculares donde comienza a desarrollarse la resiliencia primaria.


Apego. Un tipo de vínculo afectivo que se diferencia de los otros en que mediante el mismo se busca la protección, el cuidado, la seguridad y bienestar en la relación. La sensibilidad, la disponibilidad, la aceptación y la valoración del niño o niña por parte del adulto promueven el apego seguro. La inconsistencia, la negligencia, el maltrato, la falta de disponibilidad tienen como consecuencia el desarrollo de apegos inseguros con graves consecuencias a lo largo de la vida. Sentirse apegado a alguien forma parte de los tesoros de la vida.


Narrativa. Historia que hacemos de nuestra historia. Explicación y representación de mi vida y mis circunstancias. Importante en muchas ocasiones reelaborar la historia, darle otro sentido, otra significación que permita integrar las experiencias vividas y sentidas de manera adaptativa, sin que el dolor impida o bloquee la expresión de los recursos personales de la persona. Un cuento de uno mismo. El final podemos construirlo, el principio no.



Tiempo. Bien escaso muy necesario. Las relaciones necesitan tiempo. Los avances necesitan tiempo. La cicatrización de heridas necesitan tiempo. “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que le hizo tan importante”, leíamos en  El Principito. Mientras esperamos el paso del tiempo transformamos nuestras circunstancias.


Introspección. Mirarnos para adentro, pensar y sentir de manera autocentrada. Aprender a conectar con nuestro mundo interior para poder comprender y entender al prójimo. Paso previo a la mentalización, solo puedo sintonizar contigo si manejo y se modular mi frecuencia.

  
Luciérnagas. Otra metáfora de la resiliencia. Todos sabemos de estos fascinantes gusanos de luz, capaces de brillar en la oscuridad con luz propia. Emitir rayos de fortaleza aun cuando desconocemos el futuro inmediato. Iluminar nuestros entorno para hacernos ver y para ver a los otros. 


Os deseo un Feliz Fin de Año y que el 2019 os traiga buenos momentos de Felicidad, Paz y Amor.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Encuentros con chispa: tutores de resiliencia

Era una noche estrellada y ahí, desde lo alto de un cometa, el Principito susurraba como en otras ocasiones: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”. Erguido como sólo él sabía hacerlo, miraba hacia abajo intentando vislumbrar el mayor número posible de niños y niñas que necesitaran consuelo, afecto y comprensión. Tenía un firme propósito para este Nuevo Año: un niño, un tutor de resiliencia. Se resistía a creer la idea tan frecuentemente escuchada de que aquel que nace en un entorno hostil o que ha pasado muchas penurias no podrá nunca ser feliz ni llevar una vida organizada. Por eso, desde lo más alto, dirigió el cometa en el que se desplazaba hasta la estrella Resilio haciéndolo chocar contra ella, lanzando así millones de chispas mágicas capaces de unir personas....(posible continuación de El Principito, espero me disculpe el autor, esté donde esté, por la osadía)

No hace falta tener unos enormes ojos para ver ni una gran boca con que hablar para crear relación, tan sólo la mera existencia de dos personas que se encuentran, se perciben y reconocen como tal, se "sienten" e inician un acto de comunicación que hace que mirada y voz se conviertan en mágicas llaves de esperanza

He podido sentir de niña – y a veces de más mayor- la conexión inexplicable con alguna persona con la que, de forma casi imperceptible, comencé a sentirme comprendida, aceptada, valorada. Basta una mirada, o unas pocas palabras que cubran la angustia o preocupación para comenzar la transformación.

En otras ocasiones, no pocas, me he encontrado al otro lado de la orilla. Entre sorprendida y asustada he escuchado muchas veces frases del tipo “aquello que me dijiste me hizo cambiar …”, “un día tú me aconsejaste…”, y quizás yo ni recuerde el día ni las palabras regaladas que tanto bien hicieron.


El poder de los encuentros es inconmensurable. Cuando tenemos como objeto de trabajo la relación de ayuda, no somos realmente conscientes de cuan importantes podemos ser para los otros. Y sin embargo, no es algo que elijamos, que podamos escoger a la carta para quienes vamos a ser referentes. Ha de mediar esa “chispa” capaz de hacer renacer la confianza en quienes la creían perdida, el afecto en quienes pensaban no sentirse dignos de amor, la belleza en terrenos áridos que tan solo estaban en barbecho esperando ser sembrados. Es posible sembrar esperanza, semilla de resiliencia.

No debemos olvidar que un buen campesino no lo es tanto si no dispone de herramientas apropiadas para labrar allí donde el desierto afectivo congeló la emoción, las inclemencias del tiempo dañaron la autoestima y los roedores dañinos rompieron raíces. Hace falta una mirada de aprecio para poder ver más allá del campo árido y visualizar un futuro esperanzador.

Una chispa es suficiente para encender el inicio de una relación que no necesariamente ha de ser terapéutica, tal vez incluso sea una relación puntual, un encuentro único que despierta en el otro una ilusión, un cambio, una meta. O puede ser un acompañamiento incondicional donde la aceptación y el respeto mutuo definen las reglas. Tal vez el verbo To be con su variabilidad de acepciones describa de la mejor forma lo que supone ser tutor de resiliencia: ser y estar al mismo tiempo. Ser auténtico estando disponible, permaneciendo. Valemos más por cómo somos que por lo que sabemos, pero sobre todo por lo que sentimos y hacemos sentir al otro. Las 3 "S": ser, saber, sentir. Todas ellas necesarias y presentes en los encuentros significativos.

Para aquel que dude del valor de estos encuentros según las investigaciones se sabe que las experiencias relacionales, las relaciones interpersonales, modelan la organización de las neuronas y por tanto la arquitectura cerebral. Dice Jorge Barudy (2010) que la mente infantil y luego la adulta emergen de la actividad cerebral, cuya estructura y función se encuentran modeladas por las relaciones interpersonales. La vida de las personas, incluso los patrones de apego, se van modificando en función de los encuentros interpersonales que se van teniendo.

De ahí la importancia que cobran las relaciones que se establecen con tutores de resiliencia. La revinculación afectiva con adultos que se convierten en importantes y confiables pueden suponer el inicio de un proceso de resiliencia. Un acompañamiento singular.

Acompañar es una preciosa palabra unida a la de tutor de resiliencia. En ese acompañamiento, si se establece un vínculo capaz de ofrecer seguridad y confianza, la relación puede tener un triple componente:
a) minimizador de riesgos
b) generador de aprendizajes para la vida 
c) transformador de patrones relacionales y conductuales

Y seguimos encontrando en nuestras vidas a lo largo del tiempo personas que se convierten en parte de nuestros gustos, aficiones, intereses y afectos. La vida ha puesto en mi camino muchas personas con las que me siento bien y me hacen sentir bien. Algunos forman parte de esos encuentros fabulosos que hacen posible reinventar una y otra vez la ilusión cuando las fuerzas flaquean, o consiguen despertar sonrisas que calman penas. Otras veces soy yo quien forma parte de la vida de las personas siendo una especie de faro en la tormenta, un atento silencio que escucha lamentos o simplemente alguien confiable. Muchas veces me asombra la rapidez con la que los niños y niñas comienzan a hablarme de sus preocupaciones como si nos conociéramos de siempre. Supongo que la chispa es más fácil encenderse en contextos seguros, con personas que transmiten seguridad. 

Si ayudamos, como decía nuestro particular Principito, a cada niño o niña a encontrar su estrella, a hacer brillar sus potencialidades, a creer en sí mismos mirando adelante por mucho que el pasado se empeñe en echarles la zancadilla, quizás, sólo quizás, podamos ser para ellos tutores de resiliencia. Y si no es así, al menos habrán merecido la pena nuestros esfuerzos.

Y hoy, en este día de Fin de Año, queremos celebrar conjuntamente que existen personas adultas capaces de brindar apoyo y afecto a niños y niñas con dificultad para vincularse. 

Quiero dar las gracias a José Luís Gonzalo Marrodán del blog Buenos tratos, a Sagrario Martín García e Iñigo Martínez de Mandojana Valle del blog Dando Vueltas y a Tatiana Cáseda Fernández e Iván Rodríguez Ibarra, compañeros y amigos todos ellos de esta “causa por los buenos tratos y las buenas prácticas” ya que me han brindado la oportunidad de participar en la elaboración de un documento muy valioso que surge tras la celebración de las II Conversaciones de apego y resiliencia infantil, celebradas el pasado mes de noviembre en Donosti bajo la dirección de José Luis y a las que no pude asistir (muy a mi pesar). 

Una muestra más de que para estar no es imprescindible la presencia física, de que la unión por algo que compartimos y en lo que creemos consigue sumar esfuerzos e intenciones como la publicación simultánea que en este día está teniendo lugar. Tres blogs hermanos que quieren lanzar un mensaje de esperanza al unísono recogido en un único documento que podéis encontrar en los blogs amigos de Buenos tratos y Dando Vueltas sobre vueltas o en el enlace https://goo.gl/ASjD5T (también pinchando en esta portada). Con ilusión, alegría y emoción queremos hacer llegar la voz de todos los que apostamos por los buenos tratos, de los niños, niñas y adolescentes que tienen brillantes sueños por cumplir pese a pasados oscuros, y de tantas y tantos tutores/as de resiliencia que con su labor van tejiendo afectos, recursos y metas. Todos iguales, todos diferentes, capaces de hacer surgir la magia al son de Bibidi Babidi Bu.


Para los que habéis llegado hasta el final, acabaremos el post de la misma forma que lo empezamos: 

Y allí, en la estrella fugaz desde donde viaja ahora el Principito, es posible divisar miles de chispas que en el Planeta Tierra unen personas de manera continuada. Nadie sabe de donde surgieron. Algunos miran para arriba pensando que algún meteorito hizo de las suyas encendiendo este fuego inocuo que cae en forma de lluvia. Otros piensan que un volcán dormido despertó lanzando lava y que los vientos del norte transportan a diferentes partes del mundo. Lo que sólo el Principito sabe es que esa chispa entre dos estuvo siempre en el interior de las personas y sólo el encuentro cara a cara posibilitó que salieran hacia afuera. Bastó una mirada, un gesto, una palabra, para que surgiera. Un encuentro con chispa que despertó las brasas de nuestra condición humana, nacidos para dar y recibir afecto, para ser seres sociales, para vincularse una y otra vez. En algún lugar del Planeta existe un tutor de resiliencia (o más de uno) para cada niño o niña, referentes de vida, y allí, desde lo alto, el Principito esboza una feliz sonrisa cuando al mirar hacia abajo descubre millones de chispas luminosas formando un bonito circuito de esperanza y oportunidades.

¡FELIZ 2016!


martes, 21 de abril de 2015

Relación (de) con-fianza

Hoy he recibido una visita muy agradable en el trabajo. Un adolescente y su madre, después de mucho tiempo sin saber de ellos -más allá de tener conocimiento por parte de un conocido común de que habían vuelto a venir a vivir al municipio del que se marcharon-han venido a verme. 

Pudiera parecer que las relaciones profesionales han de ser asépticas por definición, distantes o al menos, poco afectivas. ¡Cuanto me hubiera gustado que vierais los abrazos intercambiados y las miradas sonrientes por ambas partes que nos hemos regalado!

Trabajar en un servicio que actúa dentro del sistema de protección de menores te da por definición una etiqueta de servicio de riesgo, es decir, trabajamos sobre el riesgo de los menores pero somos a su vez un riesgo, una amenaza para ellos. Nos convertimos en profesionales a los que es fácil temer y en los que es difícil confiar a veces.

Esta familia que me ha visitado ha tenido una vida muy dura, de las duras de verdad, esas que decimos que la realidad supera la ficción. En su momento se propuso una medida de protección para este adolescente porque se valoró como lo más adecuado..eso pensábamos todos, menos él. La relación entre este hijo y su madre desprende un enorme rastro de afecto, comprensión y buen trato mutuo. Las circunstancias les unieron más allá del cordón umbilical, en la infancia, en la adolescencia temprana, y por supuesto ahora que él está a punto de cumplir la mayoría de edad. Simplemente "se tienen" el uno al otro

Cuando se propuso que este joven saliera de su núcleo familiar y fuera a un centro la familia optó por una dura decisión que el tiempo parece haber demostrado que quizás fuera necesaria, para poner a prueba ese "tenerse" mutuo. Se marcharon a su país de origen pensando que el apoyo de la familia de la que aquí carecían podría ser un refugio afectivo y económico. Pero no fue así y volvieron hace ya algunos meses. Me decían un poco avergonzados que querían haber venido antes, que se sentían ingratos hacia el trato recibido por mi parte y en general por el servicio. Y ahora se sentían mejor porque ya estaban ante mí. Precioso ¿verdad?

Su objetivo solo era verme. Así, sin más. Y nada menos, eso, verme para contarme que estaban bien. La madre me preguntó varias veces si me daba cuenta lo que su hijo había cambiado ¿Cómo hacerlo si solo sabía de ellos lo que me estaban contando? ¡Si además aún necesitan de un gran soplo de suerte y un montón de esfuerzo para conseguir una mínima estabilidad económica y laboral! Ciertamente estaba cambiado pero seguía siendo el mismo. La misma actitud de alegría, el sentimiento de cohesión familiar (varios gestos de afecto y palabras bonitas cruzó con su madre), metas como querer conseguir el Graduado en Secundaria en la Escuela de Adultos, la aceptación incondicional de su amigo de siempre, la confianza que desprendían sus palabras y miradas. 

Con-fianza, es decir, con aval, con garantía, es la relación que pudimos generar mientras trabajamos juntos. Decían esta mañana que yo siempre les había mirado bien, que encontraban en mí ayuda. El aval, la fianza que se paga en una relación profesional es como en otros contextos, un anticipo en este caso de estima, de creer en el otro. No paro de decir allá donde voy que no existen los niños malos, que todos son buenas personas aunque su conducta sea inadecuada. Y no es que yo me considere Teresa de Calcuta e intente moralizar o ponerme medallitas.

Este joven apreció que en nuestra relación, con-fianza desde el primer momento. Podrían darse todo tipo de circunstancias, incluido cuando yo misma le explicaba hace tiempo que lo mejor era que se fuera a un centro de menores, sin que con ello mermara su confianza en mí. Fue un bonito trabajo, respetuoso desde ambas partes, difícil en ocasiones, con emociones y emocionante.

Si dijeran de los casos que he trabajado que nombrara alguno en el que yo pienso que he podido ser tutora de resiliencia, sin duda -y a pesar de que los tutores no se autodesignan, sino que son elegidos por el otro-,  diría que en este es uno de ellos.

Los prejuicios nos nublan, las fianzas de estima previa son un riesgo necesario. La confianza no surge de la nada, se va gestando con puntadas de afecto, límites, sinceridad y esperanza. Merece la pena (aunque no siempre pueda darse).

miércoles, 18 de marzo de 2015

Yo no tengo, yo no puedo, yo no soy: el modelo Antigrotberg (la relación de ayuda en contextos de riesgo)

Imagina. Una mesa, unos cafés, unos amigos sentados alrededor conversando plácidamente sobre un tema que les gusta. Podría ser el último best seller, el estreno de una reciente película, el partido de fútbol del sábado…¿fácil imaginar, no?. Pero no, te pediré que imagines más allá: unas mesas, unos portátiles (o tablets), unos amigos sentados frente a los mismos conversando en la distancia plácidamente sobre un tema que les gusta. Eso es lo que tuvimos la ocasión de experimentar mis amigos de los blogs Dando Vueltas y Diseñando Pasados Recordando Futuros, junto con otros amigos más, hace algunas semanas en lo que se llamó “Looking for…la relación de ayuda en contextos de riesgo:¿puede el afecto potenciar el efecto?”, algo así como un Café Gijón virtual para debatir, compartir, aprender y sobre todo disfrutar haciendo lo que nos gusta. No pudo emitirse en directo tal como estaba previsto, pero la tecnología y sus fallos no nos impidieron pasar un buen trato y guardarnos un bonito recuerdo y algunas palabras que intentaré hoy compartir aquí.

Para el que quiera contextualizar un poco más el contenido dejo aquí el enlace del documento preparado expresamente para este encuentro en el que yo fuí quien propuso el tema a mis compañeros, del cual todos participaron pero yo tenía encargada la tarea de abrir y cerrar el debate ese día.


Como mi intención no es transcribir literalmente lo que allí pasó, lo que a continuación viene son ideas, reflexiones y alguna que otra pregunta que lancé entonces y aprovecho para volver a haceros, esta vez a gran escala (espero, ¡si es que los lectores de este post son muchas más de lo que fuimos allí!).

Algunas premisas:

-En contextos de riesgo se da la paradoja de que existen menores "en situación de riesgo" bajo el cuidado de adultos responsables de los mismos que no satisfacen sus necesidades bien por incompetencia parental o bien por incapacidad….y en ambos casos se dan con mucha frecuencia una falta de afecto en la infancia de estos adultos. El cuidador no cuidado.

-A mi modo de ver, aun dándose esto, tenemos una noticia positiva: EL AFECTO SE PUEDE INOCULAR A CUALQUIER EDAD. ES POSIBLE LA REVINCULACIÓN AFECTIVA, a través de relaciones con referentes (profesionales o no) empáticos, respetuosos y afectivos.

-¿Puede el afecto formar parte de la relación de ayuda? Yo creo que sí, pero un sí condicionado. Es decir, no cualquier tipo de afecto. Yo puedo estimar al niño o la niña con los que trabajo, al igual que a sus padres, pero no del mismo modo en como lo hago con mis propias hijas. Quizás sea necesario concretar más..¿Qué entendemos por afecto?

-El afecto no son solo besos y abrazos, se acaricia con la palabra, con gestos, con la actitud. Es más,  afecto es igual a ACTITUD.

-Carls Rogers habla de tres actitudes relacionales que se convierten en el fundamento de la intervención desde el enfoque que él defiende centrado en la persona: la escucha activa y la empatía; la aceptación positiva incondicional y la autenticidad o congruencia del facilitador. O lo que es lo mismo, percibir el mundo interior del otro, aceptarle como es creyendo en sus recursos y respetando sus decisiones (aunque no se esté de acuerdo en todo), y ser uno mismo con nuestras propias emociones y sentimientos.


Algunas cuestiones:

-¿Es posible y necesario que las personas con las que trabajamos nos acepten e incluso nos tengan estima?
-¿Si hay mucha confianza con el/la profesional se difuminan los límites y los roles?
-¿El afecto impide la relación de ayuda?
-¿Se puede establecer una relación afectiva en todos los casos? ¿y si no es así entonces no hay ayuda?
-¿Cómo hacer compatibles los planes de intervención establecidos por los propios contextos de trabajo-con sus exigencias y limitaciones-con una forma de trabajar desde una relación de ayuda y compromiso con la familia?¿Dónde están los límites de la aceptación de sus actos si, por ejemplo, sabemos que su negligencia está afectando al menor?
-¿Qué hace que las personas/familias se sientan comprendidas en un recurso que puede suponer una amenaza para la pérdida de la custodia de sus hijos?


Algunas respuestas:

   -Desde mi punto de vista no siempre es posible expresar afecto explícito con todas las personas ni en todas las situaciones, pero SI es posible siempre mostrar un afecto en forma de reconocimiento, de escucha, de sonrisa, de asentir con la cabeza cuando se destapan ante nosotros con sus mejores y peores experiencias y sentimientos.

   -Yo me siento mejor en aquellas sesiones en las que disfruto y me río con (no de) las personas, ya sean adultos o niños, algo que practico siempre que es posible. Y sobre todo con las que siento más afecto. El poder liberador del afecto dirigido hacia quien tengo frente a mí genera una atmósfera de confianza y de tranquilidad que es más eficaz para la intervención que mil protocolos guiados de forma aséptica en plan pregunta-respuesta. Y luego está mi propio ego, por qué no reconocerlo: si me estiman y elogian retroalimentan mi necesidad de agradar y de hacer bien mi trabajo.

   -Aun cuando la persona con la que trabajo no despierta en mí ese afecto tan deseado (por ejemplo un padre o madre que maltrata de manera brutal a su hijo y no lo reconoce), debo respetar su condición de persona que necesita ayuda dejando, en la medida de lo posible, valoraciones y juicios personales (esto no siempre es fácil, al menos para mí).

Una propuesta de modelo:
(Lo que viene a continuación puede sonar a sarcasmo de un modelo conocido por todos, pero nada más lejos de mi intención, es simplemente un sucedáneo del mismo)

Edith Grotberg es conocida por el modelo de autoverbalizaciones que propone “Yo tengo, yo puedo, yo soy”, basado precisamente en aquellos factores que aparecen en las narrativas de niños y niñas resilientes (pincha en este enlace si no conoces el modelo).

En mis inicios como psicóloga en un servicio de atención a familia e infancia en riesgo hace ya muchos años la inexperiencia y los propios prejuicios me llevaban, supongo que como a otros muchos, a estar más pendiente de las técnicas que tenía que emplear, el cómo, cuándo, para qué hacía o decía tal o cual cosa. Cuando me presentaban una familia para trabajar se ponía ante mí un reto centrado en lo profesional, en lo técnico.

Con el tiempo, además de más arrugas he de reconocer que me he convertido en más “sin-vergüenza”, cada vez con menos máscara profesional, y dejo entrever en mis intervenciones a quien tengo delante una gran parte de cómo soy, sin más. Ahora después de varios años me permito “pensar en voz alta”, como les digo a la familia o al niño o niña para compartir con ellos lo que pienso sin jugar a ser adivina. También suelo ser clara utilizando la asertividad  aunque eso suponga parar la sesión en un momento dado diciéndole al otro que me gustaría que explicara ese gesto suyo que me ha descolocado o que me parece que su actitud hacia mí o hacia el servicio no es positiva. 

Pero una de las cosas que más me agradan de mi evolución profesional (reconozco que porque las características de mi puesto de trabajo me lo permiten) es explicarles en la primera sesión (y siempre que haga falta) a las familias, principalmente a las que llegan con resistencias, algo particularmente frecuente con adolescentes, lo que yo no soy, o el MODELO ANTIGROTBERG:

-          YO NO TENGO…ayudas económicas para paliar sus carencias de este tipo, ni tramito becas, subvenciono gafas ni nada por el estilo

-          YO NO PUEDO… sustituirles a ellos haciendo lo que les corresponde, no es mi tarea suplir a nadie en sus funciones

-          YO NO SOY… ni juez para juzgarles, ni policía para detenerles ni detective para controlarles…solo ayudo a que ellos consigan todo lo anterior.

    Ello me da la posibilidad de poder ser más auténtica, menos impostada, simplemente una profesional de ayuda resiliente y a la vez afectiva.



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