"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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jueves, 8 de abril de 2021

Janire, la historia de una adopción , historia de resiliencia

 

Este olvidado blog renace en primavera, después de mucho tiempo empolvado, para honrar y encomiar la valentía de una joven, Janire Goizalde, por contar al mundo entero su esperanzadora historia personal.

Janire, en su libro “Una nueva vida florece. La historia resiliente de mi adopción” (Editorial Sentir) y de la mano del excelente psicólogo y traumaterapeuta José Luis Gonzalo Marrodán, así como de Cristina Herce, también traumaterapeuta como José Luis de la Red Apega y psicóloga que dirige el grupo de familias adoptivas de Gipuzkoa-Ume Laia, y la psiquiatra Carmen Ortíz de Zárate, ha querido regalarnos un testimonio que va mucho más allá de la descripción de hechos vitales. Su relato es un canto a la esperanza, a la confianza en uno mismo y en los otros, pero al mismo tiempo es también un espejo que deja al descubierto la dura y triste realidad de muchos niños y niñas, hijos e e hijas de la adversidad temprana.

                                         


Janire nos muestra, con su relato sincero, claro y directo, cómo las garras de la negligencia y de las incompetencias parentales pueden robar el curso de un desarrollo cerebral sano que se trunca por la vulnerabilidad con que nacemos, que nos hace ser extremadamente frágiles sobre todo los primeros años (justo los que Janire pasó con su familia de origen), pero en ese mismo relato podemos apreciar, sin duda, otro maravilloso fenómeno, el de la resiliencia secundaria, que posibilita ese renacer del que nos habla ya el título de este precioso libro. Renacer significa volver a nacer, devolver a la vida. Una vida repleta de experiencias que suman y restan nuestra balanza de felicidad. Yo espero que la de Janire esté cada vez más orientada hacia la paz, la armonía y la confianza.

Sería injusto hablar de Janire sin honrar a quienes fueron, estoy segura que sin quererlo, los responsables de sus dificultades actuales y pasadas. Sus padres biológicos no supieron hacer la bonita y difícil tarea de cuidar y proteger, pero sin ellos hoy no estaríamos escribiendo estas líneas, ni los amigos y el entorno cercano de Janire podría disfrutar de sus risas y abrazos. Gracias a ellos la vida de Janire, la que ahora florece nuevamente, se escribe en un calendario que le recuerda a ella y al resto, que honramos también su nacimiento.

El relato de Janire nos habla -desde la distancia emocional que surge cuando lo vivido ha superado nuestra capacidad para integrarlo dentro de la experiencia-, de recuerdos, algunos muy duros, tanto que como ella misma refiere “bueno, en algunas cosas sí que me afecta, aunque no lo quiera admitir delante de la gente y más de mi familia y mi psicólogo”. Las defensas de evitación y de idealización juegan su papel para alejarse del sufrimiento, pero esto es, también, una prueba más de que el cerebro de Janire busca la que cree la mejor estrategia para evitar el dolor emocional. Una joven valiente como ella también tiene miedo, a veces a sus propias emociones.

La naturaleza humana nos sorprende con tantas y tantas paradojas… pero una de las más sorprendentes es el emerger de la resiliencia. Janire, no pierdas nunca la capacidad de reconocer, valorar y buscar el apoyo que las personas de tu red sociofamiliar te ofrecen, sé detective de tus emociones y de los mensajes que los demás te mandan. Descifrarlos es, y seguirá siendo mucho tiempo, como un jeroglífico, como un lenguaje que has de descifrar en este repertorio tuyo de habilidades de supervivencia. 

Para entender estas habilidades de supervivencia tan necesarias, Ana M. Gómez (2016) nos habla de una metáfora que tiene que ver con aquello que algunos niños y niñas tuvieron que aprender. Nos cuenta que, si en el pasado tuvieron que ir a vivir al Polo Norte, tendrían que llevar una vestimenta acorde con ese clima, con mucho abrigo para no congelarse (la familia biológica añado yo). Luego, si vamos a vivir a otro lugar donde hay otro clima más caluroso como Arizona en verano (aquí yo diría la familia adoptiva), la ropa que te acompañaba antes y que te venía super bien, ahora ya no te sirve, pero no solo eso, ahora un abrigo pesado o unas botas calentitas te complican la vida.  Eso es lo que ocurre a muchos niños, niñas y jóvenes como Janire, que continúan muchas veces llevando el peso de un “traje” que no tiene sentido usar en la actualidad, que pesa, pero del que no se pueden despojar fácilmente porque en ocasiones se convirtieron en la segunda piel, la que sirvió para protegerse. Yo diría, usando una expresión graciosa y coloquial, que hay un fallo en el “mapa del tiempo emocional”, como el de la televisión cuando anuncian el tiempo que se espera, pero en este caso referido a como están y cómo se sienten los otros y nosotros mismos. Los niños y niñas que tuvieron adversidad temprana y de forma crónica durante mucho tiempo no aprendieron a interpretar los estados emocionales propios y de los demás y por eso tienen dificultades para interpretar bien las leyendas que recoge el tiempo que se espera "soleado, nublado, con lluvia o con tormenta". Y luego pasa lo que pasa, que si llueve y no cojo paraguas me mojo, pero si hace un sol esplendoroso y no he sabido entender el símbolo que me avisaba, me ahogaré de sudor y no disfrutaré de ese clima tan estupendo. Esa desregulación en la atención, la anticipación y la respuesta es lo que hace que cuesten tanto las relaciones interpersonales y acaben siendo borrascosas la mayor parte del tiempo!!

                                                       Foto fuente: Aristasur

El trabajo terapéutico y el acompañamiento de lo que desde la Red Apega llamamos la BASE (la madre adoptiva a quien desde aquí envío todo mi reconocimiento y admiración, y los profesionales que la han acompañado todo este tiempo) seguro que conseguirán que Janire pueda aprender más la climatología emocional para relacionarse mejor con los otros. 

El libro de Janire nos regala vivencias subjetivas, una historia narrada en primera persona con terceros protagonistas. Tras el relato narrado de Janire hay todo un tratado profesional que recoge la intervención que durante 8 años ha venido realizándose. De una manera detallada, sistematizada y descrita de forma magistral se recoge, desde el modelo de Traumaterapia Sistémica Infanto Juvenil de Barudy y Dantagnan (desde el que me siento gratamente identificada al ser el modelo que me permitió tener otra mirada más humana y comprensiva ante el dolor de la infancia y la adolescencia), todo un lujo de objetivos, procedimientos e incluso algunas técnicas de lo que ha venido siendo el trabajo con Janire. José Luis plasma, desde la humildad y honestidad que le caracteriza, toda una gama de contenidos teóricos y conceptos técnicos, al tiempo que un elenco de emociones, sensaciones que se dejan entrever, me atrevería de decir de desnudez profesional, para llegar a transmitir al lector la complejidad del trabajo realizado.

Se destaca, como no podía ser de otra manera, la necesaria coordinación con la psiquiatra de la joven, pero si hay algo que no puedo obviar nombrar es la generosa aportación de Cristina Herce, desde una profesionalidad exquisita, mezclando la historia de Janire y su madre adoptiva con ese acompañamiento en la crianza terapéutica a nivel grupal donde lo individual se diluye y se entremezcla el apoyo mutuo, la comprensión y la incondicionalidad. Subestimar este trabajo en la revisión histórica de este caso de estudio y análisis supone ofrecer una visión parcial y errónea del proceso. No hay individualidades sin más, todo niño, niña o joven pertenece a una familia y en ella (y con ella) se relaciona con otros contextos. Desde el Centro Lauka que Cristina dirige saben bien de ese buen trato dispensado a los que tienen que aprender a tratar bien pese a las circunstancias adversas por duras que sean, a las familias de acogida y adoptivas. Vaya aquí también mi reconocimiento y admiración a Cristina y las profesionales que con ella trabajan.

Quisiera terminar dirigiendo unas palabras a Janire en exclusiva.

Decirte, Janire, que quiero compartir contigo una frase que me gustaba mucho cuando era joven como tú: “Por muy larga que sea la tormenta el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”. Para mí, es una frase muy cierta, siempre hay ilusiones, pequeños proyectos, cosas por hacer, que no pueden empañarse por las dificultades que a veces nos hacen pensar en tirar la toalla. La vida es recorrido, podemos volver al pasado mirando para atrás pero no olvides que el presente te pertenece, no te pares, que tu mirada vaya en la dirección de ese sol que brilla.  Acabo con una frase de Pablo Arribas (2016), que dice: “Quizás no podamos alcanzar la luna por nuestros propios medios, pero si podemos rodearnos de tres tipos de personas: las que no nos digan que es imposible, las que quieran venirse con nosotros y las que, con sus conocimientos, nos ayuden a construir nuestro cohete” Como tú misma dices en el libro: Resiliencia, según la canción de Rafa Espino es preguntarnos “¿Quién soy?, ¿Adonde voy? y ¿Quién viene conmigo?. Ojalá en tu vida sigas acompañada por aquellos/as que te ayudan a seguir creciendo, mujer resiliente. 


Con afecto, Conchi.

 


Referencias

Arribas, P. (2016). El universo de lo sencillo. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona.

Goizalde,J..  Gonzalo, J.L., Herce, C. y Ortíz de Zárate, C. (2020). Un nueva vida florece. La historia resiliente de mi adopción. Marcombo. Madrid.

Gomez, A. (2016). Terapia EMDR y abordajes complementarios. EMDR Biblioteca. Sevilla.

 

 

 

martes, 11 de diciembre de 2018

Cuento de Navidad para esos niños y niñas que sueñan


Os invito a leer este cuento de Navidad que he escrito, distinto y a la vez tan mágico y entrañable como todas las historias que tienen lugar en estas fechas tan señaladas. Espero que os guste.

Dedicado, con cariño, a todos los niños y niñas adoptados:

Eran las 16.30 horas de un día cualquiera. Uno de esos días en los que la desgana se columpiaba dulcemente desde un extremo a otro de la clase, haciendo un guiño travieso que impedía prestar atención a la maestra. Sólo la alegría de saber que faltaban cinco días para las vacaciones de Navidad era lo único que despertaba una sonrisa a Martina. Solo cinco días y podría respirar, sin tener que hacer esos malditos deberes que no entendía, aunque lo intentaba hasta rabiar, por mucho que los profesores no se dieran cuenta de su esfuerzo. 

-“Hoy leeremos un cuento de Navidad, ¿quieres empezar tú, Lucia? “, dijo la profesora.

Los ojos de Martina cobraron luz de repente. Le gustaba mucho escuchar cuentos. Le recordaba a su madre cuando cada noche, desde su llegada a casa, al ir a dormir le leía una historia. Contar cuentos es mucho más que contar historias, es dejar fluir la imaginación desde lo real a lo imposible, de la certeza a la fantasía. Lucía, su compañera, empezó a leer en alto una bonita historia que hablaba de unos pastores que caminaban perdidos en una tarde de diciembre cuando se dirigían a una aldea en busca de una estrella. Martina escuchaba atenta el relato, entre entusiasmada y curiosa. Su capacidad de atención, seriamente defectuosa para las tareas escolares, se veía asombrosamente desarrollada cuando algo le atraía. 

Mientras escuchaba, un pequeño rayito de sol, que entraba desde la ventana que estaba a su derecha, se posó sobre su retina, deslumbrándola. Miles de luces doradas aparecieron en ese momento destelleando y atrapando a Martina en una especie de túnel monocromático en el que se vio transportada, como si de un largo tobogán dorado se tratase.

-“¿Dónde estoy? “, se preguntaba, mientras miraba de un lado para otro.

No había visto nunca ese lugar. Solo recordaba la intensa luz que entró en sus ojos y, de repente, ese extraño lugar. Se deslizaba sin hacer ningún esfuerzo hacia un remanso de luz que había a lo lejos. Cuando llegó por fin, se detuvo en una especie de haz de luz que parpadeaba tímidamente, y quedó allí sentada. Nunca había estado allí antes. A decir verdad, no era ni siquiera un lugar como los que ella conocía. Todo estaba a oscuras, salvo el haz de luz que hasta allí la trajo, y pensó ¿qué hacía ella allí?.

De repente, una especie de ventana con forma redonda se abrió, y poco a poco comenzó a deslumbrarse a lo lejos algo que semejaba ser una casa. Allí, en una de las estancias, había una cuna de madera, desgastada pero limpia. Una niña jugaba en su interior balbuceando cortos sonidos mientras sonreía ella sola al escucharse.  Su madre estaba en un rincón de la sala haciendo con barro una figura que parecía ser un jarrón. Sus ojos, tristes y apagados, apenas se abrían lo suficiente para mirar de reojo a la niña, mientras sus manos deambulaban por el barro sin llevar un certero ritmo. Sólo sujetaban levemente la figura que iba forjándose, pero que aún se encontraba por definir cómo sería su aspecto final. Su lánguida cara reflejaba pesar y tristeza.

-“¿Sabes quiénes son? “, le dijo a Martina una vocecita que escuchó por detrás de ella.

Se giró rápidamente y pudo ver una especie de pequeño duende con orejas de elfo, un gorro verde a rayas del que lateralmente caía un enorme pompón blanco, un pantalón rojo con cinturón y unas babuchas acabadas en punta.

-“¿Quién eres tú?”, gritó Martina sorprendida.

-“Soy Max, uno de los duendes de la Navidad. Siempre he vivido en tu mente desde aquella mañana en que tu mamá te trajo al mundo. Ella deseó cuando tú naciste que nunca te pasara nada malo y que la felicidad te acompañara. Y en ese momento surgí yo, para acompañarte en cada Navidad. No me has visto antes porque andas siempre un poco enfadada cuando se avecinan estas fechas. La rabia es mi enemiga y, aunque llevo nueve años intentando hablar contigo, no había sido posible hasta hoy. “ 

 - “¿Nueve años?, ¿llevas nueve años conmigo?, !Que cosas tan extrañas cuentas¡. ¿Seguro que no eres una pesadilla de esas que a veces me molesta por las noches? “.



-“Tranquila, estoy aquí para enseñarte algo. ¿Ves eso de ahí abajo? Dijo señalando a la casa. “¿Ves a esa mamá y a esa niña?. Eres tú. Esta es tu historia antes de que te adoptaran esos papás que te quieren tanto.” 

-“¿Soy yo?” Dijo poniendo los ojos como platos. “Si soy yo… ¿Porqué no pude seguir allí? ¿Qué pasó para que me abandonara? ¡Era muy pequeña!. ¿Qué hice mal para que mi madre no me tuviera con ella? “.

-“Entiendo tu pesar, debe ser muy difícil pensar en ello. Es normal que te pongas triste y hasta un poco enfadada. Pero mira, mira ahí abajo. ¿qué más ves? Esa mamá está muy triste porque ha tenido que tomar una decisión muy difícil. Mira sus ojos, están vidriosos de tanto llorar. No puede cuidar de su pequeña”.

-“¿Pero por qué?¿dónde está ella ahora?¿qué va a pasar con mi historia?¿porqué no pudo cuidarme? ¡Si me hubiese querido no me hubiera dejado!”.

Casi sin que pudiera terminar, empezaron a llover del cielo cientos de copos de nieve en forma de interrogante. Los había de muchos tamaños y formas. Unos más grandes y redondeados, otros más finos y con forma cursiva. Formaron de repente una tormenta de figuras que dejaron un enorme manto blanco en el suelo de ese misterioso lugar.

- El pequeño duende contestó: “No tengo respuesta para todas tus preguntas, pero tengo unas cuantas preguntas sin respuesta…¿Hasta cuando vas a sufrir por algo que quizás nunca sepas?¿Qué es peor, sufrir por lo que pudo haber sido y no fue, o disfrutar de lo que afortunadamente ha sido? No tenemos siempre un porqué a nuestro alcance para muchas de las cosas que ocurren. Un accidente que deja en silla de ruedas a alguien, un ser querido que se muere, un incendio que arrasa una casa, las guerras, el hambre, la soledad de muchas personas. En todas ellas, cuando sobreviene la desdicha, existen dos caminos: uno, el del lamento y la pasividad, el otro el de la aceptación y la lucha por seguir adelante. Tú no elegiste venir a este mundo, pero gracias a alguien que lo decidió por ti, hoy estás aquí. Y tienes la oportunidad de decidir cómo quieres que te acompañe tu historia.”

Mientras iba hablando la niña iba calmándose cada vez más y más. De repente, el elfo paró de hablar y señaló con el dedo hacia la ventana donde estaba la madre trabajando ese barro cada vez más endurecido. Martina y él pudieron observar como un rayito de sol, muy parecido al que entró por la ventana de la niña, hizo su aparición de forma repentina. La mujer, por primera vez sonrió mientras el rayito entraba en su retina y como si de un hechizo mágico de Navidad se tratara, comenzó a verse reflejado en el cielo un haz de luz que unía, de manera única, los ojos de Martina con los de aquella mujer. De su boca salió un pequeño susurro que decía “mi niña, se feliz allí donde estés”, mientras seguía con los ojos bien abiertos para no dejar escapar ni una pizca de esa luz que unía a las dos.



El timbre que anunciaba el final de la clase sonó. ¡Ya eran las cinco!.

-“Martina, despierta, que estás embelesada y ya es hora de marcharnos a casa”, le dijo Pedro, su compañero.

 La niña hizo un ademán como de despertar de un sueño ¿o quizás no lo soñó y fue cierto?. No lo sabremos, no tenemos respuestas para todas las preguntas. Pero siempre tendremos historias para contar en Navidad.


Por Conchi Martínez Vázquez


domingo, 14 de enero de 2018

Re-bajas educativas para padres y madres

Hola a todos y todas. En primer lugar desearos un Feliz Año Nuevo y que los 365 días del mismo podáis disfrutar, reír, soñar y sobre todo amar. 

Retomo el blog a propósito de las dichosas rebajas tan típicas de estas fechas. Dichosas porque son causa y efecto de dicha, entendida como ese estado de ánimo y satisfacción próximo a la felicidad. A todos nos gusta conseguir alguna ganga a buen precio, disfrutar levantando prendas de un montón hasta encontrar esa que de repente se convierte en "lo que necesitabas". Solo que las rebajas que propongo hoy tienen que ver con pautas educativas de padres y madres y no de ropa o de artículos del hogar!!!


                                                                             


Todo esto viene de hace tiempo. Por mi trabajo en ocasiones tengo entrevistas con papás y mamás desbordados, cansados, agobiados por la conductas de sus hijos y/o hijas. En ocasiones son adoptados, otras de acogida, a menudo biológicos...pero todos ellos y ellas niños y niñas, solamente eso ( y nada más y menos que eso!!).

Me entristece escuchar a los adultos cuando dicen que no pueden más, que sus hijos les provocan, les hacen daño con su conducta o simplemente que son desagradecidos y maleducados. Un hijo o hija no debe nunca agradecer (en el sentido de deuda) los afectos de sus cuidadores, no es un favor, ni una transacción ni por supuesto un acto de compasión. Con pasión sin embargo deberían ser los gestos de amor e incondicionalidad de los adultos hacia los niños y niñas, cuando son obedientes pero sobre todo cuando no lo son. Los afectos no son moneda de intercambio, emanan del interior cuando se siente amor hacia el otro, con independencia de la conducta. Os recuerdo la frase tan bonita de Amanda Céspedes que decía "Los niños merecen más nuestra atención y afecto cuando menos los merecen sus actos"  a la que dediqué una entrada en el blog. 


Escuchar esta semana a un niño decirme delante de sus padres que tenía miedo que le volviera a pegar su progenitor, que temía que le diera un correazo, me llegó al alma. Casi tanto como cuando otro niño esta misma semana me decía "¿verdad que me he portado peor que nunca?" buscando mi enfado y rechazo inmediato a su persona llamando la atención durante toda la sesión. ¿Cómo atribuir maldad a la conducta de los niños y niñas? No hay niño ni niña malos, sólo tienen una mala conducta, que en la mayoría de ocasiones ni ellos mismos entienden, ni saben gestionar, ni desean. ¿Por qué los adultos juzgamos a los niños y niñas con el mismo rasero que a los de nuestra edad? Y si un niño o niña tiene algo de malicia o picardía parémonos a pensar porqué es así, qué experiencia de vida ha tenido para aprender esa estrategia. No son más que trajes, caretas en forma de defensa que hacen que mientan, rompan cosas, contesten mal o molesten. La conducta inadecuada de un niño o niña es SIEMPRE responsabilidad de uno a más adultos que no han sabido educar, le han dañado o no han sabido entender sus emociones y leer entre líneas lo que les pasa en su mundo interior. Cuando eso se cronifica aparecen los niños y niñas "maleducados", "imposibles", "insoportables". Incluso aquellos/as que presentan algún tipo de patología o trastorno es responsabilidad de los adultos de su entorno la atención de sus necesidades en cuando a límites, normas, tratamientos médicos o farmacológicos (en caso de ser necesarios). 

Por todo esto y porque estamos en épocas de rebajas, quisiera que si lees esto y está bajo tu cuidado un niño o niña, que re-bajaras de tu repertorio de conductas las cosas que a continuación recojo. Seguro que te llenará de dicha, además de satisfacción personal, comprobar que seguir estos consejos puede tener resultados espectaculares. Re-bajar o lo que es lo mismo, disminuir e incluso eliminar determinado tipo de reacciones adultas que no solo no educan sino que dañan es lo que te pido. Aquí van las "ofertas":

- 1. NO UTILIZAR NUNCA EL CASTIGO FÍSICO. Emplear la fuerza en forma de bofetada, palmada en el culo, manotazo o cualquier otra expresión de agresividad hace un daño irreparable en tu hijo/a. Duele más a nivel de corazón que a nivel físico. Quizás yo no te convenza lo suficiente por lo que párate un momento a ver esta publicación de Save the Children, "Educa, no pegues", una guía que seguro que será una gran adquisición para ayudarte a ser padre o madre. En cualquier caso, y por supuesto entendiendo que tienes derecho a enfadarte y poner límites y aplicar consecuencias, pegar a un niño o niña no es más que un acto de cobardía, de impotencia y de mala gestión de la rabia.


- 2. CAMBIA TU LENGUAJE PARA ENSEÑAR A REFLEXIONAR. Te invito a que cambies la frase "estoy enfadado/a" por "estoy triste" para ayudar al niño a niña a entender que su conducta tiene repercusiones en los demás. El enfado es asociado en muchas ocasiones con dejar de querer. Piensan que si los adultos se enfadan pueden llegar a rechazarles y eso no puede ser ( y si es así, si odias a tu hijo o le rechazas cuando se porta mal háztelo mirar, el amor debería ser incondicional aunque sus actos sean inadecuados).

-3.NO MEZCLES TEMAS. ¿Sabes lo que hacen las vacas cuando comen? Se llama regurgitación y es lo que hacen muchos padres y madres que no resuelven los conflictos con sus hijos/as y vuelven a traer al presente cosas que  los pequeños/as hicieron antes (generalmente inadecuadas) para echar en cara y sumar enfados. Esto vuelve a ser un acto de cobardía adulta, buscar argumentos "regurgitantes" que lo más que hacen es dañar la estima de los hijos/as. Una cosa es recordar que no es la primera vez que pasa, que se espera que haya un cambio, etc.,... y otra que se convierta en crítica recurrente.

-4. NO UTILICES EL CHANTAJE EMOCIONAL. La conducta de un niño o niña no puede "matar a disgustos" a un padre o madre, ni consigue que enferme ni que se vuelva loco/a. Y si algo de esto pasa, es seguro, pero de verdad, seguro, seguro, que no es SOLO por la mala conducta del niño o niña, sino que habrá otros factores estresores o patológicos o una mala gestión de las emociones que hace que los adultos se encuentren tan mal

-5. APRENDE A ENFADARTE. No es fácil, lo sé. Pero si tú aprendes a enfadarte bien, tu hijo aprenderá a hacerlo también. No podemos pedir a los pequeños que estén calmados si no somos capaces de hacerlo nosotros!!. Relajación, respiración, relativización de importancia de las situaciones, comunicación adecuada. No dejes de ver este video que, además de ayudarte a tí seguro que le viene bien a tu hijo o hija: 





Bueno, espero que las  re-bajas vayan bien. Un abrazo!!

     

miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿Más grande que el amor? El amor a un hermano de acogida

No hay amor más grande y sincero que el que nace del corazón. Esta podría ser una bonita frase de esas que cuelgan en los escaparates de las tiendas de regalitos, o en la portada de una agenda, o quizás en una de esas camisetas que la gente se pone para salir a pasear. Hay muchas formas de amar, pero quizás una de las más difíciles es aquella que surge de la relación entre los niños y niñas en acogimiento o adopción  y sus nuevas familias cuando las condiciones físicas, psicológicas o ambas están tan afectadas que existen retrasos madurativos e incluso lesiones neuronales irreversibles tan importantes que se ven comprometidas todas las áreas de su desarrollo. Solo del corazón de quienes le aceptan, le acogen y le dan un lugar donde estar y llegar a ser el mejor proyecto de sí mismo puede salir tanto amor.


Hace un tiempo compartí en el blog una entrada dedicada a un niño especial que me robó el corazón (si quieres leerla pincha aquí: http://resilienciainfantil.blogspot.com.es/2014/08/carta-para-un-nino-herido.html) . Conocerle fue una de esas experiencias que te dejan huella porque es un ejemplo de vida, de fortaleza, de ganas de hacerse su lugar en el mundo, en ese que al principio le negó la posibilidad de estar con quien le dio la vida pero que por el contrario le brindó una familia que cambió su destino desde el minuto cero. Ninguno de nosotros sabemos qué nos va a deparar el destino, pero el suyo, echando la vista atrás, le ha facilitado algo así como un billete de ida a la felicidad. 

Hubo otra entrada también en el blog en la que su hermana de acogida le dedicaba una carta (http://resilienciainfantil.blogspot.com.es/2016/10/la-magia-existe-carta-mi-hermana-de.html). En ella la hermana intentaba ponerse en la piel del pequeño, sentir por él, llorar por él, creer como él en la magia que nace de los buenos tratos y del vínculo afectivo, y nos hacía emocionarnos haciéndonos partícipes de su amor hacia su hermano.

El tiempo pasa y este pequeño se está convirtiendo en un hombrecito precioso capaz de tambalear las predicciones que hace años diferentes profesionales hacían sobre su futuro poco prometedor. Vaticinaban sobre estadísticas -supongo- los escasos avances y múltiples dificultades que iba a tener a lo largo de su crecimiento, seguramente sin tener en cuenta las variables más importantes de cualquier estudio o investigación, dificilmente medibles pero fácilmente demostrables: esfuerzo, confianza, aceptación incondicional, respeto, admiración, valentía, superación, pero sobre todo...amor de su familia de acogida.


Hace un par de días recibí un email con noticias de mi pequeño amigo, en esta ocasión porque su hermana, una vez más, quería demostrarle con palabras lo mucho que le quiere y compartirlo conmigo y con todos/as vosotros/as. La humildad de estas palabras y el respeto que desprenden hacia la persona que les ha traído un nuevo mapa de ruta de sus vidas directo al tesoro del amor (en un camino no exento de tormentas, maremotos y vientos huracanados), hace que yo me quite el sombrero y lance un enorme aplauso de admiración por todos ellos.

Os dejo con la carta de Bea:


Hoy no solo cumple 11 añitos mi peque, hoy cumplimos todos. Hoy cumplimos los 3 hermanos un año más de experiencias, batallas (ganadas), muchos nuevos conocimientos adquiridos, pero sobre todo, un año más de mucho, mucho amor. 

Estoy tan orgullosa de él como de nosotros, y no quepo de gozo de la felicidad que siento desde que nuestra familia decidió añadir un miembro más. 

Él es tan especial...como nosotros desde que estamos a su lado. Ojalá verlo cumplir 100 años más, 100 sueños más, 100 logros más. Porque es lo único que se merece: conseguir todo aquello que la vida le arrebató. 

Y, créanme, que yo voy a hacer todo lo que esté en mi mano porque sea inmensamente feliz...como yo lo soy cuando me mira y me sonríe, y aunque no diga palabra, él nos está dando las gracias. 

Ojalá algún día sepa que somos nosotros quien le agradecemos su llegada, pues ahora somos mejores personas...hemos florecido... y seguiremos haciéndolo mientras él vaya de nuestra mano.. siempre. 🌹🏵🌷🌼🌻🌺

domingo, 21 de febrero de 2016

Mariposas en el corazón...y elefantes en el estómago

Mariposas en el corazón. La adopción por dentro” de El Hilo Ediciones es el último libro que he leído y del que he tenido la suerte de poder asistir ayer sábado por la tarde a la charla coloquio de su presentación en Valencia, organizada por la Asociación Adopta2. Escrito desde el corazón pero también desde las tripas, recoge de la mano de cinco madres adoptivas emociones, situaciones y un sinfín de anécdotas (algunas graciosas y otras melodramáticas) acerca del proceso de la adopción desde los inicios hasta que culmina con la llegada del tan esperado/a hijo/a.

María Martín Titos, Inmaculada Morales Morillas, Pilar González Moreno, Mercedes Moya Herrero y Loreto Castillo Vallejo. Madres anónimas durante mucho tiempo que han decidido salir a la luz de forma valiente y mostrar no solo su rostro, sino además la cara menos amable de la adopción, esa que acompaña a todas las cosas maravillosas que conlleva la maternidad adoptiva y que muy pocas personas son capaces de decir públicamente.


Como profesional no puedo más que elogiar y agradecer su esfuerzo por compartir su experiencia para contribuir a la sensibilización de la sociedad entera (profesionales, padres y madres adoptivos o no) sobre todo lo que envuelve, por dentro y por fuera la adopción. Como madre admiro su valentía, sus ganas de luchar, su arrojo ante dificultades vividas antes, durante y después de la asignación de su/s pequeño/os.

Ayer disfruté escuchándolas (mando desde aquí un abrazo a Inmaculada que no pudo estar en Valencia). Si tuviera que resumir con una frase lo escuchado ayer y lo leído en su libro seria “el encuentro de las diferencias en adopción”. El cómo, partiendo de diferentes realidades, cada una de ellas comparten en sus historias la sinceridad, la paciencia, la esperanza, el miedo, la angustia, la fortaleza…y sobre todo, el sentido, la percepción convertida en certeza de que por muchos avatares mereció la pena adoptar.

No es fácil hablar desde dentro de forma sincera siendo madre adoptiva y que no suenen mal algunas expresiones. La ambivalencia emocional que conlleva la adopción puede ser mal interpretada, y eso, cuando se ha sido objeto continuado de evaluación de la idoneidad, puede llevar a no poder darse licencia para expresar abiertamente lo que se siente. Que en muchas ocasiones no es más que las mismas emociones que surgen en la marentalidad biológica pero que en su caso se pueden dar de forma apelotonada e incluso magnificada por las situaciones y vivencias que tienen lugar en la adopción.

Abrir la puerta a la emoción puede conllevar la entrada de un huracán de críticas e incomprensión difíciles de tolerar. Pero ellas lo han sabido hacer de forma magistral, tanto en el libro como en la charla coloquio de ayer. Desde la normalidad, sin adornos, sin justificaciones, hablan de los problemas que la escuela de hoy presenta para la integración (y lo que es peor, la comprensión) de los niños y niñas adoptados que se incorporan al sistema educativo español. Y no me refiero a la comprensión de su idioma porque vengan de otro país, sino a la comprensión de las particularidades que su condición de adoptados/as va a conllevar. También hablan sobre el racismo, las repercusiones en los padres adoptivos a nivel de pareja, la necesidad de integrar y aceptar la figura de la madre biológica, las trabas y desencuentros con la parte burocrática, la incomprensión y falta de apoyo de los más cercanos, entre otros.


De ahí que el título de esta entrada sea Mariposas en el corazón… y elefantes en el estómago, porque hay que tener un estómago de hierro para integrar a nivel emocional y físico todo lo que el proceso adoptivo trae consigo. Solo el maravilloso fenómeno de la resiliencia puede explicar cómo resistir y rehacerse continuamente, cómo no sucumbir ante las adversidades propias de la adopción y otras que se pueden sumar, en definitiva, como hacer mantener a salvo de tormentas y huracanes el hilo rojo que une a quienes están predeterminados a estar juntos, unos padres adoptivos y un/a pequeño/a que espera reunirse con ellos. Las autoras lo reflejan muy bien: “no cambio ni un instante de lo vivido, si eso supone no llegar hasta ti”.


El libro recoge numerosas expresiones nacidas desde el corazón, con la pureza que solo brota de quien desea abrirse a los otros no con el ánimo de sentirse reconocidas o elogiadas, sino como un grito interior que busca dar a conocer la parte dura y no menos real de la adopción, la que humaniza el proceso adoptivo sin maquillajes, la emoción a pelo, en toda su gama.  

Sin duda es un libro recomendado no solo para futuros padres y madres adoptivos, sino también para profesionales y todos aquellos que tengan contacto directo con niños y niñas adoptados. No para comparecerse de ellos y sus familias, sí para comprenderles, apoyarles y animarles a trabajar juntos en el camino de su adaptación y crecimiento como familia.

lunes, 5 de octubre de 2015

Tiempo fuera..¿tiempo para pensar?

Imagina que tu termómetro de la rabia llega a lo más alto, estás muy enojado/a, hasta el punto que salen por tu boca sapos y culebras, pierdes el control de la situación y te enfrentas con otra persona porque te sientes ofendido/a, ignorado/a, estás tremendamente cansado/a o simplemente no toleras la frustración de no convencer a alguien en una conversación tensa...¿cómo te sentirías si de repente te meten en un cuarto sin estímulos a "pensar" sobre lo que has hecho?¿es posible pensar en una situación así o sería mejor decir ponerse a "sentir" como te sientes?¿qué te reconfortaría en ese momento, la desconexión total con todo o la presencia de alguien importante para tí que te inspire calma?¿el silencio o un abrazo silencioso?

Estas vacaciones retomé la lectura de dos terapeutas que descubrí hace años pero que aparqué en mi lista de espera de lectura, Jirina Prekop y Laura Rincón. Ellas trabajan un tema muy interesante como es la terapia de contención de la que os hablaré en otro momento, ya que aunque no todas las ideas que plasman en sus planteamientos las comparto, hay otras que me parecen muy sugerentes. Hoy me quiero centrar, tras leer una de las publicaciones de Laura Rincón (Escuela del amor para la familia) algo que me atrapó ya que viene a argumentar desde otro punto de vista uno de mis cuestionamientos profesionales: ¿es adecuada la técnica del tiempo fuera o time out, al menos tal como se nos enseñó a emplearla?.

Cuando estudié psicología la corriente conductista inundó mi formación, era el paradigma explicativo de la conducta (nunca me hablaron de la terapia familiar sistémica, ni de la Gestalt ni de otras terapias que han demostrado su eficacia). Suerte que el reciclaje y la curiosidad permanente me han dado la oportunidad de acercarme a algunas de ellas. Soy de la opinión de que no existe una única corriente o teoría que explique y resuelva absolutamente todas las problemáticas emocionales y conductuales. Me autodefino ecléctica porque la experiencia me demuestra que podemos nutrirnos y aprovechar lo que las diferentes perspectivas nos ofrecen, todo un crisol de oportunidades de ayuda, aunque manteniendo cierta coherencia o modelo básico como el que adquirí en la formación para psicoterapeutas infantiles de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan. 

Hoy en día reconozco que desde el conductismo, donde se enmarca la técnica de tiempo fuera, muchas de las pautas que ofrecemos a padres y madres son especialmente útiles para eliminar conductas inadecuadas y reforzar las que se desean que se repitan, principalmente el refuerzo positivo. Yo misma he aconsejado muchas veces emplear el tiempo fuera, es más, yo lo he empleado con mis hijas y me funcionó, resultó una técnica eficaz. Consiste en retirar al niño o niña del contexto en el que se produce un comportamiento inadecuado por su parte (ante una rabieta, una conducta agresiva, etc.) mandándole a un lugar de la casa donde no pueda jugar sino pensar sobre su conducta inapropiada. En teoría lo que pretende es privar al niño o niña de obtener un reforzador (la situación en que se produce la conducta a eliminar) y que aprenda a reflexionar sobre las consecuencias negativas. Siempre se aconseja que se mantenga al niño o niña aislado tantos minutos como años tiene, es decir, dos años, dos minutos, tres años, tres minutos (con el límite de no más de diez minutos)...hasta que el niño o la niña recobre la calma. 

Tras haber estudiado en mi formación los efectos del abandono en niños y niñas quizás esté más sensibilizada o simplemente vaya adaptando en ese proceso de acomodación de la información en mi cabeza una especie de notas de texto explicativas que reorganizan las ventajas y consecuencias de los métodos educativos y de las estrategias a emplear. Desde hace tiempo en los casos de niños y niñas acogidos o adoptados que han sufrido una o más rupturas de vinculación, desaconsejo emplear el tiempo fuera ya que puede ser vivido como una experiencia retraumatizante de rechazo del adulto. ¿Un niño aislado es capaz de reflexionar a solas sobre su emoción (quizás sí sobre su conducta, pero no sobre lo que siente, tomar conciencia de cómo y porqué)?. Un niño o niña que haya sufrido la negligencia y abandono de sus cuidadores acumula experiencias emocionales en su memoria que pueden activarse al sentirse apartado y solo en ese momento. 


Para explicarlo, Laura Rincón utiliza la metáfora de que nuestro cerebro es como el cofre del tesoro con varios compartimentos, tres de ellos muy importantes:
-el cerebro reptiliano: es el que tenemos en común con los animales, encargado de los impulsos más instintivos como el hambre, el sueño y el deseo sexual y cuando nos sentimos amenazados nos prepara para el ATAQUE O LA HUIDA
-el sistema límbico, relacionado con las emociones, la conducta, el pensamiento y la interpretación del mundo que nos rodea, es el compartimento que guarda los sentimientos.
-la corteza cerebral, donde se guarda la conciencia y voluntad, el pensamiento y nuestra capacidad para aprender y razonar, donde se encuentran los millones de neuronas que registran todas las experiencias, buenas y malas.

"A ninguno se le ocurrió pensar que un niño enojado, solo en un cuarto, al que le enseñaron la HUIDA en casos de conflicto o problemas, está incapacitado para usar su corteza cerebral y poder pensar y razonar. Además, como no existe contacto visual, no se puede llevar a cabo una confrontación sana" dice Laura Rincón. Lo que hay ante una situación así es una huida de la emoción, no ayuda a identificar el motivo que la activa por medio únicamente de la reflexión del niño o niña porque necesita de la guía del adulto para ello. Metacomunicar, reflejarle al niño cual es la emoción que está sintiendo nombrándola, ayudándole a identificarla es lo efectivo y lo menos traumático, ya que le ayuda a entenderse y entender la situación. En numerosas ocasiones los niños (y los adultos también) son incapaces de saber qué les pasa y dejarles solos con su emoción no hace más que incrementar su angustia.

"El pobre niño pequeño se las tiene que arreglar solo, sintiéndose devorado por una especie de monstruo interno que no puede controlar. Como se siente tan solo y dejado a la deriva con su rabia, descubre que la solución para evitar ese castigo tan horrible es tragarse la rabia y hacer como si nada." Lo que realmente se hace al aplicar el tiempo fuera es abandonar al niño o niña a su emoción, desarmarle ante la misma, con la que tiene que combatir sin entenderla. No le enseñamos que tener rabia forma parte de la polaridad humana, que tenerla no es malo si sabemos manejarla, que incluso nos puede ayudar a defendernos en algunas situaciones en que nos sintamos amenazados pero de forma controlada. Tragar para sí la rabia o enfado no es procesarla, ni siquiera es comprenderla, es simplemente anular la expresión esa emoción. 

Con todo lo anterior no quiero restar importancia a una técnica ampliamente empleada y que ha dado resultados eficaces en muchas ocasiones, sino que es mi interés reflexionar sobre la utilización de la misma: si el adulto no sabe manejar adecuadamente otros factores como el tono de voz que emplea, la comunicación no verbal, o la respuesta posterior al finalizar el tiempo fuera. Pensemos que una situación de tensión que requiere apartar al niño o niña, acompañada de una reprimenda con tono elevado, gesto de enfado y una de esas frases grandilocuentes como "¿ves?, ¡así calmado la mamá te quiere más!" tiene poco de beneficioso en la educación y autoconocimiento del niño de cara al autocontrol, el adulto no predica con el ejemplo. En el caso de niños y niñas que han sufrido abandono o cualquier tipo de maltrato lejos de ser una técnica instructiva es una técnica punitiva que no enseña. 

Quiero acabar esta entrada que empecé a escribir hace varias semanas (la vida últimamente no me da para mucho más) haciendo referencia a la última publicación de mi estimado amigo y colega José Luis Gonzalo Marrodán, "Vincúlate. Relaciones reparadoras del vínculo en los niños adoptados y acogidos" por dos razones. 

La primera porque me parece una obra genial y necesaria escrita en un lenguaje comprensible al tiempo que recoge una fundamentación basada en numerosos autores, con lo que se trata de una publicación con rigor nada desdeñable. La segunda, porque aunque no he tenido la ocasión de leerlo aún entero, hojeando el libro he encontrado precisamente una referencia al tiempo fuera. José Luis hace referencia a los tres ingredientes básicos para favorecer una parentalidad terapéutica: la permanencia, la regulación y los límites. Y en concreto en referencia a la primera, José Luis señala: "Los niños necesitan tiempo dentro y no tiempo fuera (Dantagnan, 2014). El tiempo dentro con el adulto le enseñará al niño cómo responder, relacionarse, actuar, prever las consecuencias, planificarse, controlarse, etc. El tiempo fuera no enseña nada al niño. "  No se puede decir mejor ni ir más al hilo de lo que pretende esta entrada. 

Espero que la lectura de este libro os sea de gran utilidad a padres y profesionales. Para mí será fuente de inspiración sin duda de más entradas.








sábado, 22 de agosto de 2015

Dos mamás, dos estrellas

Dedicado a todos los niños y niñas adoptados…y sus dos mamás:

Dicen los aldeanos del lugar que si miras al cielo en los noches de tormenta es posible ver llorar a las estrellas. Lloran de pena, afligidas por el dolor de unas madres que no pueden ver cumplidos sus sueños, porque añoran sus quimeras tanto tiempo pensadas. Algunas de esas madres lamentan sus sueños rotos de no poder engendrar un hijo; otras, que lo engendraron, lloran y lloran porque no pueden tenerlo con ellas, porque no sabían o podían cuidarle. 

Sus lágrimas amargas, simbióticamente reflejadas en esas estrellas confidentes, se funden en un profundo pesar del que, sin saberlo, al unirse, se van formando estalactitas de amor, largos haces de afecto que juntan cielos y tierra, creando un manto brillante que les lleva a ambas mujeres hasta un hijo o hija compartido. Unas les dieron la vida, otras les procurarán cuidados y amor. Miles y miles de estalactitas de amor, tantas como adopciones hay, repoblan el espacio entre cielo y tierra. 

Las estrellas saben muy bien que su llanto hace posible que ambas madres compartan un lazo que les va a unir para siempre desde ese momento. La biológica, al otro lado del firmamento, imperceptible a la vista, emite en la distancia una pequeña luz que permite saberla existente siempre allí desde donde se encuentre su pequeño. La otra estrella, la que le cuida y educa, se transforma cada día al amanecer en una importante estrella, el sol radiante, que calienta, guía y da luz. Con sus rayitos solares hace cosquillas al pequeño para hacerle reír. Otras veces le acuna cuando está triste o enfadado sin saber por qué, esperando pacientemente que se calme. 

Dicen también los aldeanos que en las noches claras de luna, muchos niños y niñas adoptados dejan volar sus sueños, unas veces despiertos y otras tantas dormidos, agarraditos a su burbuja materna con forma de corazón sin soltarse, hasta llegar al filo de la luna menguante desde donde pueden sentir más cerca la luz que sus dos mamás transmiten. Desde allí, sentados mirando al frente, es posible verles imaginando cómo será su estrella lejana, fantaseando y pensando en momentos bonitos vividos con ella, incluso enojándose por no poder tenerla un poco más cerca. ¡Cuánto darían por tener juntas a sus dos mamás!. 

Su estrella cercana, la que le cuida y le quiere, para consolarle le manda una estrella fugaz donde depositar sus buenos deseos, sus logros, sus preocupaciones, y poder así hacérselos llegar a su otra mamá, al tiempo que le tiende su mano suspirando en silencio para no delatar a su corazón. Dolor y alegría se entremezclan. La esperanza cumplida tiene un precio caro muchas veces difícil de soportar.

Y al amanecer, alejándose poco a poco la noche, dicen los aldeanos que gotas del rocío, tantas como adopciones hay, aparecen cada día en los árboles del bosque simbolizando la unión entre dos madres que hizo posible que cada niño y niña tuviera una familia donde crecer feliz." 

Conchi Martínez Vázquez.


El tema de los orígenes y especialmente lo relativo a la madre biológica de los niños y niñas adoptados es sin duda una de las grandes cuestiones para grandes y pequeños, no sólo por lo que supone en tanto que asimilación e integración de la propia historia, sino además por los sentimientos contrarios asociados. No deber ser fácil ni para unos ni para otros gestionar y entender emociones que surgen de manera espontánea.

Legitimar, normalizar, aceptar es el mejor calmante.

Y para ello se necesitan herramientas, formas de acercarse al tema sin que duela, pero tampoco de manera banal. Acompañando al niño o la niña en sus propios pensamientos, fantasías y temores, sin dejarle solo en ese maremágnum de sentimientos basados en fragmentos de historia que hay que ayudarles a ensartar y darle forma. Los cuentos, en este sentido, tienen un verdadero poder sanador, terapéutico que ayuda a entender y a explicar. Y uno de los que trata este tema dirigido a niños y niñas y del cual quisiera no solo hablaros sino recomendaros, es el cuento ¿Yo tengo dos mamás? de la Editorial Círculo Rojo.

Ese es el título del precioso cuento que desde el corazón Mercedes Moya escribió pensando en su hijo y que junto a las ilustraciones de Mª José Sánchez Megía, otra mamá adoptiva, han dado forma a una útil herramienta que recoge de manera clara, cercana y emotiva una historia que ayuda a integrar a la madre biológica en la vida de los niños y niñas adoptados. Podéis ver el trailer del cuento en el siguiente video:



Mercedes Moya es, además de una excelente persona, la administradora de una web muy interesante, Adopción Punto de Encuentro, que recoge multitud de recursos y experiencias sobre el tema de la adopción, un lugar virtual que no puede faltar en vuestros paseos por la red si os interesa el tema. Admiro mucho su labor y la de otras personas que trabajan de manera altruista para apoyar y ayudar con sus conocimientos a las familias adoptivas. Desde aquí mi admiración a las mismas y mi reconocimiento más sincero. 


viernes, 6 de febrero de 2015

Resistir, rehacerse, resiliar...La estrella que cayó al mar

Retomando nuevamente el pulso a escribir entradas que vayan haciendo de este pequeño blog un lugar donde asomarse y descubrir cuestiones de diverso interés, me decidía a llamar de nuevo a las musas para que me inspiraran pero..¡no!...de repente, curioseando yo mi misma en "mis papeles virtuales"... he redescubierto una entrada que compartí en el blog de mi amigo y colega Javier Romeu (al que vuelvo a agradecer que me animara a tener mi propio espacio bloguero y si aún no conoces el suyo te aconsejo que lo hagas en Diseñando pasados, recordando futuros, https://disparefuturo.wordpress.com/) y que me ha hecho pararme en ella para rescatarla, o quizás para extenderla aún más.

Es una entrada especial, tanto por el contenido como por la niña en la que me inspiré, ya que en estos momentos la vida se ha empeñado en ponerle alguna que otra piedra de más en su ya accidentado camino. Quizás por la tristeza que me causa la situación de ahora, pero al mismo tiempo por la esperanza en la que confío, el mensaje de esta entrada le llegue de algún modo y pueda recobrar la estabilidad y la aceptación que tanto necesita. De los otros y de ella misma.Un lugar en el mundo, su lugar en el mundo. 

La entrada, que la escribí hace más de un año y que hoy comparto aquí se titula "LA ESTRELLA QUE CAYÓ AL MAR":


Siempre me han fascinado las estrellas de mar. La forma con la que se nos muestran se asemeja a sus homólogos astros, pero tras su aparente frágil aspecto, gran cantidad de espinas pueden cubrir su cuerpo para protegerse de depredadores. Alrededor de esas espinas tienen unas pequeñas pinzas que utilizan para mantener limpia la piel de algas u otros restos que intentan adherirse a ella.

Pero sin duda alguna, lo que más me sorprende de este increíble animal es su capacidad de regeneración cuando se ha escindido por causa de un agente externo como un golpe o una agresión. A partir de un solo brazo, es capaz de regenerase y con ello volver a estar completa. Podría decirse, en términos de resiliencia – nunca mejor dicho- aquello de Michael Manciaux de “resistir y rehacerse”…

Empleando el pensamiento mágico de los niños, podríamos pensar que las estrellas de mar quizás fueran en otro tiempo estrellas del firmamento que han caído al océano porque no se dieron las circunstancias para que allí permanecieran. Una atmósfera irrespirable donde la violencia celestial mermara el oxígeno necesario para sobre-vivir, un asfixiante calor intrusivo que las incapacitara para desarrollarse como astro único, un posicionamiento inadecuado en un lugar donde no podían brillar con luz propia porque dedicaban todos sus esfuerzos a buscar la luz de las estrellas grandes sin éxito … les hicieron ir a parar a otro lugar, a otro mundo, a otro espacio.

Un astro rey Sol o una brillante Luna, no pudieron, no supieron o quizás no quisieron que formara parte de ese firmamento en el que surgió. Algo muy parecido a lo que ocurre con niños y niñas acogidos o adoptados. Si las estrellas de mar tuvieran que encontrar su otro yo en el mundo humano, lo encontrarían en este enorme puñado de pequeños que, como ellas, desarrollaron espinas para protegerse, pinzas para limpiar las heridas del alma y fuerza arrolladora para seguir adelante, para regenerarse aunque el trauma provocado por su historia de vida haya roto alguna de sus partes. Gracias al poder sanador de los elementos del nuevo medio podrán sanar y restablecer nuevos vínculos, minimizar sus mecanismos de defensa como la huida y el ataque, porque ya no será necesario, y así, brillar con luz propia. Aunque por un tiempo se sentirán desterradas hasta que puedan adaptarse y encontrar su sitio.

Conozco muchas estrellas de mar. María fue adoptada cuando tenía cinco años, después de pasar la mitad de su vida institucionalizada en un orfanato de otro país. Relata cómo sufría cada vez que venían los domingos nuevos papás a elegir un niño o niña. Mostraba su mejor sonrisa, hacía gala de sus encantos, pero una y otra vez se frustraban sus esfuerzos porque siempre ganaba alguno de sus competidores de amor.Sin embargo llegó el gran día y encontró lo que necesitaba, una familia que le diera el afecto y los medios para sanar sus heridas producidas por el abandono y malos tratos a los que estuvo expuesta. Cuando llegó a su nuevo “océano” no fue fácil. 


Al igual que la estrella de mar, la niña necesitaba protegerse de un medio percibido como hostil, del desconocimiento de costumbres, formas de relación, normas y límites que no formaban parte de su repertorio. A la pérdida de su figura de apego se le sumaba entonces la segunda ruptura del que se había convertido su hogar en los últimos años. Tardó tiempo en poder comprobar que este océano nuevo tenía ciertamente algunos peligros reales y otros que eran sombras del pasado, que además de depredadores podía encontrar a su alrededor un colorido espectacular que podía despertar en ella emociones positivas. 

También descubrió que existen cuevas marinas que sirven de refugio donde sentirse segura y protegida. Como una red en el amplio sentido del término que le permite sostenerse, encontrar el equilibrio, agarrarse a tierra firme. Además de sus padres adoptivos, su profesora de mates, la monitora del comedor, la psicóloga, la mamá de su amiga Clara, etc. todo un ejército de tutores de resiliencia van a ayudarle a regenerar sus partes dañadas. María tiene hoy 10 años y brilla cada vez más con luz propia.

Hay una historia por la cual tengo predilección y en la que pienso muchas veces ante situaciones que tienen que ver con la falta de sensibilidad de algunos adultos ante determinadas conductas de un niño quien, debido a las consecuencias de haber vivido situaciones de violencia de manera directa o vicariamente, abandono, situaciones de estrés extremo o cualquier otro ataque a su persona, presenta un comportamiento agitado, agresivo, poco empático. Ante esto muchas veces desde el contexto familiar y/o escolar se le atribuye maldad en sus actos sin pararse a pensar que, además de ser imprescindible separar la persona de la conducta –todos necesitamos una aceptación incondicional de la persona aunque la conducta sea inadecuada-, es necesario comprender que para poder regenerarse necesita que haya elementos en su entorno que le ayuden a cerrar su herida, que no es un monstruo marino, sino una estrella de mar dañada a la que escuece su herida y sólo la sal del afecto, la comprensión, los límites y la aceptación pueden curar. 

Ahí va la historia:
Cierto día, caminando por la playa, reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba a la mar. Hacía lo mismo una y otra vez.Tan pronto como me aproximé, me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una, las arrojaba de nuevo al mar.

Intrigada, le pregunté sobre lo que estaba haciendo, y me respondió: -Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

-Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas y quizás no te des cuenta de que esto sucede seguramente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?

El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina, y mientras la lanzaba al mar, me respondió:-Para ésta sí lo tuvo.”

Encontraré en mi camino muchas estrellas de mar y, aunque no podré lanzarlas todas al océano, confiaré en que cada vez que me agache para coger una, habré contribuido un poco a que su luz destelle hilos de esperanza y algún día brille con fuerza, seguramente la suficiente como para que no deje que caigan del firmamento más estrellas al mar.

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