"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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martes, 24 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad

Una nueva Navidad. Nuevamente momentos para el reencuentro entre familiares, la alegría de compartir ratitos con amigos, disfrutar de las luces y demás  adornos navideños. Y, como no, hacer balance de cómo nos ha ido el año, de lo rápido que pasa el tiempo y de los deseos y propósitos para el Nuevo Año que ya asoma por la esquina.

Como otros años quisiera dedicar una entrada para desearos unas Felices Fiestas pero también para que reflexionemos juntos con un precioso cuento de Jorge Bucay, que nos habla de la Navidad pero sobre todo de lo verdaderamente importante en estas fechas y siempre: el amor incondicional de los niños y niñas hacia sus padres.

"Jorge Bucay. Cuento de Navidad

En una casa más o menos humilde de un país cualquiera vivía una familia compuesta por el matrimonio y sus dos hijos.  Juan, el hijo mayor de 24 años, casi abogado y Priscila, la pequeña de apenas 4 añitos.  

Al acercarse la Navidad el padre había comprado un rollo de cinco metros de papel metalizado para poder envolver los regalos antes de ponerlos en el modesto arbolito, armado desde principios de Diciembre en la entrada de la casa.  El 23 en la noche, el hombre se decidió a empaquetar los regalos, más simbólicos que valiosos, para Nochebuena.  Qué desagradable sorpresa fue encontrar en el estante del ropero, el tubo de cartón donde venía enrollado el papel metalizado, desnudo de los cinco metros del costosísimo papel de envoltura.

El dinero era bastante escaso en la familia y posiblemente por eso, a pesar de lo avanzado de la hora, el señor explotó de furia y mandó a llamar a su familia para ver quién había utilizado el papel que él compro para los regalos.  La pequeña Priscila apareció con la cabeza gacha para decirle a su padre que ella lo había usado.

-¿Pero no te das cuenta que ese papel es muy caro y que tu papa tuvo que trabajar varios días para comprarlo?; ¿Podrías decirme para qué tontería usaste el papel metalizado?   

La niña salió corriendo y regresó con un paquete del tamaño de una caja de zapatos, envuelta con varias capas del costoso papel, ahora arrugado e inutilizable.

-¿No te dijo tu madre que no debes tocar las cosas de los mayores para tus juegos? ¿Cómo se te ocurre envolver esa caja con cinco metros de papel dorado?

-Es un regalo de Navidad, papá- dijo Priscila- para el arbolito.

-¿Y se puede saber para quien es este regalo tan valioso como para usar todo el rollo de papel en envolverlo?

– ¿Y para quien va a ser?, para vos, papá.

El hombre se enterneció y abrazándola le pidió disculpas por los gritos. Como nos sucede a todos, con el regalo en las manos quiso saber qué contenía y le pidió a la pequeña permiso para abrirlo.  Poco después el hombre volvía a explotar:

-Cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo adentro. ¿Usaste ese papel para envolver una caja vacía?

A la pequeña se le llenaron de lágrimas los ojos y dijo:

-Es que la caja no está vacía, papá, yo soplé adentro cincuenta y ocho besos para vos.

El padre alzó a la niña y le suplicó que perdonara su ceguera y su ignorancia. Dicen que el hombre guardó para siempre la caja debajo de su cama y que siempre que se sentía derrumbado, abría la caja y tomaba de ella un beso de su hija. Esto lo ayudaba a recuperar la conciencia de lo que era importante y de lo que sólo eran tonterías."


Que nunca os falten besos que recibir de vuestros hijos e hijas.

Que siempre seáis capaces de dar el afecto y amor incondicional que los niños y niñas merecen. 

     ¡Feliz Navidad!



martes, 11 de diciembre de 2018

Cuento de Navidad para esos niños y niñas que sueñan


Os invito a leer este cuento de Navidad que he escrito, distinto y a la vez tan mágico y entrañable como todas las historias que tienen lugar en estas fechas tan señaladas. Espero que os guste.

Dedicado, con cariño, a todos los niños y niñas adoptados:

Eran las 16.30 horas de un día cualquiera. Uno de esos días en los que la desgana se columpiaba dulcemente desde un extremo a otro de la clase, haciendo un guiño travieso que impedía prestar atención a la maestra. Sólo la alegría de saber que faltaban cinco días para las vacaciones de Navidad era lo único que despertaba una sonrisa a Martina. Solo cinco días y podría respirar, sin tener que hacer esos malditos deberes que no entendía, aunque lo intentaba hasta rabiar, por mucho que los profesores no se dieran cuenta de su esfuerzo. 

-“Hoy leeremos un cuento de Navidad, ¿quieres empezar tú, Lucia? “, dijo la profesora.

Los ojos de Martina cobraron luz de repente. Le gustaba mucho escuchar cuentos. Le recordaba a su madre cuando cada noche, desde su llegada a casa, al ir a dormir le leía una historia. Contar cuentos es mucho más que contar historias, es dejar fluir la imaginación desde lo real a lo imposible, de la certeza a la fantasía. Lucía, su compañera, empezó a leer en alto una bonita historia que hablaba de unos pastores que caminaban perdidos en una tarde de diciembre cuando se dirigían a una aldea en busca de una estrella. Martina escuchaba atenta el relato, entre entusiasmada y curiosa. Su capacidad de atención, seriamente defectuosa para las tareas escolares, se veía asombrosamente desarrollada cuando algo le atraía. 

Mientras escuchaba, un pequeño rayito de sol, que entraba desde la ventana que estaba a su derecha, se posó sobre su retina, deslumbrándola. Miles de luces doradas aparecieron en ese momento destelleando y atrapando a Martina en una especie de túnel monocromático en el que se vio transportada, como si de un largo tobogán dorado se tratase.

-“¿Dónde estoy? “, se preguntaba, mientras miraba de un lado para otro.

No había visto nunca ese lugar. Solo recordaba la intensa luz que entró en sus ojos y, de repente, ese extraño lugar. Se deslizaba sin hacer ningún esfuerzo hacia un remanso de luz que había a lo lejos. Cuando llegó por fin, se detuvo en una especie de haz de luz que parpadeaba tímidamente, y quedó allí sentada. Nunca había estado allí antes. A decir verdad, no era ni siquiera un lugar como los que ella conocía. Todo estaba a oscuras, salvo el haz de luz que hasta allí la trajo, y pensó ¿qué hacía ella allí?.

De repente, una especie de ventana con forma redonda se abrió, y poco a poco comenzó a deslumbrarse a lo lejos algo que semejaba ser una casa. Allí, en una de las estancias, había una cuna de madera, desgastada pero limpia. Una niña jugaba en su interior balbuceando cortos sonidos mientras sonreía ella sola al escucharse.  Su madre estaba en un rincón de la sala haciendo con barro una figura que parecía ser un jarrón. Sus ojos, tristes y apagados, apenas se abrían lo suficiente para mirar de reojo a la niña, mientras sus manos deambulaban por el barro sin llevar un certero ritmo. Sólo sujetaban levemente la figura que iba forjándose, pero que aún se encontraba por definir cómo sería su aspecto final. Su lánguida cara reflejaba pesar y tristeza.

-“¿Sabes quiénes son? “, le dijo a Martina una vocecita que escuchó por detrás de ella.

Se giró rápidamente y pudo ver una especie de pequeño duende con orejas de elfo, un gorro verde a rayas del que lateralmente caía un enorme pompón blanco, un pantalón rojo con cinturón y unas babuchas acabadas en punta.

-“¿Quién eres tú?”, gritó Martina sorprendida.

-“Soy Max, uno de los duendes de la Navidad. Siempre he vivido en tu mente desde aquella mañana en que tu mamá te trajo al mundo. Ella deseó cuando tú naciste que nunca te pasara nada malo y que la felicidad te acompañara. Y en ese momento surgí yo, para acompañarte en cada Navidad. No me has visto antes porque andas siempre un poco enfadada cuando se avecinan estas fechas. La rabia es mi enemiga y, aunque llevo nueve años intentando hablar contigo, no había sido posible hasta hoy. “ 

 - “¿Nueve años?, ¿llevas nueve años conmigo?, !Que cosas tan extrañas cuentas¡. ¿Seguro que no eres una pesadilla de esas que a veces me molesta por las noches? “.



-“Tranquila, estoy aquí para enseñarte algo. ¿Ves eso de ahí abajo? Dijo señalando a la casa. “¿Ves a esa mamá y a esa niña?. Eres tú. Esta es tu historia antes de que te adoptaran esos papás que te quieren tanto.” 

-“¿Soy yo?” Dijo poniendo los ojos como platos. “Si soy yo… ¿Porqué no pude seguir allí? ¿Qué pasó para que me abandonara? ¡Era muy pequeña!. ¿Qué hice mal para que mi madre no me tuviera con ella? “.

-“Entiendo tu pesar, debe ser muy difícil pensar en ello. Es normal que te pongas triste y hasta un poco enfadada. Pero mira, mira ahí abajo. ¿qué más ves? Esa mamá está muy triste porque ha tenido que tomar una decisión muy difícil. Mira sus ojos, están vidriosos de tanto llorar. No puede cuidar de su pequeña”.

-“¿Pero por qué?¿dónde está ella ahora?¿qué va a pasar con mi historia?¿porqué no pudo cuidarme? ¡Si me hubiese querido no me hubiera dejado!”.

Casi sin que pudiera terminar, empezaron a llover del cielo cientos de copos de nieve en forma de interrogante. Los había de muchos tamaños y formas. Unos más grandes y redondeados, otros más finos y con forma cursiva. Formaron de repente una tormenta de figuras que dejaron un enorme manto blanco en el suelo de ese misterioso lugar.

- El pequeño duende contestó: “No tengo respuesta para todas tus preguntas, pero tengo unas cuantas preguntas sin respuesta…¿Hasta cuando vas a sufrir por algo que quizás nunca sepas?¿Qué es peor, sufrir por lo que pudo haber sido y no fue, o disfrutar de lo que afortunadamente ha sido? No tenemos siempre un porqué a nuestro alcance para muchas de las cosas que ocurren. Un accidente que deja en silla de ruedas a alguien, un ser querido que se muere, un incendio que arrasa una casa, las guerras, el hambre, la soledad de muchas personas. En todas ellas, cuando sobreviene la desdicha, existen dos caminos: uno, el del lamento y la pasividad, el otro el de la aceptación y la lucha por seguir adelante. Tú no elegiste venir a este mundo, pero gracias a alguien que lo decidió por ti, hoy estás aquí. Y tienes la oportunidad de decidir cómo quieres que te acompañe tu historia.”

Mientras iba hablando la niña iba calmándose cada vez más y más. De repente, el elfo paró de hablar y señaló con el dedo hacia la ventana donde estaba la madre trabajando ese barro cada vez más endurecido. Martina y él pudieron observar como un rayito de sol, muy parecido al que entró por la ventana de la niña, hizo su aparición de forma repentina. La mujer, por primera vez sonrió mientras el rayito entraba en su retina y como si de un hechizo mágico de Navidad se tratara, comenzó a verse reflejado en el cielo un haz de luz que unía, de manera única, los ojos de Martina con los de aquella mujer. De su boca salió un pequeño susurro que decía “mi niña, se feliz allí donde estés”, mientras seguía con los ojos bien abiertos para no dejar escapar ni una pizca de esa luz que unía a las dos.



El timbre que anunciaba el final de la clase sonó. ¡Ya eran las cinco!.

-“Martina, despierta, que estás embelesada y ya es hora de marcharnos a casa”, le dijo Pedro, su compañero.

 La niña hizo un ademán como de despertar de un sueño ¿o quizás no lo soñó y fue cierto?. No lo sabremos, no tenemos respuestas para todas las preguntas. Pero siempre tendremos historias para contar en Navidad.


Por Conchi Martínez Vázquez


lunes, 17 de julio de 2017

Cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol

Después de un tiempo de silencio forzado vuelvo (o al menos lo intento), a retomar el escribir en mi blog. Y digo forzado porque, aunque por diferentes causas, no era mi intención desaparecer o dejar de escribir todo este tiempo. Simplemente la vida te da momentos, unos de calma, otros de bloqueo, unos cuantos más de ocupación y preocupación. Pero en el fondo siempre queda la posibilidad de decidir dejándote llevar por la ilusión, y empiezo de nuevo a tenerla.
Llevaba días pensando cómo retomar el tema, pero no encontraba algo suficientemente interesante para ello. Pero anoche, volviendo a ver la película de Disney, “Brave”, encontré la añorada inspiración. Conceptos como destino y vínculo son, en mi opinión, dignos de formar parte de nuestras reflexiones, al menos por un tiempo.
Si habéis visto la película, hay dos grandes cuestiones sobre las que trata. Por una parte, la necesidad de la protagonista, Mérida, de poder decidir sobre su vida (querían casarla con alguien a quien ella no amaba siguiendo una antigua tradición) y por otro, el amor entre madre e hija y el vínculo creado entre ambas, imposible de romper pese a las adversidades. 
“Algunos dicen que nuestro destino está conectado a la tierra, que es parte de nosotros como nosotros de ella.
Otros dicen que el destino está entretejido como una tela, entrelazando el destino de uno con el de muchos otros, es aquello que más buscamos o luchamos por cambiar, algunos nunca lo encuentran, pero hay otros que… son guiados a él”.
Más allá de cuestiones trascendentales o filosóficas sobre el destino, creo firmemente que los vínculos que se van forjando en el niño o niña, y más concretamente, el vínculo con sus padres o cuidadores es, con mucho, el mapa cartográfico que va a ir diseñando el camino a recorrer cuando llegue a adulto. Destino y vínculo están emparejados con la resiliencia infantil (que da nombre a este blog). 
Dicen mis estimados Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan que “La resiliencia infantil, es una capacidad que los niños y los adolescentes pueden desarrollar cuando sus recursos naturales se desarrollan y se potencian gracias a las competencias y habilidades de adultos significativos que satisfacen sus necesidades y les respetan como sujetos de derechos”. Cuidar, proteger y educar están a la base de todo ello. Un vínculo que se transforma en apego como fuente de seguridad y confort cuando el adulto es sensible, cercano y coherente en sus manifestaciones explícitas e implícitas en su relación con el niño o la niña. El objetivo primordial del apego, en tanto que sistema relacional, es la búsqueda y mantenimiento de proximidad en momentos de amenaza con el fin de conseguir seguridad, consuelo y protección. Cuando ese apego es seguro, es posible explorar el entorno, hacer frente a los desafíos que la vida presenta en diferente formato. En definitiva, en desarrollar la resiliencia.
Yo nunca antes me había preguntado, o al menos de forma muy consciente, qué hemos hecho mi marido y yo en esta labor educadora, protectora y cuidadora con nuestras hijas para que hoy en día, que ya son adultas, podamos sentirnos tan orgullosos de cómo son y de sus logros. Es decir, qué es aquello que nos caracteriza como familia más allá de las funciones propias de cualquier padre o madre que ha hecho que se promueva en ellas estos factores de resiliencia de los que hablamos. Comentándolo hoy con mi marido me ha respondido "querernos mucho y querer estar siempre juntos". Y no lo decía solo en sentido de pareja, sino más allá, de disfrutar en familia, de hacer excepcional lo cotidiano cada día. Siempre me ha sorprendido lo felices que nos hacen las pequeñas cosas: un paseo juntos, una comida familiar, compartir una noticia o algo que nos ha pasado, reirnos de cualquier cosa (incluso de nosotros mismos). Infinitas cápsulas de felicidad que inundan de un sentimiento especial la relación familiar.

Si tuviera que elegir una frase que resuma lo que hemos intentado transmitirles seguramente sea una que hace poco encontré de forma casual: "La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace". Siempre hemos apoyado sus sueños (los posibles, sin perder el grado de cordura que se ha de mantener para ser un padre/madre competente). Que hicieran siempre lo que quisieran pero porque deseaban hacerlo y les hacía felices. No pretendo ni mucho menos ser ejemplo de familia, solo compartir una reflexión en voz alta. Quizás nunca estimulamos a nuestras hijas como otros padres hacían enviándoles a campamentos, a estudiar a Inglaterra, a cultivar deportes como el tenis o la danza, pero el resultado de lo que hicimos descontando lo que dejamos de hacer que acabo de señalar, han dado como producto dos seres excepcionales que no dejan de sorprendernos sobre todo ahora en momentos difíciles. Nunca imaginé lo que las dos son capaces de hacer, de conseguir unir aún más a la familia, de expresar sus capacidades resilientes.

Volviendo a Mérida, la protagonista de la película Brave, con su ímpetu, valentía, arrojo y un sin fin de cualidades positivas, podemos tomarla como un ejemplo de resiliencia. No aceptó el destino que le venía escrito, sino que quiso reescribirlo de algún modo para enseñarle a la vida que las experiencias van cobrando forma hasta promover cualidades quizás nunca antes pensadas de uno mismo. Factores ligados a lo biológico como es el temperamento, no condicionan de manera prefijada una forma de ser o personalidad. El hijo de tigres rayado nace dice el dicho, pero posiblemente sus rayas sean bien distintas o se desdibujen, incluso se lleguen a borrar por efecto del contexto. Es inestimable el poder del entorno, y el entorno es algo sobre lo que podemos intervenir y modificar.

Lo importante, lo verdaderamente importante, es que cada niño o niña pueda ser lo mejor de sí mismo/a, pueda desarrollar sus potencialidades, pueda vincularse a los demás de forma positiva para disfrutar de la capacidad de socialización que por naturaleza le viene dada, pueda ser capaz incluso de cambiar su destino porque tuvo unos lazos de afecto que hicieron de él o ella una persona capaz de transitar por la vida de forma segura.

“Algunos dicen que la suerte está más allá de nuestro control, que no somos dueños del destino, pero yo sé que no es así. Nuestro destino vive dentro de nosotros, sólo hay que ser valiente para verlo”. Con esta bonita y profunda frase termina la película. La valentía debería ser una asignatura en la escuela, no tanto para enfrentarse a miedos e inseguridades (que también), sino para aprender a afrontar las adversidades y salir fortalecidos. Pero también en la familia debe trabajarse la valentía, esa que supone aceptar (no resignarse) lo difícil y complicado que nos sucede, a confiar en uno mismo, a saber pedir ayuda y prestarla, a reconfortar al otro y pedir consuelo cuando lo necesitamos, a nos rendirse por dura que sea la batalla, pero sobre todo, a forjar un vínculo que nos permita ser de alguna manera protagonistas en nuestro propio destino. No podemos evitar el viento, pero podemos construir molinos.


Quiero compartir con vosotros/as como cierre este cuento titulado "Sueños de semilla" de Jorge Bucay, para seguir pensando sobre el tema:
 "En el silencio de mi reflexión percibo todo mi mundo interno como si fuera una semilla, de alguna manera pequeña e insignificante pero también pletórica de potencialidades.
…Y veo en sus entrañas el germen de un árbol magnífico, el árbol de mi propia vida en proceso de desarrollo.
En su pequeñez, cada semilla contiene el espíritu del árbol que será después. Cada semilla sabe cómo transformarse en árbol, cayendo en tierra fértil, absorbiendo los jugos que la alimentan, expandiendo las ramas y el follaje, llenándose de flores y de frutos, para poder dar lo que tienen que dar.
Cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol. Y tantas son las semillas como son los sueños secretos. 

Dentro de nosotros, innumerables sueños esperan el tiempo de germinar, echar raíces y darse a luz, morir como semillas… para convertirse en árboles.

Árboles magníficos y orgullosos que a su vez nos digan, en su solidez, que oigamos nuestra voz interior, que escuchemos la sabiduría de nuestros sueños semilla.

Ellos, los sueños, indican el camino con símbolos y señales de toda clase, en cada hecho, en cada momento, entre las cosas y entre las personas, en los dolores y en los placeres, en los triunfos y en los fracasos. Lo soñado nos enseña, dormidos o despiertos, a vernos, a escucharnos, a darnos cuenta. 

Nos muestra el rumbo en presentimientos huidizos o en relámpagos de lucidez  cegadora.

Y así crecemos, nos desarrollamos,  evolucionamos… Y un día, mientras transitamos este eterno presente que llamamos vida, las semillas de nuestros sueños se transformarán en árboles, y desplegarán sus ramas que, como alas gigantescas, cruzarán el cielo, uniendo en un solo trazo nuestro pasado y nuestro futuro.

Nada hay que temer,… una sabiduría interior las acompaña… porque  cada semilla sabe… cómo llegar a ser árbol…".

Si los padres o cuidadores sabemos cuidar y mantener vivas todas esas semillas posibles en nuestros hijos e hijas podremos sorprendernos, llegado el momento, de la belleza, fortaleza, frondosidad y magestuosidad de las potencialidades que tenían y a las cuales se les ha brindado la oportunidad de desarrollarse.
Cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol...si tiene buenos jardineros, tierra donde echar raíces, un abono que le ayude a crecer y un entorno favorable que mitigue los vientos huracanados y le permita nutrirse de la luz y el calor necesarios para ser el árbol que estaba esperando y deseando ser.

sábado, 22 de agosto de 2015

Dos mamás, dos estrellas

Dedicado a todos los niños y niñas adoptados…y sus dos mamás:

Dicen los aldeanos del lugar que si miras al cielo en los noches de tormenta es posible ver llorar a las estrellas. Lloran de pena, afligidas por el dolor de unas madres que no pueden ver cumplidos sus sueños, porque añoran sus quimeras tanto tiempo pensadas. Algunas de esas madres lamentan sus sueños rotos de no poder engendrar un hijo; otras, que lo engendraron, lloran y lloran porque no pueden tenerlo con ellas, porque no sabían o podían cuidarle. 

Sus lágrimas amargas, simbióticamente reflejadas en esas estrellas confidentes, se funden en un profundo pesar del que, sin saberlo, al unirse, se van formando estalactitas de amor, largos haces de afecto que juntan cielos y tierra, creando un manto brillante que les lleva a ambas mujeres hasta un hijo o hija compartido. Unas les dieron la vida, otras les procurarán cuidados y amor. Miles y miles de estalactitas de amor, tantas como adopciones hay, repoblan el espacio entre cielo y tierra. 

Las estrellas saben muy bien que su llanto hace posible que ambas madres compartan un lazo que les va a unir para siempre desde ese momento. La biológica, al otro lado del firmamento, imperceptible a la vista, emite en la distancia una pequeña luz que permite saberla existente siempre allí desde donde se encuentre su pequeño. La otra estrella, la que le cuida y educa, se transforma cada día al amanecer en una importante estrella, el sol radiante, que calienta, guía y da luz. Con sus rayitos solares hace cosquillas al pequeño para hacerle reír. Otras veces le acuna cuando está triste o enfadado sin saber por qué, esperando pacientemente que se calme. 

Dicen también los aldeanos que en las noches claras de luna, muchos niños y niñas adoptados dejan volar sus sueños, unas veces despiertos y otras tantas dormidos, agarraditos a su burbuja materna con forma de corazón sin soltarse, hasta llegar al filo de la luna menguante desde donde pueden sentir más cerca la luz que sus dos mamás transmiten. Desde allí, sentados mirando al frente, es posible verles imaginando cómo será su estrella lejana, fantaseando y pensando en momentos bonitos vividos con ella, incluso enojándose por no poder tenerla un poco más cerca. ¡Cuánto darían por tener juntas a sus dos mamás!. 

Su estrella cercana, la que le cuida y le quiere, para consolarle le manda una estrella fugaz donde depositar sus buenos deseos, sus logros, sus preocupaciones, y poder así hacérselos llegar a su otra mamá, al tiempo que le tiende su mano suspirando en silencio para no delatar a su corazón. Dolor y alegría se entremezclan. La esperanza cumplida tiene un precio caro muchas veces difícil de soportar.

Y al amanecer, alejándose poco a poco la noche, dicen los aldeanos que gotas del rocío, tantas como adopciones hay, aparecen cada día en los árboles del bosque simbolizando la unión entre dos madres que hizo posible que cada niño y niña tuviera una familia donde crecer feliz." 

Conchi Martínez Vázquez.


El tema de los orígenes y especialmente lo relativo a la madre biológica de los niños y niñas adoptados es sin duda una de las grandes cuestiones para grandes y pequeños, no sólo por lo que supone en tanto que asimilación e integración de la propia historia, sino además por los sentimientos contrarios asociados. No deber ser fácil ni para unos ni para otros gestionar y entender emociones que surgen de manera espontánea.

Legitimar, normalizar, aceptar es el mejor calmante.

Y para ello se necesitan herramientas, formas de acercarse al tema sin que duela, pero tampoco de manera banal. Acompañando al niño o la niña en sus propios pensamientos, fantasías y temores, sin dejarle solo en ese maremágnum de sentimientos basados en fragmentos de historia que hay que ayudarles a ensartar y darle forma. Los cuentos, en este sentido, tienen un verdadero poder sanador, terapéutico que ayuda a entender y a explicar. Y uno de los que trata este tema dirigido a niños y niñas y del cual quisiera no solo hablaros sino recomendaros, es el cuento ¿Yo tengo dos mamás? de la Editorial Círculo Rojo.

Ese es el título del precioso cuento que desde el corazón Mercedes Moya escribió pensando en su hijo y que junto a las ilustraciones de Mª José Sánchez Megía, otra mamá adoptiva, han dado forma a una útil herramienta que recoge de manera clara, cercana y emotiva una historia que ayuda a integrar a la madre biológica en la vida de los niños y niñas adoptados. Podéis ver el trailer del cuento en el siguiente video:



Mercedes Moya es, además de una excelente persona, la administradora de una web muy interesante, Adopción Punto de Encuentro, que recoge multitud de recursos y experiencias sobre el tema de la adopción, un lugar virtual que no puede faltar en vuestros paseos por la red si os interesa el tema. Admiro mucho su labor y la de otras personas que trabajan de manera altruista para apoyar y ayudar con sus conocimientos a las familias adoptivas. Desde aquí mi admiración a las mismas y mi reconocimiento más sincero. 


jueves, 16 de abril de 2015

Busy Dizzy..o pensamientos intrusos, un vocecita traviesa

¿Cuántas veces nos asaltan pensamientos negativos que no paran de resonar en nuestra cabeza haciéndonos sentir mal o no valorarnos lo suficiente? Esas vocecillas que parecen las encargadas de molestarnos, de insistir en hacernos pensar cosas que nos desagradan no solo las tenemos los adultos, los niños y las niñas también las tienen. 

Cuando trabajo con ellos, muchas veces identificamos juntos cuáles son esos pensamientos, a los que yo les pongo el nombre de “PENSAMIENTOS INTRUSOS” porque se inmiscuyen en su mente sin pedir permiso y además son muy difíciles de echar. Esos pensamientos intrusos son los responsables de que en muchas ocasiones los niños queden bloqueados, atrapados pensando en algo que les incomoda y les hace sentir incapaces de lograr pequeñas metas, limitando así su respuesta, o distorsionando las situaciones haciendo interpretaciones erróneas. 

¿De dónde surgen? Yo creo que de la propia representación que el niño o la niña hace de sí mismo con la devolución que los demás le ofrecen acerca de sus cualidades, de su forma de ser, de sus limitaciones o dificultades. Los adultos son los espejos donde los niños se miran, pero muchas veces la imagen que perciben está distorsionada, difusa, no les permiten conocerse de una forma nítida, o focalizar demasiado en lo negativo. Mensajes que pueden parecer sin importancia para quien las dice del tipo "qué torpe eres", "déjame a mí que tú vas muy lento y no sabes", "siempre te pareces a tu padre/madre/abuelo haciendo .."van formando las fichas de un puzzle de su propio autoconcepto que resultan difíciles de encajar porque no encuentran la forma que coincidan integrándose en una percepción del sef sana y positiva, y que permanecen ahí, dando vueltas y mareando a los pequeños haciéndoles sentir que no pueden o no saben. 

Pero también esos pensamientos intrusos provienen de la imagen que de sí mismo van construyendo, más allá de lo que los otros dicen de él o de ella, de la confianza o no en sus posibilidades, de la posibilidad de desplegar recursos resilientes que les permitan afrontar las pequeñas dificultades que desde muy temprano van a tener. A montar en bicicleta se aprende montando, a construir una imagen de sí mismo como persona capaz se aprende teniendo oportunidades en las que puedan ponerse a prueba la propia capacidad, los recursos.

El otro día, llegó a mis manos un cuento que precisamente trata de lo que yo venía llamando pensamientos intrusos y que al parecer tienen otro nombre: las Busy Dizzy…o voces negativas. Se trata de un cuento escrito por la Dra. Orly Katz y traducido al español por José Luis Cortés, dirigido a niños y niñas de 4 a 8 años y que me parece interesante para compartir con vosotros. La Dr. Orly Katz es autora de varios libros y es una experta en el empoderamiento para los jóvenes y en las habilidades para la vida. Es también la fundadora del centro "Simply Me" (“Simplemente Yo”) para liderazgo, empoderamiento y autoestima.



Con ilustraciones que ayudan a entender más el mensaje, el cuento Busy Dizzy explica a los niños y niñas que en ocasiones puede aparecer como una vocecita interior o preocupaciones (la autora utiliza la metáfora de un zumbido en la oreja) que pueden conducir a tener emociones negativas como estar triste, pensar que no saben hacer las cosas bien, que no merece la pena el esfuerzo, que los otros se pueden enfadar si no sabemos responder bien cuando nos preguntan, etc.

Las Dizzies vienen  a ser una especie de diablillos traviesos que consiguen hacer cambiar la visión que sobre ti mismo o los otros puedes tener, pero hay algo más…¡todos las tenemos! (en este punto me permito preguntarte ¿acaso tú no has pensado últimamente que no puedes lograr tal o cual cosa, que los demás no te hacen caso o mil posibles ejemplos más de vocecita interior negativa?)

Lo interesante del libro además es que, al estar dirigido a niños y niñas de corta edad (4 a 8 años) utiliza como recursos didácticos el contenido en forma de rima (con lo que le otorga una ritmicidad que consigue captar más su atención), y propone para vencer a las traviesas Dizzies dibujarlas o incluso cantándoles una canción para que se marchen una vez que los pequeños las identifican junto con sus padres o educadores.


Si te pidiera que dibujaras tu Dizzy…¿qué dibujo harías?

lunes, 23 de marzo de 2015

De repente..¡Dos años!

Así, de repente, casi sin darnos cuenta que el tiempo pasa...¡este blog cumple dos años! Desde que empecé a escribir la primera entrada no ha hecho más que crecer el entusiasmo y necesidad por mi parte de transmitir por este medio, casi de forma paralela a las muestras de afecto, apoyo y estima de las personas que lo seguís. ¡Si en el primer año llegamos a las 40.000 visitas, en sólo dos esa cifra se ha disparado de manera increíble a más de 116.000! Muchas gracias.

Quizás no escriba últimamente con la frecuencia con que me gustaría, ya que los pequeños espacios de dedicación al blog se han visto un poco mermados por otros buenos fines personales y profesionales, pero este medio es para mí como una ventana al mundo desde donde...
- Acompañar y agradecer su confianza a las personas que a través de sus comentarios en los post o escribiéndome relatan su sufrimiento pasado y presente y sus dificultades por no sentirse amado o no poder amar ni sentirse buen padre o madre (espero poder dedicar más entradas a este tema que tanto interés despierta y continuar siendo un punto de encuentro para ayudar a redescubrir, aliviar y reelaborar historias con la firme creencia de que una infancia infeliz no determina una vida, que la esperanza y la fortaleza ganan batallas por grandes que éstas sean). 
- Sentir el calor y el afecto de mis blogs amigos: Buenos tratos, Diseñando Pasados Recordando Futuros, Dando Vueltas sobre Vueltas que son mis "hermanos mayores" (un abrazo fuerte José Luis, Javier, Iñigo y Sagra) y otros muchos más que me consta reservan un lugar para mis entradas en sus propios blogs (que honor y responsabilidad estar con vosotr@s). Y también, aunque no pueda verles, tal como ocurre con las experiencias de apego seguro, sentir el afecto y cariño de Maryorie Dantagnan y Jorge Barudy, mis queridos profesores del Diplomado aún en la distancia.
- Expresar, contar, compartir lecturas e inquietudes, que si son compartidas saben mejor, se disfrutan más...sobre todo en mis grupos de facebook favoritos sobre resiliencia especialmente el administrado por Pilar Surjo pero también el de Addima, Comunidad de Resiliencia Quétaro, CEANIM, etc.
- Explorar y sentirme acogida en "nuevas tierras virtuales" como la web Adopción Punto de Encuentro con su excelente y entrañable administradora Mercedes Moya quien me abrió una puertecita en ella para colaborar y compartir así un interés común por los niños y niñas adoptados/as y/o acogidos/as.

Así es que, si me dejáis, seguiré estando en vuestros ordenadores, tablets, móviles o cualquier otro medio que facilite esta conexión especial, ese haz de luz que ilumina un espacio común. Aspirando a ser por mucho tiempo (quizás de forma pretenciosa) uno de esos rayitos de luz que entra en vuestras vidas, permitidme que os regale un pequeño cuento sobre un búho. Ya sabéis que me gustan y de ahí que sigan simbólicamente representando a este blog. Se titula "El búho y la luna", del escritor Arnold Lobel, editado dentro del libro "Búho en casa" Edición Ekaré:

"Una noche, el Búho bajó a la orilla del mar. Se sentó sobre una gran roca y miró las olas.
Todo estaba oscuro. Entonces, la puntita de la Luna apareció sobre el borde del mar. El Búho contempló la Luna subir cada vez más alto en el cielo.

Pronto la Luna estuvo brillando entera y redonda.
El Búho se sentó en la roca y miró a la Luna durante un largo rato.
—Si yo estoy mirándote a ti, Luna, tú debes estar también mirándome a mí.Tenemos que ser muy buenos amigos.
La Luna no contestó, pero el Búho dijo:
—Volveré a verte otra vez, Luna, pero ahora tengo que irme a casa. El Búho bajó andando por el sendero. Levantó los ojos al cielo.La Luna estaba todavía allí. Venía siguiéndole.
—No, no, Luna —dijo el Búho—. Eres muy amable por iluminarme el camino, pero debes quedarte arriba sobre el mar, donde estás tan hermosa.
El Búho siguió andando un poco más. Volvió a mirar el cielo. Allí estaba la Luna yéndose con él.
—Querida Luna —dijo el Búho—, francamente, no debes venir a mi casa conmigo.No cabrías por la puerta, y no tengo nada que darte para cenar. El Búho continuó caminando. La Luna se deslizaba tras él sobre las copas de los árboles.
—Luna —dijo el Búho—, creo que no me oyes.
El Búho subió a lo alto de una colina. Gritó todo lo fuerte que pudo:
—¡Adiós, Luna!
La Luna se metió detrás de unas nubes. El Búho miró y miró. La Luna había desaparecido.
—Siempre resulta un poco triste decir adiós a un amigo —dijo el Búho.
El Búho llegó a casa. Se puso la pijama y se fue a la cama. La habitación estaba muy oscura. El Búho se sentía todavía triste.
De repente, la habitación del Búho se llenó de luz plateada. El Búho miró por la ventana. La Luna estaba saliendo detrás de las nubes.
—Luna, me has seguido durante todo el camino a casa.¡Qué amiga tan buena y redonda eres! —dijo el Búho.
Luego, el Búho apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.La Luna entraba brillando por la ventana. El Búho ya no se sintió triste.


Ójala os pueda seguir acompañando mucho tiempo. Gracias.

lunes, 23 de junio de 2014

¿Albergando emociones impropias...o destapando el dolor del pasado?

Como sabéis este blog tiene como pilares fundamentales el apego, la resiliencia y la parentalidad. Desde que empecé a  escribir entradas en el mismo, y a medida que han ido aumentando en número, han habido dos de ellas que han competido en cuanto al ranking de más visitadas. Una de ellas es la que habla sobre "¿Vínculo o apego?" y en la otra se trata el conocido modelo de Edith Grotberg sobre resiliencia, "Yo tengo, yo puedo yo soy". Por mucho tiempo han estado rivalizando ambas,pero desde hace bastantes semanas había una que iba creciendo en visitas, cada vez más y más, hasta el punto de ser en la actualidad la más leida. Me refiero a la que tiene por título "¿Puede un  padre o madre sentir rechazo por su hijo/ay al mismo tiempo quererle?".
 
Para mí esto, que pudiera ser considerado como algo casual o sin importancia, es tomado como una señal que no puede pasar por alto. Es indicativo de la existencia de muchas personas, padres y madres, preocupados por esta cuestión.
Me consta además a través de emails que recibo, el sufrimiento que sienten quienes se encuentran en esa situación. Resulta emotivo leer el dolor que tienen por sentir rechazo hacia sus hijos, por no poder abrazarles sintiendo el amor que quisieran sentir, por sentirse malos/as por ello.


Todos tenemos emociones menos positivas que son alimentadas por experiencias vividas. Lo complicado es cuando la persona a quien se dirigen esas emociones es precisamente el ser vulnerable y necesitado de amor al que se ha de cuidar y proteger.¿cómo convivir con ese dolor? ¿cómo evitar que salga a la luz y se descubra lo que es para los otros -y para uno mismo- antinatural? ¿cómo rechazar y querer al mismo tiempo a un/a hijo/a?
La parte oculta que habita en nosotros y que se relaciona con situaciones en las que nos han humillado, maltratado, despreciado, o peor aún, ignorado, se encuentra muchas veces en un plano no consciente. Y en otras ocasiones, la propia toma de conciencia con esas emociones “impropias” hace que las tapemos rápidamente, los ocultemos, o incluso las adornemos sobreponiendo encima emociones bonitas que reluzcan más.
 
Mientras no reconozcamos esa parte oculta, ese por qué del rechazo, difícilmente se podrá solucionar el malestar y el dolor. Es como si eclipsara de manera fulminante cualquier intento de sentirse una madre o un padre amorosos.
Si es duro haber vivido situaciones indeseables, más aún lo es tener que reprimir las emociones que han quedado albergadas en nuestro interior. Está mal visto decir que no soportas que tu hijo te abrace, o que no te sale de dentro darle un beso y decir cuanto quieres a tu hija. Pero somos seres humanos (y no con ello justifico que esté bien sentir rechazo o repulsa a un hijo, simplemente lo entiendo), y las emociones nos acompañan, sin que las llamemos, no elegimos lo que sentimos.
No hay entonces que sentir vergüenza de ellas, no se es un monstruo porque se tengan asuntos sin resolver que de manera repentina aparecen en nuestra mente y nos bloquean. Negar los sentimientos no hace que desaparezcan. Lo importante es ser consciente de qué hay detrás de esas reacciones, de dónde vienen, dónde están sus raíces. Sólo así aprenderemos a pararlas cuando aparezcan. Mi hijo es mi hijo, no mi madre, ni la pareja que tuve y tanto me hizo sufrir. Separar personas de emociones.

Quizás podría ayudar preguntarse: ¿Por qué me molesta tanto mi hijo/a? ¿Se parece a mí en algo que me inquieta? ¿Qué siento cuando le miro? ¿Me recuerda a alguna situación vivida en mi infancia o después que me hizo sufrir? ¿Me identifico con él/ella en su manera de ser y eso me avergüenza? ¿Es fruto de una relación que ha acabado y que me resuena continuamente el dolor padecido entonces?¿Estaba preparada/o para tener este/a hijo/a? ¿A qué renuncié por tenerle/la?
Hace poco hablaba de la honestidad. Me reitero. No hay mejor solución que ser consciente, reconocer y aceptar lo que se siente. Sin culpas ni vergüenzas. Un madre o un padre que sufre porque rechaza a su hijo/a no es una mala madre o un mal padre desde el momento en que se siente mal por ello. Es una madre o un padre cuya caja de resonancias vibra de manera descontrolada y no consigue entonar la melodía del vínculo afectivo con su hijo/a.
Quiero acabar compartiendo un bonito cuento que habla de la importancia de mirar para dentro, de explorar las emociones, de conocernos más para estar mejor.
EL PÁJARO DEL ALMA
"Hondo, muy hondo, dentro del cuerpo habita el alma. Nadie la ha visto nunca pero todos saben que existe.
Y no solo saben que existe, saben también lo que hay en su interior. Dentro del alma, en su centro, esta, de pie sobre una sola pata, un pájaro: el pájaro del alma. Él siente todo lo que nosotros sentimos.
Cuando alguien nos hiere, el pájaro del alma vaga por nuestro cuerpo, por aquí, por allá, en cualquier dirección, aquejado de fuertes dolores.
Cuando alguien nos quiere, el pájaro del alma salta, dando pequeños y alegres brincos, yendo y viniendo, adelante y atrás.
Cuando alguien nos llama por nuestro nombre. El pájaro del alma presta atención a la voz, para averiguar qué clase de llamada es esa.
Cuando alguien se enoja con nosotros, el pájaro del alma se encierra en sí mismo silencioso y triste.
Y cuando alguien nos abraza, el pájaro del alma, que habita hondo, muy hondo, dentro del cuerpo, crece, crece, hasta que llena casi todo nuestro interior. A tal punto le hace bien el abrazo.
Hasta ahora no ha nacido hombre sin alma. Porque el alma se introduce en nosotros cuando nacemos, y no nos abandona ni siquiera una vez mientras vivimos.
Como el aire que el hombre respira desde su nacimiento hasta su muerte.
Seguramente quieres saber de qué está hecho el pájaro del alma.
¡Ah! Es muy sencillo: está hecho de cajones y cajones pero estos cajones no se pueden abrir así nada más.
Cada uno está cerrado por una llave muy especial.
Y es el pájaro del alma el único que puede abrir sus cajones.
¿Cómo? También esto es muy sencillo: con su otra pata.
El pájaro del alma está de pie sobre una sola pata; con la otra -doblada bajo el vientre a la hora del descanso- gira la llave, moviendo la manija y todo lo que hay dentro se esparce por el cuerpo.
Y como todo lo que sentimos tiene su propio cajón, el pájaro del alma tiene muchísimos cajones: un cajón para la alegría y un cajón para la tristeza, un cajón para la envidia y un cajón para la esperanza, un cajón para la decepción y un cajón para la desesperación, un cajón para la paciencia y un cajón para la impaciencia. También hay un cajón para el odio y otro para el enojo, y otro para los mimos. Un cajón para la pereza y un cajón para nuestro vacío, y un cajón para los secretos más ocultos (este es un cajón que casi nunca abrimos.
Y hay más cajones. También tú puedes añadir todos los que quieras. 


A veces el hombre puede elegir y señalar al pájaro… Qué llaves girar y qué cajones abrir. Y a veces es el pájaro quien decide.
Por ejemplo: el hombre quiere callar y ordena al pájaro abrir el cajón del silencio; pero el pájaro, por su cuenta, abre el cajón de la voz, y el hombre habla y habla y habla.
Otro ejemplo: el hombre desea escuchar tranquilamente, pero el pájaro abre, en cambio, el cajón de la impaciencia: y el hombre se impacienta. Y sucede que el hombre sin desearlo siente celos; y sucede que quiere ayudar y es entonces cuando estorba.
Porque el pájaro del alma no es siempre un pájaro obediente y a veces causa penas…
De todo esto podemos entender que cada hombre es diferente por el pájaro del alma que lleva dentro.
Un pájaro abre cada mañana el cajón de la alegría; la alegría se desparrama por el cuerpo y el hombre esta dichoso.

Otro pájaro abre, en cambio, el cajón del enojo; el enojo se derrama y se apodera de todo su ser. Y mientras el pájaro no cierra el cajón, el hombre continua enojado.
Un pájaro que se siente mal, abre cajones desagradables; un pájaro que se siente bien, elige cajones agradables.
Y lo que es más importante: hay que escuchar atentamente al pájaro. Porque sucede que el pájaro del alma nos llama, y nosotros no lo oímos. ¡Que lastima!
Él quiere hablarnos de nosotros mismos, quiere platicarnos de los sentimientos que encierra en sus cajones.
Hay quien lo escucha a menudo.
Hay quien rara vez lo escucha.
Y quien lo escucha solo una vez.
Por eso es conveniente ya tarde, en la noche, cuando todo está  en silencio, escuchar al pájaro del alma que habita en nuestro interior, hondo, muy hondo, dentro del cuerpo."   Autor: Mijael Snunit
Un abrazo grande para los/as que sufren por sentir rechazo hacia sus hijos y mi sincero deseo de que reencuentren la paz interior a través de su búsqueda de emociones como primer paso para liberarse de las cadenas que le impiden amar como quisieran.

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