Recurrir a los clásicos es sin
duda una fuente inestimable de conocimiento en este apasionante aprendizaje
sobre la resiliencia infantil. Y en esta ocasión toca uno de los grandes con
mayúsculas: Boris Cyrulnik. Su experiencia y formación como neurólogo,
psiquiatra, psicoanalista y etólogo y su propia historia de vida le convierten
en todo un tótem de la resiliencia, dejando un legado al mundo con sus escritos
que no dejan a nadie indiferente.
En esta entrada comparto con
vosotros la contribución que este magnífico representante de la resiliencia realiza
en el libro “El realismo de la esperanza”, de la Editorial Gedisa.
Una de las metáforas que más se asocian con este autor y que aquí aparece es la de la resiliencia como un tejido vincular, como un jersey que se está continuamente tricotando a través de las relaciones que se establecen con los otros.
Una de las metáforas que más se asocian con este autor y que aquí aparece es la de la resiliencia como un tejido vincular, como un jersey que se está continuamente tricotando a través de las relaciones que se establecen con los otros.
Si me paro a recordar cuando yo aprendí
a tejer con dos agujas, recuerdo lo difícil que resultaba hacer la primera
fila. Primero se agarraba una de las agujas con la mano izquierda (los que somos diestros) pero para
ello había que tener suficiente firmeza para sostenerla, pero al mismo tiempo una
cierta flexibilidad para moverla al son que marcaba la mano derecha. Con ésta, se
agarraba el hilo dejándolo pasar entre dos dedos acercándolo a la aguja y
trabando un nudo que quedaba sujeto firmemente a la misma, y así sucesivamente
hasta que se completaban uno a uno los nudos que se consideraban necesarios
para comenzar la obra.
Después de ello venía lo más complicado: comenzar la
primera “vuelta”. La dureza de cruzar una aguja con otra y pasar la hebra entre
ellas es al principio complicada, porque se está tejiendo la base del jersey y se han de adaptar los elementos y la relación que entre ellos comienza a establecerse, pero
una vez que se ha gestado esta primera etapa se inicia un baile, aguja con aguja,
haciendo girar la hebra al ritmo que marca la destreza de las manos y el
entusiasmo que quien lo realice pone en ello. Algo muy parecido a la
danza afectiva que se establece entre el bebé y sus padres, a la melodía que
marcan las conductas de apego y las respuestas sensibles de los cuidadores, que
van haciendo anudar una relación que favorece la resiliencia. Al principio, padre
y madre afrontan una labor que necesita acoplarse mano con mano, aguja con
aguja. Después...la obra ha comenzado y se desarrolla según sus particularidades dependiendo del grosor del hilo, del tipo de punto que se emplee, de la habilidad de los tejedores...
¿Cuando comienza a construirse la resiliencia?
En palabras de Cyrulnik: “La
resiliencia del niño se construye en la relación con el otro, mediante una
“labor de punto” que teje el vínculo. La comunicación
intrauterina, la seguridad afectiva
desde los primeros meses de la vida y, más tarde, la interpretación que da el niño a los acontecimientos son otros
tantos elementos que favorecen la resiliencia.” Es por ello que conceptos como
resiliencia, apego y competencia parental están tan fuertemente unidos. Podemos
decir por tanto que la resiliencia infantil comienza a desarrollarse antes
incluso de que el niño o la niña nazca, con esa comunicación sensorial, que conlleva
un contacto imaginario que se forja a través de las propias expectativas
maternas y paternas que se tiene sobre él o ella, así como de las
circunstancias que rodean a la llegada de este nuevo ser. Una vez que nace, es
la base de seguridad que suponen para el niño o la niña las figuras de apego lo
que irá fortaleciendo a su vez su interés por el mundo, por descubrir más allá
de su yo. La formación de un apego seguro va a influir positivamente en la percepción que tenga de sí
mismo, de los demás y de la relación, es decir, de la interpretación de su
mundo y sus vivencias (lo que comentábamos en otra entrada de este blog que se
conocía como modelo interno de trabajo).
Boris hace referencia también en
este libro a los determinantes genéticos como el temperamento (que a diferencia
del carácter es el legado biológico) bajo la premisa de que lo importante no es
la distinción entre innato/adquirido sino la relación que se establece entre
ambos. O lo que es lo mismo, la relación que el adulto establece con el niño o
la niña la equipara en base a la siguiente metáfora:
“El temperamento designa el modo
en que los bebés traban relación con un tutor, con una mano tendida, con una
palabra, con la estructura sensorial que les rodea y que les ayuda a
desarrollarse en tal o cual dirección. Esta es la razón de que me permita
establecer una analogía entre el temperamento y un jersey”…“Regresemos a la
metáfora del jersey, que consiste en decir que un niño solo no tiene ninguna
oportunidad de desarrollarse, que un niño herido y solo no tiene ninguna
oportunidad de convertirse en resiliente. Es preciso que, antes del hecho traumático,
haya quedado grabado en el fondo de su memoria algo que haya creado una
estabilidad interna que le permita hacer frente al encontronazo y reanimarse
después. Es preciso que unos cuantos tutores
de desarrollo ofrezcan al niño “hecho pedazos” la posibilidad de trabajar
ese acontecimiento traumático, primero en la esfera sensorial, antes de los
primeros 15 o 20 meses, y más tarde en la esfera verbal. Después, deberá
representárselo en su discurso íntimo, en su identidad narrativa, y sobre todo
en el discurso social, con el fin de favorecer el proceso de resiliencia.” El temperamento del bebé va a tener un papel importante en la respuesta del adulto. Y a su vez sobre ésta intervienen otros factores, pero lo que está claro, muy claro, es que la resiliencia no surge por sí sóla, sino que, incluso en los casos en los que aparecen acontecimientos traumáticos, se precisa una mínima base de estabilidad interna para que el niño pueda dasarrollar sus factores resilientes. La representación que el niño o niña hace sobre esos acontecimientos traumáticos no va a ser siempre fácil, principalmente si éstos ocurrieron en la fase preverbal en la que no puede utilizar el lenguaje para interpretar lo ocurrido, además de darse una mayor afectacion en su desarrollo en otras áreas. De ahí la importancia de los primeros años.
Habla Cyrulnik asimismo de una ecología afectiva en la cual va
a desarrollarse el niño y que está muy influenciada por las historias del padre
y de la madre en tanto que sus actitudes y modos de expresar afectos están a su
vez condicionadas con sus propias vivencias:
Para Boris la burbuja sensorial del bebé se va formando con las representaciones mentales de los padres y las conductas que llevan a cabo en base a ellas, llenando así de significados el entorno. Una madre que ha vivido la maternidad como una responsabilidad enorme en un el momento de su vida en el que atraviesa una depresión posiblemente tiene una representación mental de ello del tipo "no puedo cuidarte bien", transmitiendo al bebé un mensaje que no facilita la resiliencia.
Los niños necesitan una atmósfera sensorial pautada y consistente para poder regular y estabilizar su mundo interior. Estas pautas y los rituales que se organizan constituyen uno de los organizadores primarios de resiliencia, dan estructura y orden. Cuando estos comienzan a desarrollarse, la existencia de otras personas permiten al bebé reconocer que hay otras fuentes de satisfacción y protección disponibles y con ello descubrir nuevos vínculos afectivos que facilitan la promoción de la resiliencia.
Pero…¿y si el jersey tiene jirones, se engancha, se rompe la hebra afectiva o aparecen nudos difíciles de quitar? En este caso, Cyrulnik habla de la posibilidad de transformación del acontecimiento traumático en vergüenza u orgullo a partir de las relaciones del niño o la niña con su entorno y el mensaje que desde éste recibe:
"Comprender los mecanismos de la agresión puede ayudarnos a comprender los mecanismos de la reparación. Desde luego, el niño conservará probablemente una huella cerebral, pero la plasticidad del cerebro es tal que este problema puede compensarse. Más tarde, entre los 3 y 7 años, el dominio del lenguaje permitirá que el niño habite una identidad narrativa: “Yo soy el que, o la que, ha padecido este descalabro en su vida”.Los mecanismos de resiliencia dependerán entonces del discurso que el niño haya hecho sobre sí mismo. Puede suceder que el descalabro quede transformado en vergüenza: “siento vergüenza por haber conocido este hecho traumático cuando era niño”. Se producirá una divergencia en la personalidad, el niño funcionará con una parte aparentemente sana de la personalidad, conservando al mismo tiempo un sufrimiento secreto durante toda su vida.
Sin embargo, esta reacción no es inevitable, ya que basta con que el discurso social cambie para que la vergüenza deje paso al orgullo. En esas condiciones, la divergencia desaparece en algunas semanas, o en algunos meses, y el jovencito o jovencita vuelven a estar “enteros” y afirman: “Consigo que me quieran por la totalidad de lo que soy”. Se observan entonces unas reanudaciones de desarrollo maravillosas, lo que ya no tiene nada que ver con la biología. Esta transformación viene provocada por el discurso íntimo de la persona y como consecuencia del efecto del discurso social”.
Cuando el discurso social y el discurso íntimo se funden dan paso a la autoimagen del niño o la niña, al concepto que de sí mismo y de su vida tiene. Cuando lo que le reflejan los otros es una representación de persona valiosa, con cualidades que no tienen por qué ser necesariamente acotadas al éxito escolar (aunque no le resto importancia al mismo), cuando le hacen sentir una alguien digna de ser querido y capaz de amar, y cuando confían incondicionalmente en él o ella como persona aunque su conducta a veces no sea adecuada, la narrativa de sí mismo comienza a cambiar y con ello aumenta su capacidad de vincularse con otras personas que le acompañen en este continuo ir tejiendo su vida.
Etiquetas si, pero positivas. Amable, simpático, generoso, gracioso, honrado, fuerte, valiente, resiliente....
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