"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"
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jueves, 20 de noviembre de 2014

El Pequeño Rey (o lo que es igual, el retorno de El Principito)

Pocos niños son tan conocidos en la literatura como el personaje creado por Saint-Exupéry, El Principito, ese pequeño y entrañable ser que un día surgió de la nada y más tarde desapareció sin dejar rastro pero dejando sin embargo una huella emocional en quien tuvo la oportunidad de conocerle, ese aviador que le encontró. La gran mayoría hemos tenido la oportunidad de leer este libro, convertido hace tiempo en texto de obligada lectura, y nos emocionamos con sus cortas pero intensas páginas.


Hoy 20 de noviembre de 2014, Día Universal de los Derechos de la Infancia, ha pasado mucho tiempo desde que nació este pequeño gran príncipe en su primera edición en 1946, y si retornara seguramente lo haría ya convertido en un Pequeño Rey, habiendo abandonado con el paso del tiempo la ingenuidad y la inocencia que solo la niñez hacen surgir. Me pregunto cuáles serían ahora sus incesantes preguntas, si continuaría ocupado cuidando de su rosa o si habrá inventado algo para impedir que los corderos se la coman. O por el contrario si el paso del tiempo, la adultez, le ha llevado a tener una visión diferente de la vida y se muestra apático y desmotivado por las cosas que antes le hacían vibrar. 

Decía Saint-Exupéry en la dedicatoria de su libro “Todas las personas grandes han sido niños antes (Pero pocas lo recuerdan)”. Y ese es el gran error que cometemos muchas veces. Quizás este Pequeño Rey retornado, convertido en adulto, respondería a ese cliché descrito por el autor cuando decía: “Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones”. Aunque prefiero pensar que hacerse mayor le sirvió para desprenderse de la etiqueta que al propio creador del personaje le limitó su expresión artística. Espero que haya podido desarrollar su talento para ser pintor, y que ahora pueda pintar cuantas serpientes boas desee digiriendo elefantes sin tener que admitir que son sombreros para callar a los otros. 

Quisiera imaginarme al Pequeño Rey como ese adulto consciente, realista, sensible, pero también con ese  resto del niño que fue y que continúa siendo, como todos los mayores, por mucho que intentemos tapar.

La niñez, la infancia, es y debe ser la etapa más bonita de la vida, los pilares donde se asientan las historias futuras, donde se empiezan a construir proyectos de vida (¿quién no ha soñado de pequeño ser alguien a quien se admira?), donde se moldean las experiencias que van configurando a la persona social.  

Por eso, si de verdad regresa ese Pequeño Rey de la historia, quiero pedirle que se lleve consigo antes de marcharse otra vez una nota, dirigida a todos los mundos y planetas existentes. Una carta que represente a todos y cada uno de nosotros, los que por edad son niños/as y los que lo fuimos hace tiempo y aún conservamos lo importante, la esencia, lo esencial que no es visible a los ojos:

Me dirijo a ti, adulto que tienes bajo tu cuidado y protección a un niño o niña como yo. Seguramente no sepas nunca lo afortunado que eres de tener el más bello ejemplar de su especie, por mucho que puedas verle bajito/a, travieso/a, torpe y poco agraciado/a. Nadie como él o ella existe y por tanto, merecen protección y cuidados al tratarse de un ejemplar sin par. Dedícale todo tu amor y dedicación posibles porque solo así podrá desarrollarse de forma sana por dentro y por fuera. Puede que desarrolle espinas para protegerse al igual que pasó con la rosa de El Principito, y no has de verlo como una amenaza. Sólo con ellas puede defenderse de algunos peligros, pero tú, con cuidado, sabrás tocarle sin pincharte para apreciar su aroma.

Edúcale para que sepa respetar a los otros, pero para eso debes dar ejemplo: NUNCA le maltrates ni abandones cuando te necesite. Enséñale a tener su propia opinión de las cosas, a ser crítico/a, a ir formando su propia identidad. 

Atiende a sus señales (él o ella sabrá dártelas, solo has de estar atento), cubre sus necesidades cotidianas y aquellas otras que surgen en situaciones especiales. 

Facilítale que aprenda a cuidar su cuerpo y su mente para que tengan una evolución positiva y pueda sentirse orgullo/a de sí mismo/o y de tí. 

Transmítele el valor de la familia, lo importante de sentirse que pertenece a un grupo que le quiere y que le cuida. Y sobre todo, no se te olvide nunca que el principal derecho que tiene un niño o niña es, precisamente eso, ser, actuar, y sentir como un niño o niña”.

Lo que embellece el desierto-dijo El Principito-es que esconde un pozo en cualquier parte”.

Ójala los adultos tengamos la sensibilidad necesaria de encontrar en cada niño o niña su riqueza interior.


¡Feliz Día de los Derechos de la Infancia!

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