"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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martes, 21 de julio de 2015

Recalculando ruta

“Como decíamos ayer…” . Permitidme que irónicamente comience esta entrada emulando a Fray Luis de León quien, tras cinco años de encarcelamiento, retomó las clases con sus alumnos diciendo estas mismas palabras. Y no es que aspire a equipararme con este religioso humanista, ni que mi ausencia haya sido (afortunadamente) tan larga. Me basta con haberme sentido al igual que él encarcelada pero… del tiempo y las tareas. Mes y medio alejada del blog, de responder a mensajes, de leer por gusto, de disfrutar haciendo lo que me apetece en lugar de “lo que tengo que hacer” (o mejor dicho, además de lo que tengo que hacer) debido a una sobrecarga extra en mi trabajo en la universidad junto con el resto de trabajos habituales, ha tenido un efecto en mí que hoy quiero compartir para calentar motores y retomar  la marcha.

Lo bueno que tiene parar un poco es que tomas perspectiva, algo difícil de lograr cuando vas viendo pasar kilómetros y kilómetros en este tren de la vida. A veces hacemos cosas sin darnos cuenta, por inercia, o por “improvisación” como digo yo a menudo cuando me refiero a lo difícil que es compaginar la parte técnica, con la administrativa, con la relacional, con la gestora de emociones propias y ajenas. 

Pero llega un punto en el que es imposible seguir con todo al mismo ritmo y entonces, una tachuela del destino ¡¡plaff! te invita amablemente a parar para cambiar la rueda. El tema está en que cuando la cambias y miras nuevamente al horizonte te das cuenta que has perdido la ruta. Y entonces sacas tu GPS. Pero como ahora son tan modernos estos aparatos, te encuentras que al activarlo te dicen no sólo que marques tu destino, sino que elijas la ruta más corta, la más rápida o la más económica. Y entonces ya no tienes un problema que es haber parado, sino dos…has parado y necesitas recalcular la ruta y elegir una de ellas.

No, no he pensado dejar el blog (es mi válvula resiliente). Tampoco puedo dejar mis trabajos que no solo me reportan dinero sino además muchas bonificaciones afectivas y aprendizaje experiencial. ¿y entonces? Pues me he dado cuenta en primera persona que en función de mi situación personal-profesional las coordenadas en mi propio mapa habían ido modificándose en base a las situaciones del terreno por el que circulaba sin que yo me diera cuenta, de ahí mi desorientación al parar. Me explico. Estoy habituada a ir poniendo a prueba el motor continuamente, con períodos en los que acelero más y parece que llegue a todos los sitios conservando intacto el peinado a pesar de la velocidad. Además, llegar a la meta tiene sus ventajas: satisfacción personal, reconocimiento y elogios externos, ganas de continuar el tour. Pero el coste es que vas tan rápido que no te paras a observar otras cosas igualmente importantes pero no perceptibles cuando estás en marcha. Por eso, tienes que levantar la vista dos veces para ver bien y saber seguir, pero apreciando las señales del camino.

La primera, la que te indica las renuncias que conlleva llegar a tanto, como por ejemplo, disfrutar más a menudo con “conciencia plena” de las personas que quieres.  Sentarse en el sofá, ir de compras, pasear, no hacer nada que no sea estar y ser (madre, esposa, amiga….). Siempre decimos esa socorrida frase que dice que no importa la cantidad del tiempo que se pasa en familia sino la calidad. Yo empiezo a dudar de la misma. La familia es una inversión y como tal hay que cuidar su capital, reinvertir, recoger beneficios, arriesgarse también pero con la garantía de avales tan potentes como la cohesión, la comunicación, el sentimiento de pertenencia, los rituales, los afectos. Y para eso hace falta tiempo además de calidad.



La segunda señal que puedes observar cuando paras son tus propias reacciones. Al principio de inquietud por no llegar a los objetivos. "Quiero escribir una entrada pero no tengo tiempo, he de priorizar en cinco o seis cosas que van primero"…y eso un día y otro y otro. Luego la inquietud da paso al enfado porque intentamos buscar responsables que tengan la culpa de lo que nos pasa o de lo que no podemos hacer. Del enfado se pasa a la desidia. “Bueno, pues si no puedo, ¿qué puedo hacer?". El problema es cuando de ahí se pasa a la resignación pero sin plantearte metas. Importante tomar conciencia que se acabará algún día la limitación temporal, hay que confiar en uno mismo para salir airoso de una parada y que no se note apenas. Perseverancia, paciencia, esperanza, templanza.

Y finalmente la tercera señal, lo que yo en ocasiones digo: aprender lo bueno de lo malo. ¿qué es eso? Pues que todas las situaciones incluso las más estresantes, reportan aprendizajes, no solo de contenidos, sino también de formas de actuación. No volvemos al mismo lugar del que partimos antes de la dificultad, nos fortalecemos pero además crecemos. Y no sólo eso. Como yo interprete lo que me pasa y por lo que paso puede modificar lo que viene a continuación.     


Si traduzco todo lo anterior tenemos que en el último mes y medio la adversidad en forma de tsunami laboral me ha permitido poner a prueba las tres claves que dice Cyrunik: disposición de recursos externos (mi familia principalmente, de la que he disfrutado, y mucho, pese a la adversidad y en la que pienso seguir invirtiendo), adquisición de recursos internos (introspección, reconocimiento de mis propias emociones y sobre todo, la confrontación con las mismas que me ha posibilitado darme permiso a experimentar todas ellas como parte integrada de mi propia persona sin que por ello me sienta mal), y sentido (creo haber aprendido a ser mejor profesora con mis alumnos porque las circunstancias me han forzado a ello en estas semanas, luego no me puedo quejar sino más bien agradecer el aprender a enseñar a hacer mejor sus trabajos).

Y entonces ahora que ya ha pasado todo ¿qué ruta tomo? ¿la rápida, la económica o la corta?. Pues cuando deje de escribir esto recalcularé nuevamente hacia dónde voy sabiendo que en cada destino la elección va a depender de mí pero también del camino a recorrer. Y habrá ocasiones en las que tendré que seguir corriendo por la ruta rápida pero aprendiendo de mi experiencia para no tener sustos, otras en las que tendré que ir más despacio y con ello mi consumo personal resultará más barato, es decir, el coste podrá ser asequible…y otras en las que tendré que decidir saltarme paradas en el camino diciendo que no a veces para que la ruta resulte corta y más llevadera.


Para seguir mi camino lanzo una pregunta ¿Cómo aplicar esta metáfora de las rutas en las relaciones familiares padres-hijos?

martes, 16 de julio de 2013

Porque en ti yo creo...

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta me tuvo entre sus brazos.”
Así decían unos versos de Pablo Neruda (salvando la cursiva que he cambiado yo de pronombre) y que me resuenan esta tarde en la cabeza una y otra vez recordando, sin querer, de manera inconsciente, las historias recientes de los chicos y chicas con los que he trabajado estos días. 
Y es que ser profesional no me exime de tener emociones, de sentir como sienten.
Esta no es una entrada triste aunque pudiera parecerlo. Es más bien una entrada más personal que pretende transmitir esperanza, confianza.
Cada día aprendo cosas nuevas con ellos y ellas. Me aportan ideas, secretos, ilusiones, preocupaciones…pero sobre todo, formas de vivir la vida que les permite estar, ser y adaptarse a su realidad.
Es sorprendente cómo después de soportar tanto sufrimiento aún siguen confiando en los adultos. O cómo son capaces de perdonar el daño que han recibido porque viene de personas tan importantes para ellos que no pueden soportar tener sentimientos negativos.
Me llevo a casa como si fueran tesoros las metáforas que comparten conmigo, porque SI, son capaces -aunque no lo creamos- de pensar en sus vidas mirándose en espejos que no siempre son tan nítidos y limpios como debieran ser y que recogen imágenes de ellos deformadas, distorsionadas. 
 Y sin embargo, esas vidas tristes de las que podrían escribir infinidad de versos tristes pensando en esa madre que un día los tuvo en brazos y no pudo o supo cuidarle bien, en esa madre a la que a pesar de sus incompetencias quieren y necesitan sentirse por ella querid@s, están ahí. Historias que están haciendo mella en sus vidas, devolviéndoles a golpe de emoción los recuerdos que su memoria implícita no pueden borrar y que no son capaces de entender. Impidiéndoles tener unas relaciones con los otros cargadas de momentos grises que empañan el espejo y les devuelven una imagen de sí poco nítida.
Menos mal que los reflejos de luz que en algunos tramos entran les permiten ver en ese espejo que no están solos, que aparecen junto a él/ella otras personas que saben mirarle en su esencia, sin borrones ni distorsiones. Son capaces de reconocer a esas personas y de agradecer, con una sonrisa,con un gesto,con una mirada cómplice, que se sienten sentidos.
Hoy he aprendido una nueva metáfora que aplico a cómo me siento escribiendo esta entrada y que viene a ser cómo me encuentro estos días (¡es lo que tiene ser humana!). Al pensar en ellos parece que en mi cabeza hay una macedonia de emociones.

Se entremezclan emociones agridulces y amargas como la rabia y la tristeza por lo injusto de sus vidas, pero también emociones frescas como la alegría, o emociones dulces como la ternura que me despiertan, o emociones intensas de larga duración como la esperanza y la fortaleza que demuestran.
A todos ellos y ellas, sea cual sea su edad, su historia, sus dificultades, sus etiquetas…les quisiera decir:
Creo en ti…aunque tu conducta no sea la más adecuada, sé que no sabes explicar de otro modo cómo te sientes.
Creo en ti…porque detrás de ese traje de tipo duro o de chica fuerte se esconde un corazón herido que necesita que le abracen y le quieran.
Creo en ti…por mucho que continúes robando o mintiendo o quizás devorando comida con atracones, porque sé que solo quieres coger lo que no tuviste, la nutrición afectiva que te faltó.
Creo en ti… sin que tengas para ello que demostrarme con halagos excesivos o palabras que piensas que yo quiero oír que existes y que te tengo presente.
Creo en ti… aún en tus peores momentos, en los que tus emociones sobrepasan tu capacidad para poder ser integradas, e intentas huir desesperadamente de ti y tu historia con conductas autolesivas.
Creo en ti… porque crees en mí y me abres tu mundo para pasear por él buscando tesoros en ti mis@ y en los otros que te den bienestar y te quiten sufrimiento.

Por eso, aunque mi macedonia emocional me trae a la memoria los versos del principio...”puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, las frutas de la resiliencia me llevan a compartir contigo este otro poema de Mario Benedetti:
"No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo.
Aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo, correr los escombros, y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto. Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas, quitar los cerrojos, abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar un canto,
bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero."
 









domingo, 16 de junio de 2013

Resiliencia infantil y divorcio. Viviendo entre dos mares.

La separación o divorcio de los padres pueden ser considerados como una adversidad principalmente para los hijos por el componente de pérdida que conlleva unido a sentimientos y emociones difíciles de entender y asimilar (algunos de ellos ambivalentes). El psiquiatra Luis Rojas Marcos señala en su libro Superar la adversidad que "ningún niño está emocionalmente preparado para afrontar la separación de sus padres y, excepto criaturas que son víctimas de malos tratos o abusos continuados, muy pocos ven en la ruptura una segunda oportunidad".
 
Sin embargo, no es tanto el divorcio en sí mismo lo que puede provocar mayor afectación a los niños, sino la situación emocional asociada al mismo, principalmente el conflicto entre los padres antes, durante y después del divorcio propiamente dicho. 
 
Existen investigaciones que señalan que el factor más importante que determina cómo afecta el divorcio a un niño es:
- cómo los padres gestionen emocionalmente su ruptura
-si mantienen o no una buena cooperación como padres
-y de qué forma ayudan (o dificultan) a sus hijos en el proceso, tanto en el momento de comunicar a los hijos su decisión como en todo el reajuste familiar posterior.

No es fácil para los niños y niñas ni resulta algo pasajero. Recuerdo el caso de un adolescente que después de una separación desde hacía ¡8 años! seguía soñando despierto que sus padres iban a volver a estar juntos pese al conflicto descomunal que desde entonces arrastraban... Y no era el único. Este pensamiento casi "mágico" (por lo dificil de conseguir) es algo que acompaña la narrativa de muchos chicos y chicas de padres separados con los que he trabajado.
 
Quizás los cambios "espaciales" en cuanto a lo de tener dos casas o el cambio de colegio si hay traslado a otro municipio son los menos importantes. Los asuntos realmente difíciles de entender y asimilar son principalmente de otra índole. Algunas de las tareas que tienen que debe lograr un niño cuyos padres se han separado son:

- Lidiar con sus sentimientos de pérdida, de tristeza, impotencia y rabia hacia sus padres.

- Entender la ruptura marital, abandonando sus fantasías de restauración del matrimonio.

- Aprender a relacionarse de un nuevo modo con cada uno de sus padres.

-  Restablecer un sentimiento de ser amado y poder amar sin miedo a la pérdida.

A ello habría que sumar otras emociones y estados como la negación, el miedo, la culpabilidad, la inseguridad,  la regresión, etc. asociadas a la pérdida que puede suponer la separación o el divorcio de los padres.

No todos los niños y niñas van a reaccionar igual ante una situación de separación o divorcio ni necesariamente tendrán que vivirlo como algo negativo. Los factores de resiliencia infantil, el modo en cómo van a atravesar esa situación, van a tener que ver con características personales y evolutivas (como la edad en que tiene lugar), con la respuesta del entorno, con la existencia de tutores de resiliencia que pueden contribuir a que el impacto sea menor y más rápida y adaptativa la asimilación de su nueva realidad (los papás y mamás pueden estar demasiado ocupados en sus conflictos desatendiendo parcialmente sus responsabilidades parentales y marentales) , pero también al sentido que le van a otorgar los propios menores a la situación y lo que viene detrás de ella.
Y ese sentido viene dado por lo que representa para ellos este cambio en su vida. En algunos casos viven la separación con alivio, aunque no lo manifiesten por el conflicto de lealtades lógico. Paulino Castells los llama los “hijos del suspiro”  a quienes se les escapa un profundo suspiro de alivio cuando se les pregunta cómo están en casa después de que se han separado sus padres. "Son los hijos del conflicto en su más alto grado de  virulencia. A los que el dulce hogar se les convirtió en un espantoso infierno.” 


Los niños son espectadores pasivos (y en algunos casos activos) del desgaste afectivo y relacional de sus padres y pueden vivir el proceso de separación y/o divorcio como vivir entre dos mares. Dos mares en los que el conflicto de los adultos se transforma en potentes olas que chocan de lleno en la afectividad y emocionalidad de los hijos.

Mark Beyebach (Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca) siguiendo la clasificación que recogen Encarna Fernández Ros y Carmen Godoy Fernández (autoras del libro Los niños ante el divorcio, 2002), y añadiendo alguna más, describe diferentes posiciones perturbadoras y patógenas en las que a menudo se encuentran los menores tras una separación y también antes y durante la misma (a continuación recojo textualmente las descripciones pues no hay párrafo que tenga desperdicio):
1.      El niño escindido
A menudo los hijos de padres divorciados se ven obligados a actuar ante cada progenitor (y a veces también ante la familia de éste) como si el otro no existiese. El adulto, dolido por la separación, ha decidido actuar como si su ex cónyuge no existiera y ha transmitido esta exigencia a su hijo. Así, la niña no se siente libre de enseñar a su padre las fotos de su cumpleaños en las que aparece su madre; el hijo esconde en un cajón el libro que el padre le ha regalado; o los hijos no se atreven a tener en su habitación fotos del progenitor no custodio. En definitiva, el menor no ha recibido el “permiso psicológico”  (Fernández Ros y Godoy Fernández, 2002) de un progenitor para relacionarse libremente y querer al otro. El resultado es que no se siente aceptado en su totalidad, por cuanto tiene que ocultar una parte importante de su vida a sus seres queridos, con el efecto de minar su autoestima y su seguridad personal.
2.      El niño mensajero
Es probablemente una de las posiciones más habituales. Los progenitores recurren al hijo para comunicarse entre ellos.  “Dile a tu madre que no puedo recogerte mañana a las 6, que vendré a las 9”, “Dice mamá que está harta de que no laves mi ropa cuando estoy contigo” o “Mamá dice que si no le pasas la pensión esta semana no vengas a recogerme el viernes” son formas muy desafortunadas de eludir la necesaria comunicación entre los padres y de implicar al hijo en el conflicto post-divorcio. Tienden a generar en el menor una gran ansiedad, especialmente cuando los mensajes que se ve obligado a transmitir son de índole más emocional y más críticos. En otros casos, el menor puede valerse de su posición de mensajero para manipular a los padres modificando u omitiendo ciertos mensajes. En este caso, el efecto negativo sobre el menor deriva del exceso de poder que se le proporciona.
3.      El niño espía
Es un grado más del niño mensajero. Aquí, uno o ambos progenitores se valen del menor para averiguar detalles de la vida de su expareja, a menudo incluso sobre detalles íntimos (“¿Cómo está con su nuevo novio? ¿Se besan mucho?” “¿Hasta qué hora salió él por la noche? ¿Sabes con quién estaba?”). El niño se ve colocado en un conflicto de lealtades, especialmente cuando percibe que quien le sonsaca puede utilizar la información contra el otro progenitor, a nivel emocional o incluso a nivel legal. A menudo, la única escapatoria de esa posición es tratar de responder con evasivas o incluso negarse a contar nada a un progenitor sobre lo que hace con el otro. Aunque eso protege temporalmente al menor de tener que “traicionar” a uno de los padres, previsiblemente aumente la incertidumbre de quien le está preguntando y genere interrogatorios más intensos o más “disimulados”. La ansiedad, el mutismo y la desconfianza de los adultos son posibles resultados.
4.      El niño colchón
En este caso, el niño asume la responsabilidad de tratar de minimizar el conflicto entre sus padres, algo que probablemente ya intentaba hacer antes del divorcio: si el padre critica a la madre por algún descuido de ésta, tratará de defenderla “sin que se note” asumiendo él la culpa; si la madre critica al padre, hará lo propio para defenderle a él. Esta posición obliga al niño a una hipervigilancia constante, `pendiente siempre de no indisponer aún más a un progenitor contra el otro. Al final, es el niño quien, desde el punto de vista emocional, se lleva todos los golpes.
5.      El niño edredón
Nos gusta utilizar esta expresión para referirnos al niño parentalizado que trata de proteger, consolar, reconfortar… al progenitor al que percibe como más débil (y que a menudo está utilizando una posición de víctima precisamente para atraer al hijo). En algunos casos, el niño o la niña llegan a suplantar el papel del otro progenitor, actuando como pequeños “mariditos” o “mujercitas” que acompañan a la madre o al padre, asumen tareas domésticas inapropiadas para su edad, etc. (Fernández Ros y Godoy Fernández, 2002).  El  problema de esta posición es que da al menor un nivel de responsabilidad excesivo para su nivel de desarrollo (Minuchin, 1974), obligándole a veces a actuar como un “adulto en miniatura” en vez de seguir viviendo de acuerdo con su etapa de niño. La hiperresponsabilidad, la obsesividad y la ansiedad pueden ser el resultado. Si el niño no llega a la altura que se espera de él, se sentirá culpable.
6.      El niño bate de beisbol
Nos referimos con este calificativo al niño al que sus padres directamente utilizan como arma para agredir al ex cónyuge. Como el padre no está comprando la ropa que la madre cree que debe comprar a su hija, la madre no le mete en la maleta el disfraz para la fiesta del colegio. El padre se reafirma en su posición y la hija acaba yendo a la fiesta sin disfraz. En respuesta, la madre se niega a modificar el horario de visitas y la niña se pierde la siguiente fiesta en el colegio. El menor no sólo sale perjudicado a nivel práctico, sino que acaba aprendiendo que sus necesidades son relegadas en virtud de la pelea entre los adultos. El mensaje de “tú no importas” repercute en la autoestima y confianza del niño.
7.      El niño invisible
Se trata del menor que es ignorado por uno de sus progenitores, generalmente el no custodio, que básicamente abandona a su hijo. En la mayoría de los casos el abandono psicológico de un menor es, o bien consecuencia del desapego o la irresponsabilidad del padre no custodio, o bien el resultado del alejamiento al que le somete el progenitor custodio. Sin embargo, en el peor de los casos esta constelación puede ser un paso más de la situación anterior: un progenitor “castiga” a su ex pareja tomando la represalia de despreciar e ignorar al hijo o hijos de ambos. El menor que sufre las consecuencias suele ser precisamente el que está más aliado al progenitor custodio. También es posible que en este terreno se diriman juegos relacionales más complejos, en los que también puede intervenir la variable de género. Por ejemplo, el padre, aliado con su hijo de 10 años, le recoge a él para las visitas pero se niega a llevarse a la niña de 8, a la que percibe como la aliada de la madre.
8.      El subversivo subvencionado
En este caso, uno de los progenitores alienta y promueve la indisciplina, desobediencia e incluso agresividad del menor hacia el otro progenitor. La forma más habitual de este escenario es el de una madre custodia que ve su autoridad parental cuestionada por un hijo… al que su padre no sólo no controla, sino que anima en su enfrentamiento con la madre. Este tipo de configuración, que tampoco es inhabitual en familias intactas, resulta mucho más grave cuando hablamos de familias divorciadas, por cuanto es aún más difícil que los padres se pongan de acuerdo para controlar a sus hijos. El resultado suele ser hijos descontrolados, agresivos e incluso antisociales."
En todas estas posiciones relacionales existe un enorme SUFRIMIENTO en los niños y niñas. Y todas ellas son forma de poner a prueba la resiliencia infantil, de resistir situaciones insostenibles, de sacar fuerzas y esperanzas buscando una felicidad difícil de encontrar si no es a veces por parte de otros adultos significativos que les tienden una mano en este navegar entre mares contrariados.
Quizá la tarea más importante que tienen que realizar es aceptar que lo mejor es que ya no vivan juntos papá y mamá. Muchos de los esfuerzos que realizan los hacen con el fin de conseguir que vuelvan a estar juntos, al precio que sea. Y evitar este sufrimiento es en gran medida responsabilidad de los progenitores. De cómo ellos gestionen la información, emociones y actuaciones en todo el proceso de separación va a depender la adaptación realista y comprensiva de los niños y niñas a esta situación con la que han de aprender a convivir. En lugar de vivir entre dos mares confrontados, es mucho mejor enseñarles a vivir en "un único mar a rayas"...
El cuento que viene a continuación, El mar a rayas, de Susana Barragues Sáinz, de la Editorial A.Fortiori (2009) ayuda a entender a los  niños y niñas que es mejor que sus papás no vivan juntos. http://afortiori-bilbao.com/pdf/Textos_mar_a_rayas_castellano.pdf

 
Un mar donde reine la armonía y el respeto no tiene que ser necesariamente un lugar donde no haya diferencias. Lo importante es que las diferencias y las distancias sean suficientemente controladas por los adultos,para que así los niños y niñas puedan entender que muchas veces es mejor vivir separados sin que ello merme lo más mínimo el afecto y amor que papá y mamá sienten por ellos. Los niños no han de ser rompeolas de los conflictos parentales. Han de aprender a ser pequeños veleros que navegan en un mar a rayas que no pueden juntarse.
Espero que os guste el cuento y disfrutéis de su lectura. En el próximo post continuo con este tema tan interesante abordando otros aspectos relacionados con la resiliencia infantil y el divorcio.
¡Feliz semana!

lunes, 6 de mayo de 2013

Los niños del “diente de león” (o de cómo resulta que Winnie the Pooh era un oso resiliente)

No penséis que me ha dado un ataque viral y que ahora me dedico a etiquetar a diestro y siniestro a seres reales e imaginarios como resilientes después de estar dándole muchas vueltas a este tema. Y eso que si se analiza la literatura infantil está repleta de protagonistas resilientes que sobreviven en circunstancias terribles, como la pobre Blancanieves que tenía una madrastra perversa cuya maldad perseguía su muerte; o el pequeño Rey León al que la ambición de un tío paterno le dejó huérfano; o la infeliz Cenicienta que vivía con una madrastra y unas hermanas que la rechazaban y humillaban continuamente…

Lo de que Winnie the Pooh es resiliente ni siquiera lo he inventado yo. Lo dice Stefan Vanistendael autor de la famosa casita de la resiliencia (podéis leer sobre ella en la entrada ¡Manos a la obra…construimos resiliencia!), y uno de los autores de referencia en el tema, en un artículo en la Revista Monitor Educador nº 131 (2009).


Habla Vanistendael en dicho artículo de la metáfora empleada por los noruegos con aquellos niños que pueden desarrollarse bien a pesar de tener dificultades muy grandes en su vida a los que les ponen el nombre de los niños del ‘diente de león’. Esta es una planta muy familiar por encontrarse habitualmente en cualquier jardín y en las praderas de cualquier campo. Aunque su flor central es amarilla, al madurar da lugar al famoso molinillo de viento blanco, que todos hemos soplado alguna vez pidiendo un deseo. Resulta curioso cómo de una planta que puede desarrollarse pese a las circunstancias adversas de su entorno, surge este molinillo tan frágil como hermoso.
 
En este artículo que os comento escrito por Vanistendael no hay párrafo que tenga desperdicio. A continuación transcribo algunos de ellos (lo que no está en cursiva son comentarios míos):
 
"Las bases de la resiliencia se dejan curiosamente explicar muy bien con la ayuda de un héroe de muchos niños, Winnie the Pooh.  Su historia es imaginaria, para niños, pero sin embargo sería válida para los propios adultos.
 
Dejémonos guiar por Winnie por un instante, muy seriamente.  Parece que Winnie es un osezno solitario, sin familia conocida. Así como todo osezno debe tener padres, no sabemos si se ocuparon de él. Podría haber sido educado en una institución. Sabemos también que no es muy brillante. Winnie se plantea regularmente su falta de inteligencia, pero sin considerarse un desgraciado o caer en la depresión. Su gran amigo Christopher Robin lo quiere mucho, pero a veces trata a Winnie con negligencia. No es muy agradable. ¿Qué futuro hay para un pequeño osezno en estas condiciones?
 
Winnie siempre nos sorprende porque parece que le gusta su vida. Acepta los límites de su inteligencia. Le encanta inventar pequeñas canciones. En cada situación se plantea la pregunta: ¿qué puedo hacer? Y si piensa que necesita ayuda va a buscarla entre sus amigos. Es muy atento con otros animales del bosque donde vive y, en caso de equivocarse, a menudo es él quien encontrará una solución. Los expertos pueden preguntarse quién le ayuda a salir de tales situaciones. Está bien rodeado, pese a la ausencia de su familia. Una magnífica descripción del mandala de la resiliencia: iniciativa, introspección, creatividad, capacidad de relacionarse, moralidad, humor, independencia. ¿Qué dirían Wolin & Wolin los creadores de este mandala sobre este Winnie resiliente?

Su amigo Christopher cree en él y le ayuda. Le da tareas, ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles, desafíos ni demasiado duros ni demasiado ligeros. A veces Winnie y él deben descubrirlo juntos. Winnie está rodeado de animales que le quieren, cada uno a su manera. A Winnie le gusta participar en proyectos comunes, tiene sus pequeños placeres en la vida, como la miel y la leche condensada. Todo esto se puede concebir prácticamente como un mini tratado de resiliencia. ¿No os recuerda a Grotberg? “Yo tengo…Una o más personas dentro de mi grupo familiar en las que puedo confiar y que me aman sin condicionamientos, es decir, de forma incondicional; una o más personas fuera de mi entorno familiar en las que puedo confiar plenamente; personas que me alientan a ser independiente”… Vínculos afectivos y buen trato por parte de los que son importantes. ¡Miel que alimenta el corazón!
 
Hay muchos niños en dificultades - y también adultos - que nos dicen en cambio que una vida mejor es posible. La cuestión es: ¿qué podemos construir juntos, con el niño, y con su familia? Un niño, como todos nosotros, se crea en encuentros positivos que están en un marco formal y profesional, también en la red de amigos, de vecinos o de la familia. La importancia de la red social. Lo que mis amigos Sagra e Iñigo del Centro de Preservación Familiar llamarían experiencias cristalizadoras. La resiliencia es un concepto intersubjetivo, sólo puede nacer y desarrollarse en la relación con el prójimo...la importancia de los tutores de resiliencia.
 
Y como Winnie, hay un niño en todos nosotros, necesitamos por lo menos a una persona alrededor nuestro que quiera nuestro bien, que verdaderamente crea en nosotros, que nos acepte siempre, aunque hagamos tonterías y no esté de acuerdo con nuestro comportamiento.
 
Como Winnie, cada niño - y cada equipo – necesitará cosas positivas que le aten a la vida:

- proyectos,

- pequeños placeres creados,

- de la belleza,

- de indicaciones y normas,

- responsabilidades según sus posibilidades,

- el contacto con la naturaleza,

- las historias,

-  su propia historia…

Esto es lo que da una sensación de que tu vida tiene sentido. Este principio de sentido en la vida diaria no se debe descuidar. Está bien que este sentimiento esté rodeado de humor y amor, aunque con demasiada atención estos dos conceptos pueden destruir el fin buscado. La importancia de encontrar el sentido, que junto con los recursos internos y los recursos externos forman parte del modelo sináptico Romeu de la resiliencia (¿no, Javier?). Además, amor y humor en su justa medida, como acompañantes en la senda de la vida para encontrar un sentido o una resignificación.
 
Otros elementos que contribuyen a la resiliencia se incorporan sobre esta aceptación fundamental y sobre este descubrimiento de sentido: el aprendizaje de competencias, la estima de uno mismo, la alegría de vivir y el humor.
 
Todo esto no es verdaderamente revolucionario. Todos lo necesitamos, hasta en la vida ‘normal’. Pero ahora también sabemos que lo necesitamos especialmente en las situaciones difíciles. Esto supone que cambiemos nuestra visión sobre los niños, los adultos, la vida, que busquemos con inteligencia, con pasión, con paciencia, los puntos positivos que permiten construir algo por encima de los problemas. A su vez supone que nos neguemos a reducir a un niño a sus problemas. Un niño nunca es un problema. El niño tiene problemas. Separar la persona de la conducta, reconocer su valor, su dignidad. Alejarnos de visiones culpabilizadoras y focalizar la atención abriendo el objetivo, situando al niño en el centro de su entorno como ser capaz y con fortalezas, en lugar de acentuar sus debilidades o puntos débiles.
 
Este punto positivo puede ser pequeño e insignificante a nuestros ojos, pero para el niño puede significar mucho, como la miel para Winnie. En lugar de ver la vida como un taller donde hay que reparar averías y defectos, deberemos aprender a situarnos en la vida como un niño con elementos de una caja de construcción. Con posibilidades, con metas de crear una construcción resistente. Cada mirada de aprobación, cada gesto de cariño, cada palabra de elogio… constituyen el cemento que va uniendo esas piezas de edificación.

Por lo tanto, poco a poco la resiliencia nos invita a articular la esperanza y el realismo, de acuerdo con la hermosa fórmula del profesor alemán Friedrich Loesel. El realismo y la esperanza son la vida. Si falta el realismo, vivimos en peligrosas ilusiones; si falta la esperanza, podemos caer en la trampa del cinismo que ahoga a la vida.
 
El ‘diente de león’ crece en lugares sorprendentes e inesperados. Es como un símbolo de  realismo que se une con la esperanza.”  
 
Como habéis podido comprobar, todo un mini tratado de resiliencia infantil expuesto magistralmente por Vanistendael.
 
 
Y ahora soplemos todos imaginariamente uno de esos remolinos de diente de león y pidamos un deseo compartido: que el compromiso social de todos consiga mantener la ilusión y la esperanza de un mundo sensibilizado con la infancia.

 

martes, 16 de abril de 2013

Los niños y la muerte: Lo que piensan, lo que saben, lo que sienten


Quizás por la propia connotación que el tema de la muerte despierta en nuestra cultura, esta mañana cuando le comentaba a mi compañera el tema de mi siguiente post ella me comentaba con sorpresa si me atrevía a hablar de la muerte en la infancia. ¿No es eso hablar también de resiliencia infantil?¿Qué diferencia hay entre este y otros temas en los que se han de promover los recursos de los niños? Y es que hablar de este concepto no es habitual ni en los contextos familiares ni mucho menos en otros entornos educativos, ni siquiera divulgativos, …pese a que se trata de algo del que todos tenemos experiencia directa o indirecta.

Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos (2010):“ Por más que deseemos evitarlo, la realidad es que casi nadie se libra de sufrir alguna desgracia a lo largo de la vida. Según cuantifican varios estudios epidemiológicos, los habitantes de los países de Occidente no abandonan este mundo sin antes haber afrontado, por término medio, dos serias adversidades que pusieron en peligro su integridad física o mental. Ni siquiera los niños”. Distingue este psiquiatra entre desdichas comunes y desdichas excepcionales, situando la pérdida de un ser querido como una desdicha común que viene a ser uno de los “gajes desafortunados del oficio de existir”.

Y es que la muerte, a pesar de ser algo UNIVERSAL es un tema tabú, a pesar de que en TODAS las familias hace su aparición en algún momento, muchas veces cuando los niños o niñas son pequeños. De cómo vivan los padres el tema de la muerte va a  depender, en gran medida, la respuesta de los niños ante esta adversidad. La gestión que hagan antes, durante y después del evento que conlleva una pérdida va a influir de manera directa en que el niño o niña pueda desarrollar sus recursos resilientes…o que suponga un suceso traumático que conlleva una importante afectación emocional, conductual y relacional.

 

Yo reconozco que en mi caso no es precisamente un tema del que haya hablado siempre con facilidad posiblemente desde mi creencia remota de que hay que evitar el dolor, el propio y el ajeno. Recuerdo que el periquito que teníamos cuando mi hija era pequeña “se escapó volando por la puerta de la jaula para buscar amiguitos”. Y no volvió.

Más tarde el fallecimiento de un familiar muy cercano y querido de forma prematura fue vivido posteriormente sin grandes conversaciones, desde la resignación pero también desde el dolor contenido para que no sobrepasara la barrera de lo controlable, ya que había que evitar la emoción negativa que pudiera invadir a una niña que no podía apenas comprender por qué paso. Si no éramos capaces de hablar del periquito para evitar el sufrimiento, ahora...

Claro, que el no hablar de ello no significa que no haya ocurrido. Ni que los niños y niñas no tengan curiosidad y necesiten respuestas  a sus preguntas. Es más, muchas veces no es necesario que haya ocurrido alguna muerte en la familia o en su entorno para que dichas preguntas existan, al menos en su pensamiento. Ellos y ellas inventan sus propias historias sobre la vida y la muerte, unas veces de la mano del pensamiento mágico; otras de respuestas de otros que, como ellos, no disponen de las mejores explicaciones; y en algunos casos de las propias experiencias de terror que han podido experimentar autoculpándose por sentirse responsables de la muerte de algún familiar por su conducta.

Recuerdo a una adolescente que llevaba años arrastrando el fantasma de la culpa porque su mamá, años antes, se suicidó el día siguiente de haber tenido una fuerte discusión con ella. No  alcanzó nunca a entender que su madre tenía una depresión crónica que le llevó al fatídico final porque a esa edad no se entiende de depresión si no es que algún familiar te recoge, protege, explica y tranquiliza diciéndote que los niños no tienen culpa de la muerte de nadie, que es la enfermedad la responsable. Y ella no lo tuvo, nadie le explicó y acompañó en su duelo pues sus padres se encontraban separados y, añadido al dolor de la pérdida de su madre se sumó el dolor de la pérdida de sus amigos, de su colegio, de sus rutinas, al marcharse a vivir con un padre que hacía años la veía una vez cada quince días en los anteriores cuatro años a la muerte de su mamá.

La importancia de saber en este tema es algo incuestionable. Saber cómo viven los niños la muerte según la edad. Saber qué es lo esperable. Saber cómo hablar con ellos. Saber  ofrecerles un apoyo y afecto inconmensurables a pesar de las circunstancias. Saber dónde podemos saber más.


En este post quería presentaros una Guía muy útil, ahora o en un futuro, para todos aquellos que tienen niños. La Guía tiene por nombre Explícame qué ha pasado. Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños, está elaborada por Loreto Cid Egea, psicóloga y psicoterapeuta infantil, y ha sido editada por la Fundación Mario Losantos del Campo (2011).
 
 

Como dice la autora es de vital importancia saber cómo va adquiriendo el niño el concepto de muerte y de "estar muerto" a lo largo de su desarrollo evolutivo. Es importante saber qué entiende, qué se pregunta y con qué fantasea a cada edad, para poder ayudarle a que se aproxime a esta realidad de una manera veraz y menos angustiosa. Estar en duelo es doloroso, pero más doloroso y angustioso es estar en duelo y dejar que tus fantasías te aterroricen.

Algunas de las cosas que recoge la Guía y que son de sumo interés son:

·        Comprender la muerte requiere un proceso largo y emocional, porque saber no es lo mismo que asimilar lo que se sabe.

 
·        Todos los niños deberían comprender cuatro conceptos sobre la muerte:

 1.      Es UNIVERSAL. Todos los seres vivos mueren. ¿Cómo decirlo sin asustarles? De forma gradual y según lo que el niño pueda o no asimilar en el momento evolutivo en el que se encuentre. La muerte es un concepto que se va digiriendo poco a poco y que requiere de ciertas defensas para sobrellevarlo, pero en ningún caso debe explicarse con mentiras. La respuesta ha de ser asumible emocional y cognitivamente para el niño.
 
2.      Es IRREVERSIBLE. Cuando morimos no volvemos a estar vivos nunca. Es un estado permanente y no un estadio temporal. El duelo es un proceso doloroso que implica redefinir nuestros lazos con la persona que ha fallecido. Un primer paso esencial en este proceso es aceptar que la pérdida es permanente y definitiva. En los dibujos animados, en los videojuegos, se mueren solo un rato y esto deriva en una comprensión errónea.
 
3.      Todas las funciones vitales terminan completamente en el momento de la muerte. Cuando morimos el cuerpo ya no funciona. Esto no es fácil de comprender por los pequeños por su propia limitación cognitiva y emocional, y a veces por la explicación del adulto  (piensan que la persona que fallece sigue sintiendo como si estuviera dormida).
 
4.      Toda muerte tiene un porqué. Si no le damos una explicación de lo sucedido, elaborará su propia teoría dejándose llevar por el pensamiento mágico, lo cual puede generarle más angustia. Importante hacerle comprender que los pensamientos, los sentimientos de enfado, de rabia o de celos NUNCA pueden provocar la muerte. Cuidado con las metáforas: “El abuelito se ha quedado dormido y ya no va a despertar” puede provocar en el niño un gran temor  irse a la cama y a quedarse dormido; “Tu hermanita era buena y se ha ido al cielo, puede hacer sentir al niño mucha confusión sobre si portarse bien es bueno o malo. Por otra parte, hablarle de la parte espiritual de la muerte y de lo que significa para nosotros es necesario, pero no suficiente.

 
·        Los niños van a comprender y reaccionar de diferentes maneras ante la muerte, dependiendo de su edad, su momento evolutivo, sus experiencias vitales, su desarrollo cognitivo, su grado de madurez, su mundo emocional y su capacidad de conceptualizar.

 
·        Lo que los niños alcanzan a comprender de manera distintas en las distintas etapas de su desarrollo:
 
      Ø  Del bebé al niño de 2 años:

-        La muerte es sólo una palabra, no comprende su significado, pero al ir desarrollando la noción de pertenencia de objeto, son capaces de sentir la ausencia

-        Perciben los cambios en su entorno y sus rutinas

-        Son sensibles al estado de ánimo negativo de los cuidadores como consecuencia de la muerte de un ser querido.

 Ø  De los 3 a los 6 años:

-        Subjetividad y pensamiento mágico.

-        Muerte como estado temporal y reversible, semejante a ir a dormir o una forma de sueño.

-        Creen que la muerte es contagiosa y que otras personas de su entorno también pueden morir.

-        No comprenden aún la universalidad de la muerte. Piensan que ellos mismos o sus padres no van a morir.

-        Interpretan de forma literal cualquier explicación que le demos de la muerte.

 Ø  De los 6 a los 10 años:

-        Hacia el final de la etapa (9-10 años) ya son capaces de tener una noción completa de lo que significa verdaderamente morir. La muerte es definitiva e irreversible.

-        Hacia los 7 diferencian fantasía de la realidad. La muerte va siendo más real.

-        Pueden experimentar sentimientos de culpa creyendo que la muerte puede deberse a algo que ellos hayan dicho, hecho o pensado.

-        Pueden mostrar el deseo de asistir al funeral del familiar fallecido (es fundamental acompañarle y explicarle con antelación en qué consiste).

       Ø  De los 10 a los 13 años:

-        Son plenamente conscientes de su propia mortalidad y les puede producir inquietud.

-        Se muestran interesados por el más allá, así como por las creencias religiosas o culturales sobre la muerte.

-        Tienen mayor conciencia de los cambios que la muerte traerá a sus vidas y a su futuro.

-        Suelen mostrarse reacios a hablar de lo que piensan o sienten sobre la muerte.

        Ø  Los adolescentes:

-        Tienen plena conciencia de lo que significa la muerte y puede formarse tanto una explicación desde el punto de vista biológico y científico, como desde una perspectiva filosófica, ideológica o religiosa.

-        Teorizan sobre la muerte a medida que adquieren las capacidades para el pensamiento formal y abstracto.

-        Pueden negar su propia mortalidad a través de conductas de riesgo y provocaciones, o bien mostrar ansiedades hipocondríacas ante los cambios corporales que van sufriendo.

-        Importante integrar al adolescente en todos los ritos de despedida que vayan a tener lugar y ofrecerle la posibilidad de participar activamente en ellos.
 

·        Acerca de cómo comunicar la muerte de un ser querido:

-        La noticia de la muerte de un ser querido debe ser transmitida al niño lo antes posible y siempre por medio de una persona en la que confíe y sienta cercana, a ser posible sus propios padres.

-        Ninguna de las explicaciones que se den al niño o al adolescente tienen porqué darse “de golpe”: podemos ir haciéndolo poco a poco y siempre completándolo con las preguntas, dudas y observaciones que él mismo quiera hacer (deben saber siempre la VERDAD de lo sucedido, pero esta verdad debe abordarse en función de la capacidad cognitiva y emocional que el niño posea para poder comprenderla e integrarla).

-        La primera verdad que debe saber un niño es que la persona ha muerto y que nunca más volveremos a verla.

-        Siempre que sea conveniente, hay que asegurarse que el menor tenga claro que no es responsable de la muerte de su pariente.

-        Es importante brindarles seguridad y protección, especialmente a los niños más pequeños, para combatir su temor a que otro familiar cercano pueda morir.

-        En la medida de lo posible, hablarles y calmarles acerca de la continuidad de sus vidas: sus amigos, sus actividades, sus rutinas, sus juegos, sus cumpleaños…van a seguir como siempre. Ayudarles a que sientan seguro su mundo para que puedan elaborar adecuadamente el duelo, sin complicarlo con sentimientos añadidos de incertidumbre e intranquilidad por la situación futura y su estabilidad emocional.

-        Los niños necesitan compartir y escuchar de los demás que la persona fallecida siempre va a estar en nuestro corazón, en nuestros recuerdos y en nuestra memoria. No hablar del fallecido solo complica el duelo de los mayores y de los niños.

-        También necesitan aprender a expresar lo que sienten y, entre estos sentimientos, está el dolor por la muerte del ser querido. Si lloramos aprenden que llorar no es malo y que la tristeza aparece en forma de llanto.

 
·        El DUELO es el proceso emocional que atraviesa una persona tras sufrir algún tipo de pérdida. Hay que entender que el duelo es...

§  Un proceso normal, no una enfermedad. Además es esperable.

§  Un proceso dinámico, implica cambios en el estado físico, psicológico y social. Son normales los altibajos.

§  Un proceso íntimo, privado y a la vez social.

§  Un proceso activo que implica un trabajo personal.

 
·        La intensidad y duración del duelo depende de muchos factores: tipo de muerte (esperada o repentina, apacible o violenta), la intensidad del vínculo con el fallecido, el tipo de relación con la persona perdida (dependencia, conflictos, ambivalencia), la edad, etc.

 
·        Podemos decir que hemos completado un duelo cuando somos capaces de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en la vida y en los vivos.

 
Esto son sólo unas pinceladas de esta interesantísima obra elaborada por Loreto Cid. En la Guía aparecen desarrolladas además de las ideas anteriores otros aspectos muy interesantes como creencias erróneas sobre el duelo en los niños, las características de los procesos de duelo en la infancia, pautas de actuación ante el duelo en las distintas etapas, el niño que atraviesa un duelo en el aula, así como un listado con bibliografía recomendada para padres, profesores y niños según la edad.

 
En definitiva, toda una joya para leer ahora y guardarla en el kit de herramientas para cuando sea necesario desempolvar. O prestar.
 
El modo en cómo los adultos resuelven la pérdida de un ser querido ayuda a promover la resiliencia en los niños y que estos entiendan que la muerte es un suceso normativo que tiene lugar tarde o temprano en la vida de las personas. Si la vida es un proceso en el que se suceden etapas, una de ellas es la muerte. Si les preparamos para su primer día de colegio, para su primer partido de fútbol, para su primer campamento lejos de la familia ¿por qué no prepararles desde muy pequeños para algo que inevitablemente salpicará su vida tarde o temprano?

 

 

 

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