"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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jueves, 31 de diciembre de 2015

Encuentros con chispa: tutores de resiliencia

Era una noche estrellada y ahí, desde lo alto de un cometa, el Principito susurraba como en otras ocasiones: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”. Erguido como sólo él sabía hacerlo, miraba hacia abajo intentando vislumbrar el mayor número posible de niños y niñas que necesitaran consuelo, afecto y comprensión. Tenía un firme propósito para este Nuevo Año: un niño, un tutor de resiliencia. Se resistía a creer la idea tan frecuentemente escuchada de que aquel que nace en un entorno hostil o que ha pasado muchas penurias no podrá nunca ser feliz ni llevar una vida organizada. Por eso, desde lo más alto, dirigió el cometa en el que se desplazaba hasta la estrella Resilio haciéndolo chocar contra ella, lanzando así millones de chispas mágicas capaces de unir personas....(posible continuación de El Principito, espero me disculpe el autor, esté donde esté, por la osadía)

No hace falta tener unos enormes ojos para ver ni una gran boca con que hablar para crear relación, tan sólo la mera existencia de dos personas que se encuentran, se perciben y reconocen como tal, se "sienten" e inician un acto de comunicación que hace que mirada y voz se conviertan en mágicas llaves de esperanza. 

He podido sentir de niña – y a veces de más mayor- la conexión inexplicable con alguna persona con la que, de forma casi imperceptible, comencé a sentirme comprendida, aceptada, valorada. Basta una mirada, o unas pocas palabras que cubran la angustia o preocupación para comenzar la transformación.

En otras ocasiones, no pocas, me he encontrado al otro lado de la orilla. Entre sorprendida y asustada he escuchado muchas veces frases del tipo “aquello que me dijiste me hizo cambiar …”, “un día tú me aconsejaste…”, y quizás yo ni recuerde el día ni las palabras regaladas que tanto bien hicieron.


El poder de los encuentros es inconmensurable. Cuando tenemos como objeto de trabajo la relación de ayuda, no somos realmente conscientes de cuan importantes podemos ser para los otros. Y sin embargo, no es algo que elijamos, que podamos escoger a la carta para quienes vamos a ser referentes. Ha de mediar esa “chispa” capaz de hacer renacer la confianza en quienes la creían perdida, el afecto en quienes pensaban no sentirse dignos de amor, la belleza en terrenos áridos que tan solo estaban en barbecho esperando ser sembrados. Es posible sembrar esperanza, semilla de resiliencia.

No debemos olvidar que un buen campesino no lo es tanto si no dispone de herramientas apropiadas para labrar allí donde el desierto afectivo congeló la emoción, las inclemencias del tiempo dañaron la autoestima y los roedores dañinos rompieron raíces. Hace falta una mirada de aprecio para poder ver más allá del campo árido y visualizar un futuro esperanzador.

Una chispa es suficiente para encender el inicio de una relación que no necesariamente ha de ser terapéutica, tal vez incluso sea una relación puntual, un encuentro único que despierta en el otro una ilusión, un cambio, una meta. O puede ser un acompañamiento incondicional donde la aceptación y el respeto mutuo definen las reglas. Tal vez el verbo To be con su variabilidad de acepciones describa de la mejor forma lo que supone ser tutor de resiliencia: ser y estar al mismo tiempo. Ser auténtico estando disponible, permaneciendo. Valemos más por cómo somos que por lo que sabemos, pero sobre todo por lo que sentimos y hacemos sentir al otro. Las 3 "S": ser, saber, sentir. Todas ellas necesarias y presentes en los encuentros significativos.

Para aquel que dude del valor de estos encuentros según las investigaciones se sabe que las experiencias relacionales, las relaciones interpersonales, modelan la organización de las neuronas y por tanto la arquitectura cerebral. Dice Jorge Barudy (2010) que la mente infantil y luego la adulta emergen de la actividad cerebral, cuya estructura y función se encuentran modeladas por las relaciones interpersonales. La vida de las personas, incluso los patrones de apego, se van modificando en función de los encuentros interpersonales que se van teniendo.

De ahí la importancia que cobran las relaciones que se establecen con tutores de resiliencia. La revinculación afectiva con adultos que se convierten en importantes y confiables pueden suponer el inicio de un proceso de resiliencia. Un acompañamiento singular.

Acompañar es una preciosa palabra unida a la de tutor de resiliencia. En ese acompañamiento, si se establece un vínculo capaz de ofrecer seguridad y confianza, la relación puede tener un triple componente:
a) minimizador de riesgos
b) generador de aprendizajes para la vida 
c) transformador de patrones relacionales y conductuales

Y seguimos encontrando en nuestras vidas a lo largo del tiempo personas que se convierten en parte de nuestros gustos, aficiones, intereses y afectos. La vida ha puesto en mi camino muchas personas con las que me siento bien y me hacen sentir bien. Algunos forman parte de esos encuentros fabulosos que hacen posible reinventar una y otra vez la ilusión cuando las fuerzas flaquean, o consiguen despertar sonrisas que calman penas. Otras veces soy yo quien forma parte de la vida de las personas siendo una especie de faro en la tormenta, un atento silencio que escucha lamentos o simplemente alguien confiable. Muchas veces me asombra la rapidez con la que los niños y niñas comienzan a hablarme de sus preocupaciones como si nos conociéramos de siempre. Supongo que la chispa es más fácil encenderse en contextos seguros, con personas que transmiten seguridad. 

Si ayudamos, como decía nuestro particular Principito, a cada niño o niña a encontrar su estrella, a hacer brillar sus potencialidades, a creer en sí mismos mirando adelante por mucho que el pasado se empeñe en echarles la zancadilla, quizás, sólo quizás, podamos ser para ellos tutores de resiliencia. Y si no es así, al menos habrán merecido la pena nuestros esfuerzos.

Y hoy, en este día de Fin de Año, queremos celebrar conjuntamente que existen personas adultas capaces de brindar apoyo y afecto a niños y niñas con dificultad para vincularse. 

Quiero dar las gracias a José Luís Gonzalo Marrodán del blog Buenos tratos, a Sagrario Martín García e Iñigo Martínez de Mandojana Valle del blog Dando Vueltas y a Tatiana Cáseda Fernández e Iván Rodríguez Ibarra, compañeros y amigos todos ellos de esta “causa por los buenos tratos y las buenas prácticas” ya que me han brindado la oportunidad de participar en la elaboración de un documento muy valioso que surge tras la celebración de las II Conversaciones de apego y resiliencia infantil, celebradas el pasado mes de noviembre en Donosti bajo la dirección de José Luis y a las que no pude asistir (muy a mi pesar). 

Una muestra más de que para estar no es imprescindible la presencia física, de que la unión por algo que compartimos y en lo que creemos consigue sumar esfuerzos e intenciones como la publicación simultánea que en este día está teniendo lugar. Tres blogs hermanos que quieren lanzar un mensaje de esperanza al unísono recogido en un único documento que podéis encontrar en los blogs amigos de Buenos tratos y Dando Vueltas sobre vueltas o en el enlace https://goo.gl/ASjD5T (también pinchando en esta portada). Con ilusión, alegría y emoción queremos hacer llegar la voz de todos los que apostamos por los buenos tratos, de los niños, niñas y adolescentes que tienen brillantes sueños por cumplir pese a pasados oscuros, y de tantas y tantos tutores/as de resiliencia que con su labor van tejiendo afectos, recursos y metas. Todos iguales, todos diferentes, capaces de hacer surgir la magia al son de Bibidi Babidi Bu.


Para los que habéis llegado hasta el final, acabaremos el post de la misma forma que lo empezamos: 

Y allí, en la estrella fugaz desde donde viaja ahora el Principito, es posible divisar miles de chispas que en el Planeta Tierra unen personas de manera continuada. Nadie sabe de donde surgieron. Algunos miran para arriba pensando que algún meteorito hizo de las suyas encendiendo este fuego inocuo que cae en forma de lluvia. Otros piensan que un volcán dormido despertó lanzando lava y que los vientos del norte transportan a diferentes partes del mundo. Lo que sólo el Principito sabe es que esa chispa entre dos estuvo siempre en el interior de las personas y sólo el encuentro cara a cara posibilitó que salieran hacia afuera. Bastó una mirada, un gesto, una palabra, para que surgiera. Un encuentro con chispa que despertó las brasas de nuestra condición humana, nacidos para dar y recibir afecto, para ser seres sociales, para vincularse una y otra vez. En algún lugar del Planeta existe un tutor de resiliencia (o más de uno) para cada niño o niña, referentes de vida, y allí, desde lo alto, el Principito esboza una feliz sonrisa cuando al mirar hacia abajo descubre millones de chispas luminosas formando un bonito circuito de esperanza y oportunidades.

¡FELIZ 2016!


martes, 2 de junio de 2015

El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es

“El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es” dice Jorge Bucay. Eso es quizás lo que muchas veces olvidamos, casi sin darnos cuenta, muchos papás y mamás. Pensamos, sufrimos, anhelamos, idealizamos…todo aquello que tiene que ver con los/as hijos/as intentando escribir de nuevo con una pluma que no es la nuestra, sino la suya.

Recuerdo las veces que mi marido le decía a nuestra hija “tú estudiarás Medicina”, no una, ni dos, sino un montón de veces. Suerte que la Medicina y mi hija congeniaron bien y que ésta hizo grandes esfuerzos para lograr su estrella… y lo consiguió. Y hoy es la doctora más feliz del mundo siempre rodeada de libros y contando entusiamada situaciones emotivas y humanas que le llenan de gozo con sus pacientes. Pero, ¿y si no hubiera sido así?¿ Y si la Medicina no hubiera sido para ella (o ella para la Medicina)? ¿Y si no hubiera podido acabar sus estudios persiguiendo una meta que comenzó siendo, al menos compartida y muy ensalzada?

Quien tenga hijos y no haya soñado alguna vez su futuro que tire la primera piedra. Es más, ¿hay alguien exento de haber comparado sus éxitos personales, escolares y sociales con sus hijos? Soñar es bueno, siempre que seamos capaces de chascar los dedos y aterrizar en las posibilidades de los que aún necesitan crecer y desarrollarse. Y no solo las evidentes, sino también aquellas que no vemos aún porque son tesoros por descubrir.En el fondo, estaré siempre agradecida a mi marido que logró sembrar una semillita que abrió todo un mundo profesional a nuestra hija despertando en ella la confianza de que podría lograr su estrella. 


La otra cara de la moneda, la de los sueños rotos, o si lo queremos llamar mejor la de las esperanzas huecas, es la que leo en muchos de los emails que recibo, de padres y madres que rechazan a sus hijos, que no les aceptan como son, que se muestran exigentes pero desconfiados de sus posibilidades. En el fondo son padres y madres que sufren con sus sentimientos encontrados, no les gusta ser ni sentir así. Conocerse y conocer a sus hijos (además de reelaborar su historia, todos tenemos una historia, el pasado no determina pero influye), puede ser el primer paso para rellenar esperanzas e hilvanar sueños.

El otro día una compañera del trabajo me recomendó un libro que ha sido así mismo un descubrimiento y que quiero compartir con vosotros. Se titula “Descubriendo a Matías”, de la autora Claudia Bruna, editorial Alba. Ella es licenciada en Dirección y Administración de Empresas, y se formó en esto que ahora está tan de moda como es el coach, que consiste en algo así como en acompañar, instruir y entrenar a una persona o a un grupo de ellas, con el objetivo de conseguir alguna meta o de desarrollar habilidades específicas. 

El libro es distinto a los demás, muy práctico, todo lleno de actividades dirigidas a mayores para alcanzar logros en los pequeños. Algo así como un manual que permite, con poca (pero buena teoría) y mucha práctica, un mayor y mejor conocimiento de los hijos y de uno mismo.

Os adjunto el índice para ir haciendo boca:
  1. Efecto Pigmalión: el poder de creer en tu hijo
  2. Conexión: la puerta de entrada a la relación
  3. Escucha focalizada: una escucha más profunda
  4. Autoconocimiento: preguntar para descubrir
  5. Motivación: a través de los valores
  6. Iniciativa y decisión: crear espacios para aprender y crecer
  7. Empatía: ponerse en sus zapatos
  8. El impacto de las etiquetas: amplía la mirada sobre tu hijo
  9. Autoestima: aprender a valorarse
  10. Conocimiento emocional: cómo gestionar las emociones
  11.   Comunicación efectiva: la mejor manera de hablar con ellos

A mi modo de ver, si de una receta de cocina exquisita se tratara, no faltaría ninguno de los ingredientes básicos para una buena y competente tarea afectivo-educativa parental, y por tanto para la promoción de la resiliencia infantil.

Descubriendo a Matias ofrece, según la autora, la posibilidad de aprender y practicar muchas habilidades y herramientas de coaching para descubrir lo mejor de uno/a mismo/a y de sus hijos/as, centrando su propuesta en tres pilares:

- Todos/as los/as niños/as son un tesoro, único y especial…importante centrarse en lo que hay y no en lo que le falta. No convertirles en lo que queremos que sean sino respetar lo que son e impulsar su esencia
- Los padres somos un ejemplo y un referente para nuestros/as hijos/as….tenemos una enorme influencia sobre ellos
 - Los padres somos el motor de cambio… el cambio empieza en nosotros.

Sin duda un libro muy aconsejable.

Termino con algunas reflexiones que aparecen en él…

¿Cómo sería la relación con tu hijo/a si cambiaras la mirada hacia él/ella?


¿De qué eres capaz cuando alguien cree en ti?¿Qué puedes conseguir en tus hijos/as si crees en ellos/as?

miércoles, 18 de marzo de 2015

Yo no tengo, yo no puedo, yo no soy: el modelo Antigrotberg (la relación de ayuda en contextos de riesgo)

Imagina. Una mesa, unos cafés, unos amigos sentados alrededor conversando plácidamente sobre un tema que les gusta. Podría ser el último best seller, el estreno de una reciente película, el partido de fútbol del sábado…¿fácil imaginar, no?. Pero no, te pediré que imagines más allá: unas mesas, unos portátiles (o tablets), unos amigos sentados frente a los mismos conversando en la distancia plácidamente sobre un tema que les gusta. Eso es lo que tuvimos la ocasión de experimentar mis amigos de los blogs Dando Vueltas y Diseñando Pasados Recordando Futuros, junto con otros amigos más, hace algunas semanas en lo que se llamó “Looking for…la relación de ayuda en contextos de riesgo:¿puede el afecto potenciar el efecto?”, algo así como un Café Gijón virtual para debatir, compartir, aprender y sobre todo disfrutar haciendo lo que nos gusta. No pudo emitirse en directo tal como estaba previsto, pero la tecnología y sus fallos no nos impidieron pasar un buen trato y guardarnos un bonito recuerdo y algunas palabras que intentaré hoy compartir aquí.

Para el que quiera contextualizar un poco más el contenido dejo aquí el enlace del documento preparado expresamente para este encuentro en el que yo fuí quien propuso el tema a mis compañeros, del cual todos participaron pero yo tenía encargada la tarea de abrir y cerrar el debate ese día.


Como mi intención no es transcribir literalmente lo que allí pasó, lo que a continuación viene son ideas, reflexiones y alguna que otra pregunta que lancé entonces y aprovecho para volver a haceros, esta vez a gran escala (espero, ¡si es que los lectores de este post son muchas más de lo que fuimos allí!).

Algunas premisas:

-En contextos de riesgo se da la paradoja de que existen menores "en situación de riesgo" bajo el cuidado de adultos responsables de los mismos que no satisfacen sus necesidades bien por incompetencia parental o bien por incapacidad….y en ambos casos se dan con mucha frecuencia una falta de afecto en la infancia de estos adultos. El cuidador no cuidado.

-A mi modo de ver, aun dándose esto, tenemos una noticia positiva: EL AFECTO SE PUEDE INOCULAR A CUALQUIER EDAD. ES POSIBLE LA REVINCULACIÓN AFECTIVA, a través de relaciones con referentes (profesionales o no) empáticos, respetuosos y afectivos.

-¿Puede el afecto formar parte de la relación de ayuda? Yo creo que sí, pero un sí condicionado. Es decir, no cualquier tipo de afecto. Yo puedo estimar al niño o la niña con los que trabajo, al igual que a sus padres, pero no del mismo modo en como lo hago con mis propias hijas. Quizás sea necesario concretar más..¿Qué entendemos por afecto?

-El afecto no son solo besos y abrazos, se acaricia con la palabra, con gestos, con la actitud. Es más,  afecto es igual a ACTITUD.

-Carls Rogers habla de tres actitudes relacionales que se convierten en el fundamento de la intervención desde el enfoque que él defiende centrado en la persona: la escucha activa y la empatía; la aceptación positiva incondicional y la autenticidad o congruencia del facilitador. O lo que es lo mismo, percibir el mundo interior del otro, aceptarle como es creyendo en sus recursos y respetando sus decisiones (aunque no se esté de acuerdo en todo), y ser uno mismo con nuestras propias emociones y sentimientos.


Algunas cuestiones:

-¿Es posible y necesario que las personas con las que trabajamos nos acepten e incluso nos tengan estima?
-¿Si hay mucha confianza con el/la profesional se difuminan los límites y los roles?
-¿El afecto impide la relación de ayuda?
-¿Se puede establecer una relación afectiva en todos los casos? ¿y si no es así entonces no hay ayuda?
-¿Cómo hacer compatibles los planes de intervención establecidos por los propios contextos de trabajo-con sus exigencias y limitaciones-con una forma de trabajar desde una relación de ayuda y compromiso con la familia?¿Dónde están los límites de la aceptación de sus actos si, por ejemplo, sabemos que su negligencia está afectando al menor?
-¿Qué hace que las personas/familias se sientan comprendidas en un recurso que puede suponer una amenaza para la pérdida de la custodia de sus hijos?


Algunas respuestas:

   -Desde mi punto de vista no siempre es posible expresar afecto explícito con todas las personas ni en todas las situaciones, pero SI es posible siempre mostrar un afecto en forma de reconocimiento, de escucha, de sonrisa, de asentir con la cabeza cuando se destapan ante nosotros con sus mejores y peores experiencias y sentimientos.

   -Yo me siento mejor en aquellas sesiones en las que disfruto y me río con (no de) las personas, ya sean adultos o niños, algo que practico siempre que es posible. Y sobre todo con las que siento más afecto. El poder liberador del afecto dirigido hacia quien tengo frente a mí genera una atmósfera de confianza y de tranquilidad que es más eficaz para la intervención que mil protocolos guiados de forma aséptica en plan pregunta-respuesta. Y luego está mi propio ego, por qué no reconocerlo: si me estiman y elogian retroalimentan mi necesidad de agradar y de hacer bien mi trabajo.

   -Aun cuando la persona con la que trabajo no despierta en mí ese afecto tan deseado (por ejemplo un padre o madre que maltrata de manera brutal a su hijo y no lo reconoce), debo respetar su condición de persona que necesita ayuda dejando, en la medida de lo posible, valoraciones y juicios personales (esto no siempre es fácil, al menos para mí).

Una propuesta de modelo:
(Lo que viene a continuación puede sonar a sarcasmo de un modelo conocido por todos, pero nada más lejos de mi intención, es simplemente un sucedáneo del mismo)

Edith Grotberg es conocida por el modelo de autoverbalizaciones que propone “Yo tengo, yo puedo, yo soy”, basado precisamente en aquellos factores que aparecen en las narrativas de niños y niñas resilientes (pincha en este enlace si no conoces el modelo).

En mis inicios como psicóloga en un servicio de atención a familia e infancia en riesgo hace ya muchos años la inexperiencia y los propios prejuicios me llevaban, supongo que como a otros muchos, a estar más pendiente de las técnicas que tenía que emplear, el cómo, cuándo, para qué hacía o decía tal o cual cosa. Cuando me presentaban una familia para trabajar se ponía ante mí un reto centrado en lo profesional, en lo técnico.

Con el tiempo, además de más arrugas he de reconocer que me he convertido en más “sin-vergüenza”, cada vez con menos máscara profesional, y dejo entrever en mis intervenciones a quien tengo delante una gran parte de cómo soy, sin más. Ahora después de varios años me permito “pensar en voz alta”, como les digo a la familia o al niño o niña para compartir con ellos lo que pienso sin jugar a ser adivina. También suelo ser clara utilizando la asertividad  aunque eso suponga parar la sesión en un momento dado diciéndole al otro que me gustaría que explicara ese gesto suyo que me ha descolocado o que me parece que su actitud hacia mí o hacia el servicio no es positiva. 

Pero una de las cosas que más me agradan de mi evolución profesional (reconozco que porque las características de mi puesto de trabajo me lo permiten) es explicarles en la primera sesión (y siempre que haga falta) a las familias, principalmente a las que llegan con resistencias, algo particularmente frecuente con adolescentes, lo que yo no soy, o el MODELO ANTIGROTBERG:

-          YO NO TENGO…ayudas económicas para paliar sus carencias de este tipo, ni tramito becas, subvenciono gafas ni nada por el estilo

-          YO NO PUEDO… sustituirles a ellos haciendo lo que les corresponde, no es mi tarea suplir a nadie en sus funciones

-          YO NO SOY… ni juez para juzgarles, ni policía para detenerles ni detective para controlarles…solo ayudo a que ellos consigan todo lo anterior.

    Ello me da la posibilidad de poder ser más auténtica, menos impostada, simplemente una profesional de ayuda resiliente y a la vez afectiva.



viernes, 6 de febrero de 2015

Resistir, rehacerse, resiliar...La estrella que cayó al mar

Retomando nuevamente el pulso a escribir entradas que vayan haciendo de este pequeño blog un lugar donde asomarse y descubrir cuestiones de diverso interés, me decidía a llamar de nuevo a las musas para que me inspiraran pero..¡no!...de repente, curioseando yo mi misma en "mis papeles virtuales"... he redescubierto una entrada que compartí en el blog de mi amigo y colega Javier Romeu (al que vuelvo a agradecer que me animara a tener mi propio espacio bloguero y si aún no conoces el suyo te aconsejo que lo hagas en Diseñando pasados, recordando futuros, https://disparefuturo.wordpress.com/) y que me ha hecho pararme en ella para rescatarla, o quizás para extenderla aún más.

Es una entrada especial, tanto por el contenido como por la niña en la que me inspiré, ya que en estos momentos la vida se ha empeñado en ponerle alguna que otra piedra de más en su ya accidentado camino. Quizás por la tristeza que me causa la situación de ahora, pero al mismo tiempo por la esperanza en la que confío, el mensaje de esta entrada le llegue de algún modo y pueda recobrar la estabilidad y la aceptación que tanto necesita. De los otros y de ella misma.Un lugar en el mundo, su lugar en el mundo. 

La entrada, que la escribí hace más de un año y que hoy comparto aquí se titula "LA ESTRELLA QUE CAYÓ AL MAR":


Siempre me han fascinado las estrellas de mar. La forma con la que se nos muestran se asemeja a sus homólogos astros, pero tras su aparente frágil aspecto, gran cantidad de espinas pueden cubrir su cuerpo para protegerse de depredadores. Alrededor de esas espinas tienen unas pequeñas pinzas que utilizan para mantener limpia la piel de algas u otros restos que intentan adherirse a ella.

Pero sin duda alguna, lo que más me sorprende de este increíble animal es su capacidad de regeneración cuando se ha escindido por causa de un agente externo como un golpe o una agresión. A partir de un solo brazo, es capaz de regenerase y con ello volver a estar completa. Podría decirse, en términos de resiliencia – nunca mejor dicho- aquello de Michael Manciaux de “resistir y rehacerse”…

Empleando el pensamiento mágico de los niños, podríamos pensar que las estrellas de mar quizás fueran en otro tiempo estrellas del firmamento que han caído al océano porque no se dieron las circunstancias para que allí permanecieran. Una atmósfera irrespirable donde la violencia celestial mermara el oxígeno necesario para sobre-vivir, un asfixiante calor intrusivo que las incapacitara para desarrollarse como astro único, un posicionamiento inadecuado en un lugar donde no podían brillar con luz propia porque dedicaban todos sus esfuerzos a buscar la luz de las estrellas grandes sin éxito … les hicieron ir a parar a otro lugar, a otro mundo, a otro espacio.

Un astro rey Sol o una brillante Luna, no pudieron, no supieron o quizás no quisieron que formara parte de ese firmamento en el que surgió. Algo muy parecido a lo que ocurre con niños y niñas acogidos o adoptados. Si las estrellas de mar tuvieran que encontrar su otro yo en el mundo humano, lo encontrarían en este enorme puñado de pequeños que, como ellas, desarrollaron espinas para protegerse, pinzas para limpiar las heridas del alma y fuerza arrolladora para seguir adelante, para regenerarse aunque el trauma provocado por su historia de vida haya roto alguna de sus partes. Gracias al poder sanador de los elementos del nuevo medio podrán sanar y restablecer nuevos vínculos, minimizar sus mecanismos de defensa como la huida y el ataque, porque ya no será necesario, y así, brillar con luz propia. Aunque por un tiempo se sentirán desterradas hasta que puedan adaptarse y encontrar su sitio.

Conozco muchas estrellas de mar. María fue adoptada cuando tenía cinco años, después de pasar la mitad de su vida institucionalizada en un orfanato de otro país. Relata cómo sufría cada vez que venían los domingos nuevos papás a elegir un niño o niña. Mostraba su mejor sonrisa, hacía gala de sus encantos, pero una y otra vez se frustraban sus esfuerzos porque siempre ganaba alguno de sus competidores de amor.Sin embargo llegó el gran día y encontró lo que necesitaba, una familia que le diera el afecto y los medios para sanar sus heridas producidas por el abandono y malos tratos a los que estuvo expuesta. Cuando llegó a su nuevo “océano” no fue fácil. 


Al igual que la estrella de mar, la niña necesitaba protegerse de un medio percibido como hostil, del desconocimiento de costumbres, formas de relación, normas y límites que no formaban parte de su repertorio. A la pérdida de su figura de apego se le sumaba entonces la segunda ruptura del que se había convertido su hogar en los últimos años. Tardó tiempo en poder comprobar que este océano nuevo tenía ciertamente algunos peligros reales y otros que eran sombras del pasado, que además de depredadores podía encontrar a su alrededor un colorido espectacular que podía despertar en ella emociones positivas. 

También descubrió que existen cuevas marinas que sirven de refugio donde sentirse segura y protegida. Como una red en el amplio sentido del término que le permite sostenerse, encontrar el equilibrio, agarrarse a tierra firme. Además de sus padres adoptivos, su profesora de mates, la monitora del comedor, la psicóloga, la mamá de su amiga Clara, etc. todo un ejército de tutores de resiliencia van a ayudarle a regenerar sus partes dañadas. María tiene hoy 10 años y brilla cada vez más con luz propia.

Hay una historia por la cual tengo predilección y en la que pienso muchas veces ante situaciones que tienen que ver con la falta de sensibilidad de algunos adultos ante determinadas conductas de un niño quien, debido a las consecuencias de haber vivido situaciones de violencia de manera directa o vicariamente, abandono, situaciones de estrés extremo o cualquier otro ataque a su persona, presenta un comportamiento agitado, agresivo, poco empático. Ante esto muchas veces desde el contexto familiar y/o escolar se le atribuye maldad en sus actos sin pararse a pensar que, además de ser imprescindible separar la persona de la conducta –todos necesitamos una aceptación incondicional de la persona aunque la conducta sea inadecuada-, es necesario comprender que para poder regenerarse necesita que haya elementos en su entorno que le ayuden a cerrar su herida, que no es un monstruo marino, sino una estrella de mar dañada a la que escuece su herida y sólo la sal del afecto, la comprensión, los límites y la aceptación pueden curar. 

Ahí va la historia:
“Cierto día, caminando por la playa, reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba a la mar. Hacía lo mismo una y otra vez.Tan pronto como me aproximé, me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una, las arrojaba de nuevo al mar.

Intrigada, le pregunté sobre lo que estaba haciendo, y me respondió: -Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

-Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas y quizás no te des cuenta de que esto sucede seguramente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?

El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina, y mientras la lanzaba al mar, me respondió:-Para ésta sí lo tuvo.”

Encontraré en mi camino muchas estrellas de mar y, aunque no podré lanzarlas todas al océano, confiaré en que cada vez que me agache para coger una, habré contribuido un poco a que su luz destelle hilos de esperanza y algún día brille con fuerza, seguramente la suficiente como para que no deje que caigan del firmamento más estrellas al mar.

jueves, 20 de noviembre de 2014

El Pequeño Rey (o lo que es igual, el retorno de El Principito)

Pocos niños son tan conocidos en la literatura como el personaje creado por Saint-Exupéry, El Principito, ese pequeño y entrañable ser que un día surgió de la nada y más tarde desapareció sin dejar rastro pero dejando sin embargo una huella emocional en quien tuvo la oportunidad de conocerle, ese aviador que le encontró. La gran mayoría hemos tenido la oportunidad de leer este libro, convertido hace tiempo en texto de obligada lectura, y nos emocionamos con sus cortas pero intensas páginas.


Hoy 20 de noviembre de 2014, Día Universal de los Derechos de la Infancia, ha pasado mucho tiempo desde que nació este pequeño gran príncipe en su primera edición en 1946, y si retornara seguramente lo haría ya convertido en un Pequeño Rey, habiendo abandonado con el paso del tiempo la ingenuidad y la inocencia que solo la niñez hacen surgir. Me pregunto cuáles serían ahora sus incesantes preguntas, si continuaría ocupado cuidando de su rosa o si habrá inventado algo para impedir que los corderos se la coman. O por el contrario si el paso del tiempo, la adultez, le ha llevado a tener una visión diferente de la vida y se muestra apático y desmotivado por las cosas que antes le hacían vibrar. 

Decía Saint-Exupéry en la dedicatoria de su libro “Todas las personas grandes han sido niños antes (Pero pocas lo recuerdan)”. Y ese es el gran error que cometemos muchas veces. Quizás este Pequeño Rey retornado, convertido en adulto, respondería a ese cliché descrito por el autor cuando decía: “Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones”. Aunque prefiero pensar que hacerse mayor le sirvió para desprenderse de la etiqueta que al propio creador del personaje le limitó su expresión artística. Espero que haya podido desarrollar su talento para ser pintor, y que ahora pueda pintar cuantas serpientes boas desee digiriendo elefantes sin tener que admitir que son sombreros para callar a los otros. 

Quisiera imaginarme al Pequeño Rey como ese adulto consciente, realista, sensible, pero también con ese  resto del niño que fue y que continúa siendo, como todos los mayores, por mucho que intentemos tapar.

La niñez, la infancia, es y debe ser la etapa más bonita de la vida, los pilares donde se asientan las historias futuras, donde se empiezan a construir proyectos de vida (¿quién no ha soñado de pequeño ser alguien a quien se admira?), donde se moldean las experiencias que van configurando a la persona social.  

Por eso, si de verdad regresa ese Pequeño Rey de la historia, quiero pedirle que se lleve consigo antes de marcharse otra vez una nota, dirigida a todos los mundos y planetas existentes. Una carta que represente a todos y cada uno de nosotros, los que por edad son niños/as y los que lo fuimos hace tiempo y aún conservamos lo importante, la esencia, lo esencial que no es visible a los ojos:

“Me dirijo a ti, adulto que tienes bajo tu cuidado y protección a un niño o niña como yo. Seguramente no sepas nunca lo afortunado que eres de tener el más bello ejemplar de su especie, por mucho que puedas verle bajito/a, travieso/a, torpe y poco agraciado/a. Nadie como él o ella existe y por tanto, merecen protección y cuidados al tratarse de un ejemplar sin par. Dedícale todo tu amor y dedicación posibles porque solo así podrá desarrollarse de forma sana por dentro y por fuera. Puede que desarrolle espinas para protegerse al igual que pasó con la rosa de El Principito, y no has de verlo como una amenaza. Sólo con ellas puede defenderse de algunos peligros, pero tú, con cuidado, sabrás tocarle sin pincharte para apreciar su aroma.

Edúcale para que sepa respetar a los otros, pero para eso debes dar ejemplo: NUNCA le maltrates ni abandones cuando te necesite. Enséñale a tener su propia opinión de las cosas, a ser crítico/a, a ir formando su propia identidad. 

Atiende a sus señales (él o ella sabrá dártelas, solo has de estar atento), cubre sus necesidades cotidianas y aquellas otras que surgen en situaciones especiales. 

Facilítale que aprenda a cuidar su cuerpo y su mente para que tengan una evolución positiva y pueda sentirse orgullo/a de sí mismo/o y de tí. 

Transmítele el valor de la familia, lo importante de sentirse que pertenece a un grupo que le quiere y que le cuida. Y sobre todo, no se te olvide nunca que el principal derecho que tiene un niño o niña es, precisamente eso, ser, actuar, y sentir como un niño o niña”.

“Lo que embellece el desierto-dijo El Principito-es que esconde un pozo en cualquier parte”.

Ójala los adultos tengamos la sensibilidad necesaria de encontrar en cada niño o niña su riqueza interior.


¡Feliz Día de los Derechos de la Infancia!

domingo, 19 de octubre de 2014

III Jornadas Europeas de Resiliencia: un viaje astral al increíble mundo de la esperanza realista

Hoy toca compartir con vosotr@s algunas de las muchas cosas vividas y sentidas en las III Jornada Europea, traumaterapia, apego y resiliencia, organizadas por Exil y CEA(R) que se celebraron los días 13 y 14 de octubre en Barcelona, todo un lujo de ponencias y exposiciones con las que pudimos aprender y comprender, por una parte, el dolor que las experiencias de la vida pueden instalar en las personas producido a su vez por otras personas, pero sobre todo, la esperanza realista de poder encontrar un sentido por la vida, un lugar en el mundo y una reparación que viene igualmente de personas que pueden aliviar el dolor, calmar la angustia, a través de relaciones interpersonales basadas en el respeto y la confianza.

Fue emocionante escuchar a los/las participantes (lamentablemente me perdí alguna de las ponencias y no podré hablaros de ellas), y además con la sensación de que, aunque les hayas escuchado otras veces, siempre hay algo nuevo que te transmiten, de lo que aprender.


Stefan Vanistendael me pareció como el gentleman de la resiliencia, con una exquisita elegancia nos cautivó hablando de la belleza como componente esencial en nuestro trabajo. Y no la belleza que estamos acostumbrados a entender, sino una belleza que tiene que ver con una orientación ética en la vida. La belleza es una manera de ayudar en la expresión de una situación, más allá del utilitarismo que atrofia la vida, es, a partir de la creatividad, descubrir un aspecto de la realidad que no hemos visto antes (el ejemplo que puso fue excepcional: en una unidad de cuidados paliativos un grupo de enfermas dirigido por un modista diseñaron ropa para ellas mismas para estar elegantes, organizando un desfile con modelos desfiguradas por la enfermedad -las personas que los diseñaron- pero con una dignidad tan grande que magnificó el simbolismo del acto y que consiguió que estas mujeres, enfermas pero elegantes, se sintieran bellas por dentro y por fuera). Habló también de la importancia de un humor constructivo que permita ver cosas positivas cuando estemos perdidos en los problemas. Y de la esperanza, de esa esperanza realista que puede ayudarnos a ver las cosas de otro modo, como el ejemplo que puso de un prisionero de los nazis que escribió en una pared de su celda:” creo en el sol, aun cuando no brilla; creo en el amor aun cuando no lo siento; creo en Dios aun cuando calla”. Una belleza de ponencia.

Jorge Barudy nos deleitó una vez más (no te cansas nunca de oírle, aunque puedas haberle escuchado un montón de veces sobre el mismo tema, tiene esa magia y ese conocimiento que solo los grandes tienen por su capacidad humana y profesional). Nos habló de la traumaterapia sistémica como forma coherente de acercamiento al daño. La mente se crea desde la interacción de los procesos neurofisiológicos pero también de las experiencias interpersonales. De la calidad de las relaciones significativas bientratantes emerge la maduración cerebral del bebé. De ahí la importancia de los contextos interpersonales, que son determinantes para conseguir que el cerebro se organice de una forma integrada y sana, permitiendo un desarrollo adecuado. Si el contexto no es bientratante podemos encontrar cerebros organizados por trauma temprano, sobre todo a través de experiencias de violencia en la vida intrauterina (se cree que el feto desde el 6º tiene memoria implícita, memoria emocional, no tiene imagen, no hay una representación, pero si se tiene expresión sensorial). Añado yo la importancia que esto tiene, y cómo muchas veces los razonamientos casi-lógicos que tenemos al pensar que un niño o niña que ha sido adoptado con un año, “no ha sufrido mucho”, cuando lo cierto es que estas memorias traumáticas quedan registradas a nivel sensorial y posteriormente se expresan en forma de comportamientos inadecuados, no con relatos (nadie puede recordar de manera episódica lo que le pasaba cuando tenía un año, pero “la caja negra” se destapa cuando se conecta con esa memoria traumática).

De Anna Forés he de decir que me encantó conocerla personalmente, pues aunque habíamos estado en contacto por email varias veces (vía Facebook también), y había tenido la oportunidad de escucharla en la I Jornada europea de resiliencia, no nos habíamos visto. Es como una fuente de luz y de sonrisas, llena de vitalidad, entusiasmo, y sobre todo cercanía. Hace que te sientas como si la conocieras de toda la vida. Nos sorprendió con su ponencia, desplegando creatividad y belleza como la que hablaba Vanistendael con su ponencia “La resiliencia o la metáfora de las posibilidades con luz de mujer” (es tan generosa que en su blog ha colgado el power de su ponencia, que os aconsejo descubráis en http://annafores.wordpress.com/2014/10/14/la-resiliencia-la-metafora-de-las-posibilidades-con-luz-de-mujer-ayer/, abriendo donde pone Exil mistos). 

Nos fue introduciendo en una original presentación a través de la historia  de una antigua caja decorada que contiene diferentes cajas de cerillas decoradas y que empleó a modo de metáfora para presentarnos a mujeres por las que ella siente admiración o como metaforicamente supongo que ella también diría “brillan con luz propia” en el tema de la resiliencia. Particularmente importante la cantidad de libros que nos recomendó y de los que yo he tomado nota. (Agradezco desde aquí públicamente a Anna que me incluyera en su relato de historias recomendando este humilde y aún pequeño blog, que aspira a seguir aprendiendo mucho más sobre resiliencia para compartir y, si es posible, ayudar.Gracias Anna).

Por otra parte, profesionales de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat del proyecto INTEGRA que junto con Exil organizaban las jornadas, presentaron los resultados de la investigación-acción de dicho proyecto dedicado a una mejor integración de las víctimas de tortura extremadamente vulnerables, una labor de una humanidad y generosidad enormes.Compartieron con los asistentes un audiovisual sobre el trabajo realizado que fue de lo más emotivo. Aunque para emotivo, el diálogo que mantuvieron algunos de los beneficiarios del programa con los profesionales que desde Exil les han estado acompañando durante mucho tiempo. Tres testimonios de personas supervivientes que lucharon y encontraron en su camino personas que creyeron en ellos y les ayudaron a ser vivientes, a recuperar el sentido y el valor de la vida. Me quedo con cuatro palabras que emergieron en esta participación sobrevolando la sala como si pájaros de libertad se trataran: CONFIANZA, ESPERANZA, PACIENCIA Y AFECTO como pilares básico en el trabajo con personas que han sufrido torturas, pero también para cualquier persona, adulto o niño/a que haya sufrido traumas como consecuencia de la acción de otras personas. 

Y llegamos a mi ponencia favorita, la que compartieron Maryorie Dantagnan y José Luis Gonzalo Marrodán, por quienes siento profunda admiración, quienes explicaron el modelo de trabajo que se desarrolla con los niños y niñas afectados por traumas y que tuve la gran fortuna de conocer de primera mano formándome en Exil. Empezaron con una frase que me encanta: “La psicoterapia es uno de los pilares de la intervención terapéutica que se puede ofrecer a los niños y niñas afectados por traumas. Pero ésta no debería reemplazar el derecho a la protección y a contar como mínimo con un cuidador/a “fiable y estable” que crea en sus recursos”. Frase magistral.

 Explicaron también los diferentes niveles de intervención terapéutica:

1)    Tratamiento de las consecuencias de los traumas como trastornos del apego y del desarrollo infantil
2)   Apoyo a la crianza terapéutica de los cuidadores (madres, padres, acogedores, educadores, referentes)
3)    Colaboración y apoyo  los miembros de la red social afectiva del niño/a: colegio, familia extensa, trabajadores sociales, pediatra, etc.

Nuestro modelo, el modelo que compartimos, se basa en una evaluación comprensiva del niño, que centra el foco de interés en tres grandes áreas: en el niño/a (la ecobiografía de su  funcionamiento y desarrollo, sus recursos y habilidades); en el cuidador/a (aspectos de la competencia parental que necesitan ser revisados, reforzados o modificados, es decir, crianza terepéutica); en el contexto(factores que dificultan, amplifican o mantienen un determinado funcionamiento o impiden su desarrollo).

Particularmente importantes son las palabras de Maryorie cuando refiere que los niños que han sufrido experiencias traumáticas poseen “cerebros que tienen una información que ha impactado tanto a nivel de las representaciones mentales que no hay espacio para nueva información. Un niño afectado por trauma es un niño afectado en su desarrollo y el trauma se va notar en todas las partes de ese niño.” (Añado que en muchas ocasiones se tiende a minimizar el impacto de las experiencias vividas y en el peor de los casos a atribuir al niño/a maldad o que es un/a vago/a que no quiere trabajar, cuando en el fondo no es que le niño no quiera, es que no puede hacerlo).

La capacidad de mentalizar emerge de la capacidad empática de ponerse en el lugar del otro y ofrecer una relación genuina que hace que el niño se sienta sentido. La metodología del modelo decimos que es coherente porque empezamos por establecer apegos terapéuticos, por una relación de confianza, pero sobre todo creyendo en sus potencialidades y recursos. No podemos ver al niño/a exclusivamente desde el daño sino también prestar atención a lo que está preservado, sus fortalezas. El desafío del profesional es ir descubriendo qué técnicas de las muchas que contempla el modelo facilitan la integración horizontal y vertical del cerebro que le permita funcionar de una manera más sana.

Permitidme que para acabar lo haga con otra frase de esta ponencia que me parece que habría que enmarcarla y colgarla en algún lugar a la vista de todos los adultos:

“No siempre las necesidades son evidentes, muchas veces hay que traducirlas, descubrirlas, decodificarlas. No siempre las necesidades corresponden a la edad de los niños.”

P.D. No puedo dejar de contaros que Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan tienen un nuevo libro junto con Emilia Comas y María Vergara que presentaron en las Jornadas y que está ya a la venta: "La inteligencia maternal. Manula para apoyar la crianza bien tratante y promover la resiliencia de padres y madres". Editorial Gedisa.

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