A-P-E-G-O. Juego de
letras que se traduce en un sentimiento afectivo que indica que alguien desea
estar con otro alguien, que ama a esa persona, que la necesita para sentirse
bien. Pero sobre todo, y principalmente, que esa persona ofrece unos cuidados y
protección que reconfortan y protegen.
En otra entrada
hablábamos de la diferencia entre vínculo y apego (si quieres leerla pincha
encima) señalando que sólo se puede hablar de apego si hay una búsqueda de protección y se proporciona
la sensación de seguridad y bienestar.
Es frecuente oír “este niño está muy apegado a su madre” cuando
observamos que llora desesperadamente si su mamá se marcha, o cuando la
elige de manera única para que sea quien le vista o le dé de comer. También es
fácil encontrarnos expresiones del tipo “esta niña es una desapegada, no quiere nunca
que le digamos nada y va a su aire, es muy suya” cuando la pequeña siempre evita
hablar y decir lo que le pasa cuando se frustra. ¿Son iguales los apegos de los dos niños? Claramente no.
Como si estuvieran entremezclados entre sí, indivisibles,
dos conceptos se interrelacionan inevitablemente, las conductas de apego y la respuesta
del cuidador/a.
La conducta de apego es un sistema innato del cerebro que
evolucionó para dar seguridad al niño. Éste buscará la proximidad del
progenitor, recurrirá a él como refugio seguro cuando sienta malestar para ser
consolado e internalizará la relación con el cuidador/a como un modelo interno
de base segura. Llorará, sonreirá, echará los brazos hacia el adulto.
¿Y la respuesta del cuidador/a?.
He ahí la cuestión…
Hay tres aspectos básicos a la hora de entender cómo se genera el
apego y cómo se establecen los vínculos entre los padres e hijos (Sieguel &
Hartzell, 2004):
A (Attunement):
Sintonía, resonar con. El estado interno del padre/madre está alineado con los
de su hijo. Esto suele acompañarse de señales no verbales observables y
contingentes.
B (Balance).
Equilibrio, regulación. El niño se equilibra y regula en su cuerpo, emociones y
estados mentales a través de la sintonía con el progenitor.
C
(Coherencia). El sentido de integración que el niño adquiere a través de la
relación con el progenitor hará que se sienta internamente integrado y en
conexión con los demás.
SINTONIA:
El estado
interno de los progenitores se encuentra en sintonía o alineado con el del del hijo.
Podemos
decir que su equivalente es la disponibilidad
emocional, que tiene que ver, por una parte, con la sensibilidad
(capacidad del cuidador de identificar las necesidades del bebé) y la accesibilidad
(estar disponible). A veces no se dan las dos cosas. Por ejemplo, se puede
tener la sensibilidad de saber que el bebé necesita en ese momento que le
cojan o que le cambien el pañal, pero no
darse la disponibilidad o que no sea ésta consistente.
Cuando
se está repetidamente no disponible y se rechaza al niño, éste se adapta a
evitar la cercanía y la conexión emocional con el cuidador/a. O por ejemplo,
si el adulto interpreta las señales del
niño en función de “su propio estado”, generará confusión en el niño, quien
tendrá dificultades para diferenciar entre lo que siente y lo que le “dicen que
siente”.

EQUILIBRIO:
El niño equilibra y regula su
cuerpo, las emociones y los estados mentales a través de la sintonía con los
progenitores. El adulto lo hace reconociendo adecuadamente el estado emocional
de su hijo y entonando afectivamente con él. Identificando este estado y
poniendo en palabras lo que al niño/a le pasa y dándole una respuesta
apropiada. Esto le ayudará a desarrollarse tanto afectiva como
intelectualmente.
El cuidador/a seguro ayuda al niño/a a poner nombre
a estas emociones por lo que cuando se presenten podrá identificar una amplia gama de
dichas emociones y serán más capaces de reconocerlas a su vez en los otros. El reflejo
por parte de las madres (mirroring) de las experiencias subjetivas del niño ha
sido reconocido por diversos autores como una fase clave en el desarrollo del
self del niño.
El cuidador
recibe las expresiones de emoción del niño y se las devuelve de tal forma que
este pueda hacerles frente e ir construyendo el significado de sus propias
sensaciones y la consecuencia que pueden tener. Consiste en que la madre (que
tiene la mente de su hijo en cuenta) manifieste su atención y empatía por él
con expresiones faciales y verbales acordes al afecto experimentado por el
niño.
Si
los cuidadores responden sólo a la expresión y vivencia emociones de malestar,
enfado, miedo, etc. ignorando la afectividad positiva enseñan al niño a
focalizar la atención en los afectos negativos, amplificando su importancia
e influencia. La relación será lo importante para el niño y con ello se limita
su posibilidad de explorar el mundo.
COHERENCIA:
El sentido de integración, de
coherencia interna, que el niño/a adquiere a través de la relación con sus cuidadores
hará que se sienta integrado y en conexión con los demás. Sentir
malestar, miedo y ansiedad es un estado mental, pero si la respuesta del
cuidador es sensible, identifica la causa que lo provoca y responde dándole
seguridad, el niño integrará un modelo de relación coherente, consistente entre
sus estados mentales y la respuesta obtenida.
Por
el contrario, si de manera continuada se vuelven a reproducir una y otra vez situaciones
similares de miedo o malestar no satisfechas, el niño sentirá que algunas de
sus emociones pueden ser peligrosas. En ese estado la respuesta de la madre o
el padre de no reforzar, no consolar, o de rechazo genera en el niño un
autoconcepto negativo. Además de interiorizar que la conexión con otros
genera ansiedad.
En ocasiones
la conducta de los cuidadores es fuente de desorientación y/o miedo cuando estos
muestra de manera continuada estar emocionalmente desbordados, asustados o
funcionan de un modo caótico. En lugar de un refugio seguro, el cuidador es
fuente de alarma y confusión para el niño, colocándole en una paradoja
biológica. El sistema biológico de apego está programado para motivar al niño a
buscar proximidad, recurrir al progenitor en momentos de malestar para ser
consolado y protegido. ¡Pero el niño está aquí atrapado en una paradoja porque
escapar de lo que nos genera miedo o alarma también es un mecanismo biológico!.
¿Cómo puede
entender el/la niño/a que cuando llora el cuidador/a se levanta, va hacia él/ella
dispuesto a parar su llanto intenso, le coge con brusquedad y le chilla porque
le está molestando? ¿Coherencia?.
Al llegar el cuidador/a el/ella, siente primero alivio, para luego expresar más malestar ante la brusquedad de éste/a, lo cual a su vez genera una respuesta alterada del niño/a que extrema la conducta del progenitor, retroalimentándose y potenciándose más que regulándose la activación de ambos.
Al llegar el cuidador/a el/ella, siente primero alivio, para luego expresar más malestar ante la brusquedad de éste/a, lo cual a su vez genera una respuesta alterada del niño/a que extrema la conducta del progenitor, retroalimentándose y potenciándose más que regulándose la activación de ambos.
Según Fonagy (2003), si no se
establece un vínculo afectivo seguro, los niños no lograrán desarrollar su
propia capacidad para mentalizar y tendrán dificultad para discernir sus
propios estados mentales o los estados mentales de los demás. Sin esta
capacidad de mentalizar es difícil ser empático.
ABC… aprendamos la lección y será
más fácil leer el idioma universal del apego.
¡Muy interesante tu blog!T. e animo a que visites el mio. Un saludo.
ResponderEliminarGracias Inma!!Me alegra que te guste el blog. Estaré encantada de visitar el tuyo pero dame una dirección para que pueda hacerlo. Seguro que también es muy interesante.
EliminarUn abrazo