"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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jueves, 6 de marzo de 2014

Ser resiliente depende en gran medida de los otros significativos

"Ser resiliente depende en gran medida de los otros significativos". Así de claro y contundente dice Amanda Céspedes en su libro Educar las emociones, (editorial Grupo Zeta, 2013).

Descubrí este libro casualmente hace algunas semanas, me llamó la atención la portada, lo ojeé y me pareció una publicación atractiva, pero al explorarlo con más detenimiento en casa aún descubrí algo mejor. De su autora, una psiquiatra infantil y juvenil chilena, dice la contraportada del libro que "plantea la necesidad de cambiar el paradigma del adulto autoritario y dominante de los siglos anteriores por uno empático, comprensivo, intuitivo, que sabe utilizar las herramientas para una comunicación afectiva y efectiva, tan necesaria en el mundo moderno". Sobran comentarios, totalmente de acuerdo.
Todo el libro en sí es interesante y está escrito en un lenguaje claro y muy emotivo (en la siguiente entrada os comentaré una preciosa metáfora sobre las emociones como preciada caja de resonancia), pero hoy os quiero compartir uno de los apartados en el que aborda el tema de la resiliencia infantil.
Señala Amanda que "la fortaleza ante las adversidades es un rasgo de la personalidad humana que se sustenta en una particular conjunción de factores biológicos, psicológicos y sociales ampliamente abiertos a la impronta de la experiencia. En otras palabras, ser resiliente depende en gran medida de los otros significativos.


-En lo biológico, lo esencial es el potente efecto neurotrófico del amor prodigado al niño desde antes de nacer y durante los primeros cinco años de vida. Son factores neurotróficos todos aquellos que fortalecen el cerebro desde sus inicios en el útero materno, produciendo neuronas sanas y fuertes y conexiones interneuronales sólidas y precisas.

Los tres principales factores neurotróficos son:
  • El amor incondicional hacia el niño desde su gestación, lo cual enfatiza el papel crucial del apego y de los primeros vínculos.
  • La protección activa, permanente y comprometida contra los dañinos efectos del estrés, en especial la negligencia afectiva y de cuidados básicos, y el maltrato psicológico y físico.
  •   La estimulación temprana centrada en la calidad de la entrega afectiva y la riqueza, oportunidad y equidad en el traspaso de estímulos y experiencias enriquecedoras.
-   En el aspecto psicológico, la resiliencia de un niño va a depender del adecuado fomento y fortalecimiento de la autoestima; del temprano despertar de una sólida conciencia moral y espiritual y de la fuerza interna que obtiene cuando establece una fuerte vinculación afectiva con el adulto que despierta y nutre, en ese niño, el asombro ante la belleza de la vida y logra grabar con sabiduría en su alma los grandes valores éticos humanos."

En su libro Amanda hace referencia a lo que Boris Cyrulnik llama tutores de resiliencia y que ella denomina "adultos de mirada diáfana", dando un protagonismo especial en ello a los abuelos/as. Con un vocabulario lleno de sensibilidad dice de ellos:
"En cada encuentro con el niño, ese adulto crea escenarios mágicos propicios para la charla, la reflexión, el cambio de mirada, el cuestionamiento crítico y la comprensión empática de las debilidades de otros adultos significativos, cuyas acciones centradas obsesivamente en el disciplinar, controlar y corregir provocan dolor, rabia e impotencia en el niño. La infinita riqueza de estos encuentros entre ese adulto y ese niño va sembrando en este la simiente de la grandeza:
-capacidad reflexiva como senda hacia el autoconocimiento
-sentido de la trascendencia como camino a la sabiduría
-comprensión empática de la tragedia de la vida como vía hacia el amor compasivo".

Finalmente, acabar con la definición que Amanda hace sobre los niños resilientes (en mi opinión algo limitante pues se refiere básicamente a la resiliencia primaria, dejando fuera a un gran número de niños y niñas que no han podido disfrutar del amor y atenciones de sus padres o cuidadores, pero no por ello deja de ser interesante e incluso la definición más bella de resiliencia que he encontrado):
 
“Resiliente es aquel niño nutrido en el amor de sus padres que logra, gracias a ese amor, mantener intacta su armonía emocional en un mundo donde acecha el estrés y que algún día fue invitado por un loco soñador y poeta a imaginar mundos posibles, a creer en la belleza del misterio y a conquistar la verdadera libertad, que consiste en descubrir en su interior ese soplo sutil llamado alma.”

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