"Solamente dos legados duraderos aspiramos a dejar a nuestros hijos: uno raíces...el otro, alas"

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viernes, 14 de noviembre de 2014

Cuando duele ser padre o madre: Carta de amor a mi enojo

¿Qué escribirías si te pidiera que hicieras una carta de amor a tu enojo?¿Es posible hablar en esos términos? Posiblemente una cara de sorpresa por tu parte delate el interés que tienes por continuar leyendo. Pero sólo has de seguir si dispones del tiempo que merecen las líneas que vienen a continuación, extensas en contenido pero sobre todo en emociones.

Hoy quiero regalaros algo que no es mío, algo que encontré, como otras muchas cosas, pero que va a pasar a formar parte de este espacio compartido. Se trata de una carta escrita desde el sentimiento, pero también desde la reflexión y el análisis de una "niña herida" por el maltrato sufrido en su infancia, un diálogo interior con su ira, su impotencia, la negación de sus sentimientos a la que fue sujeta mientras unos adultos hacían uso de un poder que hizo mella en ella.

¿Puede ayudar el enojo, la rabia, el rechazo?¿Es bueno tener ese tipo de emociones negativas?¿Podemos aprender del dolor?. Seguramente muchos padres y madres que me escriben y leen este blog puedan verse reconocidos y reconfortados al leer lo que viene a continuación, principalmente aquellos que no pueden entender cómo rechazan a sus hijos al tiempo que les quieren. Aquellos/as que sufrieron una infancia terrible en la que tuvieron que aprender de su propia impotencia a manejarse por el laberíntico mundo de la niñez sufriente y que hoy, adultos, hacen grandes esfuerzos para impedir que los fantasmas del pasado se manifiesten en el presente haciendo que ser padre o madre llegue a doler.  Haciendo incluso que el dolor les haga protagonistas no deseados de situaciones de maltrato con sus hijos. Separar personas de emociones se hace imprescindible, al igual que separar el pasado del presente.

El texto, que aun siendo muy largo se encuentra recortado en algunos párrafos, está escrito por Bárbara Rogers, (si queréis leerla en su totalidad podéis acceder a ella en el siguiente enlace http://www.screamsfromchildhood.com/carta_de_amor_a_mi_enojo.html).

Cuando acabes de leerla, tal vez te animes a escribir tu propia carta de amor a tu enojo. 


"UNA CARTA DE AMOR A MI ENOJO"

¡Mi queridísimo enojo!
Hay personas que me dicen que no debo sentirte. Ellos te juzgan como si tú fueses algo malo que haya que eliminar. Sugieren que tengo resentimientos cuando te experimento y que debo liberarte para lograr la “paz interna” y “ser sanada”. Me hacen sentir como si tú fueses un agravio detestable, hasta malvado, que me convierte en un monstruo imperdonable

Tampoco quieren saber acerca de ti ni POR QUÉ estoy enojada. No les interesa cómo me siento.  Por el contrario, me dan consejos y sermones. Tienen miedo de escucharte y entender lo que representas, por eso te juzgan solo cuando apareces en su interior o a su alrededor, y creen que eso resuelve el problema que les planteas.

En mi infancia, una guerra feroz fue peleada en tu contra, la cual me obligó a eliminarte de mi alma y de mi repertorio emocional. Luego, continué esta lucha contra ti por mí misma porque quería ser buena y clemente –perfecta- según todos esperaban que fuera. También me desconecté de ti porque experimenté a mi encolerizada madre siendo tan repulsiva y aborrecible que hice lo posible por no parecerme a ella. Esta fue otra razón esencial por la cual te silencié.  Me dio dolores de cabeza y otros síntomas físicos, hasta enfermedades; además de sentirme miserable, confundida, disgustada y sin poder dormir. Cerrándome a ti me convertí en una servil y sumisa esclava, sin verdadera voz propia, que no podía hablar ni tenía poder sobre su  vida.

Cuando era una adolescente, recuerdo que aparecías en lo oculto cuando aún no tenía conciencia de tu existencia; entonces, me refugiaba en el silencio. Era notorio no hablarle a mi familia por días, incluso cuando salía hacia la escuela ni siquiera daba los buenos días.  Más adelante, hice lo mismo en otras relaciones cuando, en vez de expresar mi opinión, me escondía en el silencio que me había sido impuesto desde la niñez.

Nunca podré olvidar mi primer encuentro consciente y terrible contigo. Lo recuerdo con gran tristeza, vergüenza y horror porque me había convertido en algo que siempre había odiado: una persona furiosa y enojada igual que mi madre, que dirigía su ira contra su propia hija. Mi hijo tenía sólo tres años y su hermano dos cuando sucedió. Los observaba en el jardín a través de la ventana de la cocina mientras se mecían en un columpio de madera. Mi hijo mayor  sostuvo el columpio en sus manos,  pero al soltarlo  éste  rozó muy cerca  la cabeza de su hermano menor.  Salí furiosa y exploté haciendo lo que nunca hubiera querido hacer a uno de mis hijos: azotarlo;  así golpeé a mi hijo mayor.  Aunque me arrepentí de inmediato y sinceramente de lo que había hecho, me arrodillé a su lado tratando de consolarlo; mi hijo, un niño que jamás había sido golpeado, lloró por más de una hora en estado de choque mientras respiraba dificultosamente. Me sentí devastada y profundamente abatida. El cuerpo vulnerable e indefenso de mi hijo y su alma apenas en evolución recibieron un trauma.  Su confianza hacia mí, su propia madre, se había roto. Lloro profundamente mientras escribo estas líneas muchos años después, pensando en esa severa y profunda traición llevada a cabo contra la confianza de mi hijo y mis propios valores.

Me había convertido en una abusadora porque había olvidado y perdonado los abusos cometidos por mis padres. Había dirigido mi ignorada, vieja y encerrada furia y odio, originalmente dirigidos hacia los abusadores, contra mi hijo indefenso. Seguí su ejemplo mientras usé la violencia y el enojo para matar los sentimientos de mi hijo, igual que los míos ya reprimidos.

Mi hijo necesitaba mi entendimiento y protección, pero no el violento arrebato de enojo que nunca me había atrevido a enfrentar. Un volcán producto de una furibunda niñez irreconocida y demás problemas explotó y fue la razón real de mi acción cruel. Golpeé a mi propio hijo fuera del dolor y la ira inconsciente que había permanecido dormida dentro de mí y que nunca pude experimentar hacia mis padres y mi niñera. Golpeé a mi propio hijo -en la misma manera en que yo había sido silenciada durante mi niñez- ignorando mis propios sentimientos y sufrimientos, y tratando de ahogar mis viejos celos que el rechazo de mis padres y el vil favoritismo habían enardecido. La acción de mi hijo había despertado en mí sentimientos dolorosos que nunca nadie había escuchado, entendido y reconfortado. Los gritos de dolor ignorados, y mi deseo de eliminar a mis hermanos y hermanas para poder estar cerca de mis padres de nuevo, se manifestaron de manera injusta y destructiva hacia mi hijo. Fue en la terapia donde aprendí por qué no podía ser la madre que deseaba ser: protectora y compasiva, capaz de explicarle a su hijo acerca de una  peligrosa situación cualquiera, mientras  éste le expresaba  sus sentimientos.

Cuanto más me daba cuenta, a pesar de mis fuertes intenciones, de que no podía ser la amorosa madre que quería ser, y mientras luchaba con un matrimonio conflictivo, entré en terapia. Bueno, querido enojo, tú empezaste a aparecer en la terapia para iluminarme en cuán terrible y dolorosa había sido mi infancia y en lo furiosa que me había convertido. Empecé a darme cuenta de que tú tenías el poder de proveerme con la perspicacia, la fortaleza y el coraje para confrontar mi pasado, enfrentar mi realidad, afirmarme a mí misma y encontrar y defender mis propias necesidades y valores.

No se me ocurrió  pensar que tú eras mi amigo y que podía aprender de ti.  Más bien, te veía como un enemigo peligroso que necesitaba extinguir. Sin embargo, hasta ahora, ¡cuánto he aprendido de ti! En la terapia, cobraste vida, gracias a la aceptación de mi terapista.  Fue una experiencia empoderadora, iluminadora y liberadora. Me ayudó a efectuar muchos cambios en mi vida. Aunque también me di cuenta que sólo podía cambiarme a mí misma, no a los otros, no a mis esposos.  Me mostraste que era inaceptable para mí en mi primer matrimonio y que tenía el derecho humano de cuidarme amorosamente y satisfacer mis necesidades.  Tú permitiste que esta percepción creciera gradualmente en mí hasta convertirse en una realidad interior.  Tan pronto experimenté mis propias necesidades, me empoderé a realizar una importante decisión por mí misma sobre todo lo demás: dejar aquel matrimonio.  También me enseñaste que podía ser una madre diferente,  valiente, libre y sana si me rebelaba contra la hipocresía y los tranquilizantes, dejándolos detrás.

... Tú me diste el poder de darme cuenta de las consecuencias de la crueldad de mi niñera y de mis padres.  Cada ataque cruel, cada justicia vil provocó nada más que terribles sentimientos de terror, culpa, dolor, soledad y miedo, forzando a la niña a creer que estaba equivocada, que era malévola y que era tarea de ella, y sólo de ella, aceptar la carga de la culpabilidad y la solución del problema el cual era ser obediente y cumplir con las expectativas, las exigencias y las órdenes.  Mientras me comunico con el dolor en mi cadera, tú me permites ver cómo las personas pueden ser crueles conmigo y cómo su crueldad me obligó a ser sumisa.  Finalmente, puedes manifestar tu protesta e ira contra la niñera idealizada.  De este modo, reconozco y puedo dejar atrás mi rol de sirvienta complaciente, el cual fui obligada a asumir desde niña.  Seguramente que no deseas que sea una servil esclava sin necesidades, sin voz, sin ser tratada con respeto y amor.  ¡Gracias, querido enojo!

...Los arrebatos de furia y violencia que tuve que sufrir cuando niña me retuvieron e impidieron mi libertad y mi vida. Mientras escuchaba mi dolor, tú hablaste, querido enojo, entretanto  una  fuerza intimidante se manifestaba: la compulsión de que debía ser agradable con los demás a cualquier  precio, y lograr que todas las cosas estuviesen “bien”, sin importar que me hubiesen herido y defraudado;  desorientado, traicionado y mentido;  tratado con amor y respeto, pero sin sentimientos de culpa ni remordimientos, sin mostrarme su comprensión. La niña solamente quería sentirse segura de nuevo y poder creer que era amada. En cambio, en vez de percatarse de lo que ocurría y cómo era maltratada, su único propósito era crear armonía para ganar nuevamente a la “buena” niñera y a una madre que NO fuese capaz de asustarla.

Esa vieja niñez deseaba ansiosamente reunirme con un arrogante, mal agradecido esposo que usó mi entrega generosa y servicial para suplir sus necesidades hasta que mi enfermedad, surgida por el estrés, me impidió estar disponible para satisfacer sus deseos. Tuve que reconocer a un hombre egoísta que pretendió controlarme y manipularme.  Enfrentar que había sido atrapada de nuevo en una trampa de niños.  Fuiste tú, mi querido enojo, que hizo esto visible para mí, y cómo los horrores de mi pasado me habían programado para tolerarlo y soportarlo.

Lo que tú has compartido conmigo se convierte en conocimiento consciente; se sumerge en mi conciencia y luego me provee de información valiosa y hechos claros.  Tú no deseas que yo sea una egoísta; que en vez de compartir, se haya aprovechado y se haya tratado a sí misma sin respeto, amor, consideración y cuidado. ¡Gracias por revelarme la verdad, querido enojo!

A menudo me he preguntado por qué atraes tanto rechazo, resistencia y condena. ¿Por qué en el mundo te dieron a mí?  Evidentemente, te dieron a mí por una razón,  igual que todos mis sentimientos.   Ellos existen para protegerme de ser herida y lastimada, para guardar mi integridad,  para salvar mi salud y mi vida.  Mis sentimientos y necesidades verdaderas me hacen única, el ser humano que soy; ellos crean mi verdadero yo. Mis sentimientos trabajan para asegurarse de que mis necesidades son satisfechas. Tú estás claramente designado a surgir  como una importante reacción auténtica de mi cuerpo,  como un valioso, revelador y verdadero sentimiento propio. ¿Por qué las personas te juzgan con tanta dureza?

...La guerra del enojo contra mí empezó antes de que tuviese acceso al lenguaje y al conocimiento consciente. Mi madre ya había usado la violencia contra mí cuando era una pequeña bebé, menos de un año de edad, según ella misma una vez me dijo. Es temible y aterrador para mí imaginarme lo que esa violencia temprana hizo a ese pequeño cuerpecito; cómo me ha horrorizado y me ha abrumado su absoluta impotencia, torturándome con espanto, dolor y la anticipación ansiosa de más dolor y miedo. Ese pequeño cuerpecito no podía huir, ni protegerse a sí mismo de ninguna manera, todavía no estaba capacitado para formar palabras y pensamientos; no tenía consciencia para procesar nada. Ese cuerpo indefenso, tiranizado y consumido por sentimientos mutilados y devastadores, era nada más que sentimientos.  “Siento, luego existo”, expresa el inicio de la vida. Qué desesperante debía sentir esa niña su existencia, qué indefensos sus esfuerzos de saber por qué era golpeada y qué podía hacer al respecto.  La experiencia de la ira estaba fuera de su panorama. Desde sus inicios, tan pronto ella tuvo que confrontar la fuerza parental,  su enojo fue liquidado y suprimido.  No tuvo la oportunidad de entender de ninguna manera, lo que se suponía que debía hacer y qué le estaba ocurriendo. Y así fue como al final de su primer año, ella había cumplido con el propósito de su madre: no mojar los pañales.

La vida para este bebé significaba ser atacada, torturada, perseguida, y en la búsqueda de encontrar una forma de lidiar con el dolor y el terror que le fue provocado.  Aprendió temprano, a través de una forma inconcebible de comunicación física violenta, que su vida, sus sentimientos y necesidades –esa ELLA- no importaban. Fue considerada como una cosa y tratada como una posesión que se suponía no debía molestar ni ser una carga para sus padres.  Tuvo que usar toda su energía, fuerza y vitalidad para enfocarse exclusivamente en las exigencias de ellos. No podía experimentar la paz en su interior, ni conocerse, ni estar con ella misma. Tuvo que ganarse su existencia complaciendo los deseos de sus padres.

Si tú y yo, querido enojo, hubiésemos estado a su lado y sido testigos de mi madre atacando a ese pequeño bebé, nuestra afrenta lo hubiese salvado de esa cruel mujer sin piedad  tomándolo en mis brazos para siempre. También le diría lo que pienso de su barbárica brutalidad. Y de su ineptitud para ser madre. A menudo me pregunto por qué no hubo nadie del lado de ese maltratado y solo bebé,  por qué es todavía legal hacer esto a bebés y niños, y  por qué publican libros donde golpear a un niño es correcto. Estos no son más que horrendos crímenes contra la vida y la humanidad.


El enojo era juzgado negativo sólo si un niño lo mostraba; un niño no tenía derecho a estar enojado, ¡sólo las autoridades! Te silenciaban con dureza como un condenable crimen de “contradicción”, “voluntariedad”, “arrogante desfachatez” o “pretensión inapropiada”.  El enojo de un niño era considerado un delito estrictamente prohibido, castigado y perseguido; sin embargo,  la ira de mis padres y mi niñera se desencadenaba contra mí libremente, sin control, en cualquier momento. Sus ataques viciosos, violentos o confabulados, y humillantes regían mi vida llenándome  de un miedo mortal. Destruyeron mi  auto confianza y arrebataron mi habilidad de analizar la realidad con precisión.

Estaba aterrorizada y en pánico cuando fui atacada con violencia, la cual siempre expresa enojo y odio.  Es una mentira enfermiza el que la violencia se puede administrar “sin ira”, según afirman algunos acerca de la violencia contra los niños, los que tienen el arrojo y el descaro de defender su crueldad escondiendo la verdad.   Durante mi infancia tú no podías ayudarme a desenmascarar esa inhumanidad, menos aún  terminarla.  Cualquier protesta de un niño indefenso, desprotegido e impotente lo hubiese puesto en gran peligro.  Los azotes y los sermones amenazantes que sufrí cuando niña me aterrorizaron.  Cuando ocurrían, sólo quería volver a sentirme segura y cerca del atacante, a quien no pude reconocer nunca como  el perpetrador.  Tal como tú, mi enojo, no te era permitido vivir, yo tampoco lograba sentir y menos ver enteramente que  era la víctima abusada con una violencia inhumana.  Fuera de aquella oscura desesperanza y confusión, el deseo porque todo  estuviese “bien nuevamente”, permitió que la relación fuese “agradable de nuevo”  y se convirtió en una adicción abrumadora.

Los adultos estaban convencidos, de manera inquebrantable,  que tenían derecho a su ira, la cual convenientemente era designada y disculpada como: “es por tu propio bien”.   Ellos creían que Dios les había dado el derecho de criticar, humillar, castigar, gritar y vociferar, hasta golpear a una niña no importando que pusiese en peligro su seguridad e integridad.  Mientras ellos desahogaban su propia ira desinhibidamente, prohibían el enojo de la niña, exigiendo su autocontrol, al tiempo que le daban sermones acerca de cómo debía “recogerse ella misma”.  Alegaban que yo merecía su crueldad y que los delitos cometidos por ellos mediante el abuso violento verbal y físico  contra mí, era bien merecido y basado exclusivamente en MI propia culpa y faltas.  Me  vendieron su crueldad tiránica como un acto justo, mentira destructiva que extinguió toda la compasión por mi misma, contribuyendo a crearme  una devastadora confusión y lavado mental.  Parecían santos que no podían equivocarse, y que eran libres de cualquier responsabilidad acarreada por ellos mismos, sus acciones y sentimientos.  De esta manera, hicieron imposible que yo estuviese de mi propio lado.

No obstante, si me hubiese atrevido a golpear a otro niño, hubiese sido sermoneada y castigada por ese acto malvado, por el mismo acto que marcó mi niñez y que tuve que sobrellevar y sufrir con frecuencia. Cuando niña, no podía ver a través de esa hipocresía repulsiva.  Nunca se me hubiese ocurrido pensar en: “¿quién  sermonea y castiga a los adultos cuando pegan o golpean a un ser humano más débil y vulnerable?  ¿Quién los golpea a ellos cuando cometen errores?  ¿Por qué esas autoridades poderosas tienen la fuerza y el derecho de inventar, mediante un capricho, todo tipo de pecados y arbitrariamente elaborar supuestos errores?”

Los sentimientos y necesidades de la niña, por encima de todo su enojo, fueron los pecados fundamentales.  Todo el tiempo, mis padres y la niñera estuvieron inclinados a encontrar razones que reprobar en la niña, pero ninguno de ellos trató de escucharla, entenderla y cuidarla.  ¿Cómo podía escapar alguna vez  del laberinto de este astuto juego de fuerzas,  de este peligroso e insano abuso de poder?

Se convirtió en mi estilo de vida durante mi niñez: perdonar la injusticia sin reconocerla ni protestar en su contra. No tuve otra alternativa que seguir aceptando la culpa injusta e inclinarme ante las mentiras, manipulaciones y violencia.  Los adultos siempre tenían la razón, la niña era automáticamente presumible y declarada culpable.  Ni la comprensión ni el perdón eran otorgados, por lo tanto, la niña fue obligada a creer, día sí y día no: “Estoy equivocada y siempre lo hago todo mal”.  Se convirtió en su silenciosa, enterrada y profunda agonía interna que emergía durante la terapia como su herida más dolorosa y fundamental. 

Nadie observó el sufrimiento de esta niña; nadie la protegió; nadie estuvo de su lado para hablar contra los horrores que ella tuvo que soportar.  Por el contrario, todos le exigieron a ella que dejase la resistencia y soportara las injusticias cometidas en su contra con bondad eterna: siempre perdonando buenamente al poderoso, sus padres y la niñera, por todas las cosas que ellos le habían hecho.  Ella los amaba y quería nada más que su amor y bondad, por lo cual hizo todo lo posible, incluso cargar con la cruz de los inmensos sentimientos de culpa que nunca debieron formar parte de sus tribulaciones.  Pero su amor, su entrega egoísta y sus sacrificios no tuvieron respuesta.  La violenta crueldad la condenó a una existencia sin esperanza en el oscuro calabozo de la soledad, el miedo, la vergüenza, la culpa y el aislamiento, sin dignidad ni respeto.

En la infancia existe una sola manera de sobrevivir: aceptar, disculparse y continuar con las agresivas actitudes y acciones humanas.  Pero, luego, en la adultez, ¡hay una forma de escapar!  Tú cambiaste mi vida, querido enojo, pues me permitiste ver a través de las mentiras, desenmascarar y rebelarme contra el cáustico juego de poder,  dándome la fortaleza de ser lúcida y firme.  Tú me diste la habilidad de decir que no, cuando no fui tratada con respeto.  Tú me diste el conocimiento y la sabiduría para retirarme de relaciones no saludables, según me ibas mostrando mis realidades pasadas y presentes.

Ni  como niña, ni por los años transcurridos como  adulta, pude darme cuenta de lo que me habías enseñado: que NO ERA MI conducta, pero si la de mis padres y niñera, lo que estuvo lleno de resentimiento, equivocación, imperdonabilidad, fuera de control y maldad. Su comportamiento no hablaba más que del uso equivocado de la fuerza, la arrogancia y la crueldad.  Aquellos que predicaban el perdón no practicaban el perdón.  Se sentían superiores, poderosos, hasta  omnipotentes, y siempre consideraban justificable cuando castigaban, degradaban y liberaban su ira contra débiles e indefensos seres humanos, actividad que hasta disfrutaban. ELLOS fueron los que cargaron con el resentimiento y los que tuvieron un enorme problema con el enojo.  Sus almas y mentes no eran accesibles.  No podían comunicarse ni abiertamente ni con la verdad.

Mientras más surgías en la terapia, más me mostraste cómo el sistema de locura humana había manipulado a la niña, lo que destructivamente imprimió en mí, y cómo todavía me persigue en la adultez llenándome de aversión y odio a mí misma.  Tú me revelaste cómo me había programado para acusarme, a experimentar cada problema y adversidad de la vida como resultado solamente de MI culpabilidad irremediable y grado innato de maldad.  Era la meta de toda pedagogía negra a la que yo tuve que someterme y obedecer sin voluntad propia. Los adultos tenían el derecho de tener una voluntad, no los niños.  Esto se demostró por una enfatizada doctrina  que tuve que escuchar una y otra vez.  Todavía permanece grabada en mi memoria:“Los niños con propia mente y voluntad, deben ser golpeados por detrás”.

...El terrible resultado fue que estuve aterrorizada de la vida y de cualquier conflicto.  No tenía voz.  No podía hablar de lo que veía, pensaba y sentía.  Me impidieron tener necesidades propias y no tuve la oportunidad de satisfacerlas. Durante años, estuve convencida de que era incapaz de resolver problemas, por lo que nunca me atreví a enfrentarlos ni a lidiar con ellos.  Tuve que dejarte a un lado, mi querido enojo y buen apreciado amigo, igual que a mis otros sentimientos y verdaderas necesidades.  Los únicos sentimientos permitidos durante mi infancia fueron: agradecimiento, piedad, admiración y adoración de mis padres y de Dios.  Las únicas necesidades permitidas fueron aquellas que mis padres, niñeras, religión y escuelas me endosaban y fomentaban.  Por años, creí que mis necesidades consistían en seguir el ritmo que los demás  exigían y esperaban de mí.

Durante un largo tiempo, no podía vivir con mi verdadero yo, por lo tanto me perdí de la vida.  Estuve programada para enterrar mi cabeza en la arena, a creer ciegamente en las autoridades, y a servir y  seguirlos como una esclava. Necesitaba tu poderosa vitalidad y entendimiento, y el apoyo de la terapia para reclamar mi verdadero yo y mi vida.   Como siempre, yo había sido  quien tuvo que cargar sobre mis hombros  la culpa y el perdón, había sido obligada a creer que estaba equivocada y resentida si me hubiese atrevido a expresar mi propio y diferente punto de vista cuando hablaba y protestaba, y cuando no quería continuar unas relaciones por encima de la de mis padres.  Cuando tú te manifestaste en la terapia, ¡me mostraste la salida fuera de esa locura!  Tú te convertiste en un aliado y  amigo que me permitió reconocer a las personas por quienes son, en vez de aceptar ciegamente cómo ellos querían que los viera y deseara ser vista según su egocéntrico punto de vista. Tú me diste el valor para saber cómo yo era tratada.  Tú me salvaste de consagrar mi energía en anhelar y tratar de llegar a las personas que me habían herido y dañado, aunque éstas no  sintiesen remordimiento ni estuviesen arrepentidas, ni tampoco mostrasen algún tipo de conocimiento al respecto. 

Me siento tan agradecida de ti, mi querido enojo, que me diste la fortaleza de caminar el sendero de la dignidad y de ser verdadera conmigo misma.  En lo más profundo de mi interior, siempre tuve ese anhelo.  Tú no quieres controlarme o dirigir mi vida, sino protegerme y ayudarme a tomar conciencia de la realidad y de mi verdad.  Todo lo que tú siempre necesitaste, y todavía necesitas de mi, es que te escuche, con respeto y cuidado, para que pueda aprehender tu mensaje, luego, sigues tu camino.  Tienes la habilidad y el poder de mostrarme lo equivocado en mi vida y lo desacertado de mi pasado hasta que yo pueda comprenderlo, y realice los cambios necesarios para mejorar mi vida y afirmar mi libertad.

Aunque sólo acudes a veces para compartir conmigo lo que entiendes, los demás parecen creer que yo tengo un problema con la ira si me permito explorarte.  Ellos me juzgan si trato de comprenderte y de que quiero aprender de ti.  Te colocan en la categoría de las tan mencionadas “malas emociones” que deben ser “liberadas”. Hasta te condenan a pesar de que tienes tanto que decir, ¡sobre todo acerca de la niñez del ser humano!

Muchas personas, religiones, ideologías y sociedades se consideran ellas mismas compasivas, justas y humanas, sin embargo, tienen creencias llenas de resentimientos y prejuicios que alientan a sus seguidores, hasta permitirles odiar a otros y a actuar con venganza. Se presentan como verdaderos intolerantes, creencias odiosas acerca de “otros” que no les han hecho daño, pero que se niegan a seguir sus limitantes y autoritarias doctrinas.  Ellos usan sus creencias para justificar sus crueles y vengativas acciones, y la difamación y condena de los demás, incluso luego de que estos han muerto.

...Tiene sentido el hecho de entender el perdón como un recurso de abandonar la venganza.  Pero el objeto de la ira no es estar resentido o desaparecer, sino ser comprendida.  He tenido la experiencia  de cómo las personas pueden entender su enojo y sus causas: cuando las llamadas “emociones negativas” son escuchadas, y el deseo de venganza y el injustificado y ciego deseo del odio pasa.


....Me tomó largo tiempo darme cuenta de tu importancia y de darte la bienvenida.  Ahora, nuestra relación ha cambiado; tú te has convertido en mi amigo.  Mientras me comunico de manera física y emocional por medio de las cuales mi cuerpo expresa viejos dolores, tú me revelas cada vez mas profundos niveles de cómo los horrores de mi niñez  me han mal dirigido y aprisionado atándome a personas destructivas.

Mis experiencias contigo son fascinantes e iluminadoras.  Cuando te escucho con respeto –o hablo de ti con alguien que me entiende y me escucha, y comparte el por qué estoy enojada- entonces, sé que tú te sientes aliviado porque tú también puedes expresarte y sentirte comprendido.

Cuando te he escuchado, tú me calmas y me das paz interior.  Lo que me revelas se convierte en un hecho.  Me das la facultad de ver la realidad sin tapujos.  Tú me concedes claridad acerca de mi pasado y mi vida presente.  Tú me has dotado de auto confidencia.  Tú me facultas con fortaleza.  Hoy, puedo tratar a los indefensos con respeto y compasión, y hablar la verdad con autoridad.  Hoy sé que todos los sentimientos transmiten informaciones sumamente importantes si las respetamos y estamos abiertos a éstas.

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